Conocí a Adriana en Caldas, Antioquia, la misma población donde vivimos y crecimos. Ella trabajaba en una entidad bancaria donde yo hacía mis diligencias y desde el primer momento en que la vi me pareció una mujer muy querida y agradable. Tiempo después, en 1998, ella y yo nos casamos, uniendo los lazos de un amor que ocho años después sigue intacto como el primer día.

Debido a mi trabajo como entrenador de fútbol nos tocó vivir separados pues no podía desestabilizar la vida de Adriana y la de mi hijo, viajando de un lugar a otro, como es natural en la carrera que decidí seguir. Además, ella ya llevaba mucho tiempo laboralmente estable. A pesar de la distancia, siempre estuve pendiente de ellos: diariamente, apenas me levantaba, los llamaba para enterarme de cómo estaban, qué novedades había, qué travesuras hacía José Fernando, mi hijo. Los días que tenía la oportunidad de verlos los disfrutaba mucho; esperaba a Adriana a la salida de su oficina e íbamos por nuestro hijo a la guardería para luego ir a uno de nuestros sitios favoritos.

El 22 de diciembre de 2004, meses después de haber salido campeón de la Copa Libertadores con el Once Caldas, sucedió lo que ya todos saben. Fui víctima de un asalto que me dejó cuadrapléjico. La vida me cambió mucho de un momento a otro, pero el amor siguió inalterable. Hoy en día mi esposa me cuida mucho el sueño y desde que se despierta se asegura de que no me vayan a hacer ruido hasta que yo me despierte solo. Luego coordina con las enfermeras la hora del baño, antes de que la misma Adriana me dé el desayuno. Siempre está pendiente de todas mis terapias -con el Mundial de Fútbol cambiaba los horarios, de manera que no interrumpieran los partidos- y a todo momento me anima para que dé mi mayor esfuerzo en los ejercicios. Le ha tocado llevar las riendas de la finca para que todo funcione bien y, lo más importante de todo, está al tanto de cualquier movimiento y necesidad que tenga nuestro hijo para que no vaya a decaer en ningún momento.

Aunque admito que a veces siento temor de que ella me deje, porque de alguna forma ya no soy el mismo, sé la calidad de mujer que escogí como compañera. Adriana ha sido la persona más importante para mi recuperación porque me anima a cada instante a mejorar y es la que entiende todo lo que quiero decir y hacer. Ella es la mejor esposa del mundo por su comprensión en los momentos difíciles, por su ternura y porque siento su amor incondicional. Gracias a ella estoy mucho mejor que hace 18 meses, luchando acompañado para lograr mi recuperación. Por eso, cada vez que quiero expresarle todo mi agradecimiento y todo mi amor, la miro fijamente a los ojos y le pido que ponga su mano en mi frente para sentirla.

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