No voy a negarlo. Siempre tuve muchas mujeres para salir, pero con Lior me pasó algo distinto. Aunque trabajamos juntos, nunca nos habíamos cruzado. Recuerdo un día de esos en que no cabía una persona más en el supermercado, de pronto miro al fondo y veo a una mujer hermosa rodeada por una multitud de gente distinta. Ahí estaba. Hermosa e impactante. Nos miramos, fui hasta ella y comencé a hablarle en hebreo. Desde el primer momento supe que era judía y vivía ahí, en Rehovot, una ciudad que se encuentra lejos de mi pueblo, en Palestina, y en la que yo estaba trabajando desde hace veinte años. Esa misma noche la invité a salir. Lior lo pensó antes de aceptar. Para muchas de las israelíes, involucrarse con un palestino musulmán es como una prohibición dictada por el undécimo mandamiento.

A Lior le hablé con suavidad y dulzura, como acostumbro a hablarles a las mujeres. Le dije que aunque era musulmán, no era un hombre malo. Finalmente aceptó pero con la condición de que la acompañara una amiga. Salimos a una discoteca y desde ese día estamos juntos. Ninguno de los dos tuvo miedo y nos dejamos llevar por nuestros instintos. Sin embargo, la intensidad del conflicto palestino-israelí llegó a nuestras vidas días después. Cuando la mamá de Lior se enteró de que ella estaba saliendo conmigo, me buscó para decirme: "No estoy dispuesta a entregarle a mi hija y ni se le ocurra casarse con ella". Para muchos de los judíos, casarse con alguien de otra religión es algo inconcebible. El matrimonio entre iguales es visto como una forma de preservar una religión que ya lleva más de tres mil años de historia. Ni hablar de lo que significa casarse con un palestino musulmán como yo. Para muchas familias es toda una tragedia, casi como si el hijo hubiera muerto en vida. Por eso, no es común encontrar una pareja como la nuestra.

A pesar de la grave advertencia materna, nos casamos semanas después frente a una abogada en Tel Aviv. Mi familia no vino porque no tienen permiso para entrar a Israel y la familia de Lior no quiso presenciar un acontecimiento que, para ellos, se parecía más a un funeral que a una boda. No hubo fiesta. No hubo ceremonia religiosa. En el judaísmo no están permitidos los matrimonios mixtos. La única forma de que el rabino acepte una unión es que el no judío se haya convertido antes y eso toma tiempo. La persona que quiere convertirse, debe estudiar por un año, aprobar un examen ante un tribunal de tres rabinos y si es hombre debe circuncidarse. Yo no estaba dispuesto a todo eso. Soy musulmán. Y aunque Lior no es una mujer ortodoxa, no quería renunciar a su religión ni casarse de acuerdo con las creencias de Mahoma. Como buena judía, Lior cree en un solo Dios, el Dios de Israel, el mismo que le habló a Moisés en el desierto. A ese es al único al que le reza y al que no cambia por otro.

Después de la boda estábamos felices pero la mamá de Lior no se dio por vencida y llamó a la Policía. Me acusó de estar trabajando de forma ilegal, algo que era cierto y común entre muchos palestinos que, al igual que yo, dejaban sus pueblos para buscar mejores oportunidades en Israel. Me condenaron a un año y minutos más tarde estaba encerrado en una celda. Lior vino de inmediato y en ese momento fui claro con ella: "Si te quedas una noche en Israel, nos separamos". Ella entendió que yo le estaba hablando en serio. Empacó sus cosas y salió rumbo a Dura, el pueblo en el que nací y en el que está toda mi familia. Era la primera vez que iba a pisar Palestina.

