El combate en el que conocí a Érika*, mi esposa, comenzó a las cinco de la mañana del 23 de noviembre de 2003. Ella hacía parte del frente 35 y junto con guerrilleros del frente 37 de las Farc nos cayeron por sorpresa a un campamento cerca de María La Baja, sur de Bolívar. Eran como 300 guerrillos. Nosotros, 250 del Bloque Héroes de los Montes de María. Yo llevaba cinco años en las autodefensas y nunca me había tocado un combate tan duro. Durante casi dos días nos dimos bala. Érika estaba al frente de una escuadra y siempre se mantuvo en la primera línea de fuego. Era una berraca con el fusil y fue la que más bajas nos alcanzó a dar. Esa mujer no le tenía miedo a nada. En algún momento del combate les disparamos granadas de mortero para hacerlos retroceder. Mientras la mayoría de los compañeros de Érika se replegaron, ella intentaba avanzar para coparnos. Los refuerzos de la gente del Bloque Catatumbo llegaron y comenzaron a atacar a los guerrilleros por la retaguardia. Ahí los superábamos en número casi tres a uno y los comandantes de los frentes dieron la orden de retirarse. En la huida, Érika y otros cinco guerrilleros se quedaron rezagados y terminaron completamente rodeados por nosotros. La única que disparaba era Érika porque a los demás se les había acabado la munición. No nos dejaba acercar. Le mandamos una granada de fusil a donde estaban atrincherados y cayeron todos. Del grupo, Érika fue la única que quedó viva. Había quedado inconsciente y nos la llevamos al campamento.

Al otro día, cuando recuperó la conciencia, los mandos comenzaron a interrogarla para sacarle información sobre los comandantes, milicianos y colaboradores. 'Juancho', 'Caracortada' y 'Tayson' eran los encargados de hacerla hablar. Le hicieron de todo. Le golpearon las plantas de los pies con palos, le quemaron las piernas y los brazos con tizones, le pegaron planazos en la espalda con machete y la metieron a una quebrada para ahogarla. Érika lloraba, pero nunca dijo nada, por lo que la amarraron de pie a un árbol y la dejaron ahí sin comer ni beber. A los tres días estaba casi muerta. Me dijeron que hiciera un último intento para hacerla hablar y si no conseguía nada, que le pegara un tiro y la enterrara.

Al comienzo yo tenía mucha rabia con ella porque durante el combate vi cómo mató a dos de mis mejores amigos. Yo la iba a coger a culatazos, pero cuando me acerqué al árbol y la vi llena de sangre me dio pesar. Le di agua y cuando aflojé un poco las cuerdas cayó al piso. Le dije: "Mamita, hable y terminamos con esto rápido para que no siga sufriendo". Le quité el pelo de la cara y vi que tenía una cara y unos ojos muy lindos. Me dijo que era de San José de Apartadó, el mismo pueblo del que soy yo. Yo le comencé a contar en qué barrio vivía y a echarle carreta sobre cosas y gente del pueblo. Cuando 'Tayson' vio que yo estaba hablando con ella le pegó un planazo en la cara y me dio una patada, pero hablé con el mando y les pedí dos días de plazo para sacarle algo. Me advirtieron que de todas formas la tenía que matar. Me la llevé a una de las tiendas de campaña, le di comida, la limpié y le curé algunas de las heridas. Eso sí me tocó tenerla todo el tiempo amarrada con una cadena a un pie.

Teníamos mucho en común. Lo más importante es que ella y yo estábamos mamados de estar en la guerra. En la madrugada del 26 de noviembre ella me dijo que por qué no nos volábamos. Esperamos a que la guardia estuviera descuidada, la desencadené y durante dos días corrimos y nos escondimos en el monte. Llegamos hasta María La Baja y nos encontramos con un pelotón de soldados y nos entregamos. En el programa de reinserción alcanzamos a vivir por lo menos en unos cinco o seis albergues diferentes, porque vivíamos con miedo que de pronto llegara un reinsertado, que en realidad iba era a hacer inteligencia y, por cualquier veinte mil pesos nos delatara. Varias veces nos salimos de los albergues y arrendamos piezas en inquilinatos, pero nos tocaba volver porque ni Érika ni yo conseguíamos trabajo. Entre albergue y albergue, inquilinato e inquilinato, nos fuimos enamorando. Hoy tenemos un niño de un año. Ella trabaja como empleada de servicio de por días en casas de familia. Yo soy celador. Los tres vivimos en una piecita y estamos tratando de reunir una plata para irnos de Bogotá, porque ni a ella ni a mí se nos quita el miedo de que nos puedan encontrar. Queremos irnos a un lugar en donde no tengamos que cambiarnos cada mes de casa, donde podamos tener amigos y, sobre todo, en donde dejemos de pensar todos los días que nos van a matar.



*Nombres cambiados a petición de los protagonistas

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