Lior no sabía nada de ese sitio. ¿Dónde quedaba? ¿Cómo iba a comunicarse con la gente? En pueblos como el mío, la gente habla en árabe y solo hay unos cuantos que entienden inglés. Para llegar allá hay que viajar más de dos horas en automóvil y es necesario cruzar un puesto de control vigilado por soldados. Lior cuenta que cuando los soldados la miraron y se enteraron de que era tan israelí como ellos, no querían dejarla pasar a esas tierras de mezquitas, militantes de Hamas y letras en árabe. "¿Qué tiene que hacer una mujer israelí y judía en los territorios palestinos?". Ella logró convencerlos y llegó al centro de Hebrón. De acuerdo con la historia bíblica, en esta ciudad se encuentra sepultado Abraham, el patriarca. Y por esta razón, ha sido centro de disputas entre la mayoría de la población musulmana y un grupo de judíos ortodoxos que se niegan a abandonarla a pesar de estar rodeados de cientos de seguidores de Alá.

Pese a su religión y nacionalidad, mi familia y amigos la recibieron con afecto. Los vecinos y la gente del pueblo también la acogieron con cariño y trataron de ayudarla cuando se dieron cuenta de que yo estaba preso en Israel y su familia le había negado su apoyo por completo. Nadie le hizo reclamos, nadie la culpó por mi cautiverio. Meses después nació nuestra hija Karine y salí de la cárcel con el expediente judicial manchado y la prohibición de regresar a Israel en los próximos tres años. Nos quedamos en Dura y, desde el comienzo, supimos lo distintos que son los días aquí. Para empezar, hay mucha pobreza y hay que trabajar más duro para conseguir las cosas. Cuando trabajaba en el supermercado, tenía auto y un salario que me permitía salir a donde quisiera. Eran otros tiempos.

En Dura también se siente la tensión que genera el conflicto entre ambos pueblos. A veces vemos a los soldados caminar en las noches y escuchamos noticias que hablan de operativos, detenidos o gente que no puede pasar el puesto de control. A pesar de eso, la gente tiene un buen corazón, te quieren por lo que eres, no por el dinero o lo importante que seas. Ahora vivimos en una casa de varios pisos. En el primero está mi primera esposa y los hijos que tuve con ella. En el piso de arriba están Lior y mi hija Karine y, aunque paso gran parte del tiempo con ellas, yo decido cuándo quiero ir a una casa o a la otra. A Lior no le gusta que yo hable de esto y ella prefiere guardar silencio. El tema le duele. Sin embargo, es común que los musulmanes tengamos varias mujeres al mismo tiempo. Reconozco que no es fácil estar con varias porque cada mujer tiene sus exigencias, reclamos y caprichos, pero si yo quisiera, podría tener una tercera esposa. En cambio la mujer musulmana es de un solo esposo, debe ser sumisa y comportarse con prudencia. Debe cubrirse bien el cuerpo, no tener amigos hombres y evitar actitudes tan liberales y mal vistas como fumarse un cigarrillo.

Aunque tenemos religiones diferentes, ella le reza al Dios de la Biblia y yo creo en Alá y en las palabras de Mahoma. En cuanto a la comida y otras costumbres, no tenemos problemas trascendentales. Celebramos las fiestas separados. Yo me estoy con mi familia en las celebraciones musulmanas y Lior va a Israel a celebrar las fiestas judías, pero como los viajes son un poco difíciles, Lior ha preferido quedarse en su casa palestina. Ambos tratamos de guardar las distancias cuando vemos el noticiero. Aunque los dos nos sentimos tristes por lo que les pasa a israelíes y palestinos, preferimos no hablar de política. He entendido que Lior no puede ser la típica musulmana sumisa que se dedica exclusivamente a satisfacer al marido. También he logrado darle libertad a nuestra hija a quien tratamos de hablarle en los dos idiomas, en árabe y en hebreo. Aunque todavía falta bastante para ese momento, quiero que cuando crezca, se sienta libre de escoger, que sea ella la que decida si se quiere casar con un musulmán o con un judío. Quiero que pase lo mismo con el hijo que viene en camino y a quien aún no sabemos si debamos circuncidar o no, como es la costumbre judía. Estamos esperando que pase un año más, el tiempo que me falta para que el gobierno me permita entrar de nuevo a Israel. Lior volvió a estar en contacto con su familia y su mamá se arrepintió de lo que hizo. Ya vino a visitarnos una vez. Soñamos con volver a Israel. Allá hay jardines, mar, centros comerciales. Allá esta la verdadera vida.



* Como se lo contó a Adriana Puerta para SoHo

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