La fama es reconocimiento, es popularidad, es creerse omnipotente, es sentirse como el 'putas de Aguadas', es pensar que uno puede hacer lo que quiera cuando y como quiera. Pero no dura mucho. A mí, siete años, que son pocos para disfrutarla como se debe. Y la verdad es que si me hubiera durado mucho, tampoco hubiera sido suficiente, porque con ella no hay límites
La mía comenzó en el 80, en blanco y negro, cuando arrancó en televisión Cusumbo, y terminó, dolorosamente -pero ya a todo color-, en 1986. Gracias al casting en que les gané a otros 80 candidatos, fui Cusumbo, el angelical gamincito, todos los viernes en la tarde (6:30 p.m.) durante siete años. Con apenas diez años me convertí en parte de la familia de millones de colombianos que me sentían como uno más de los suyos. Cuando la serie acabó no me preocupé por la fama sino por la plata. Mis nueve hermanos, mi mamá y mi papá, que estaba en bancarrota, dependían de mí. Mi primer pago fue de 35 mil pesos y por el último capítulo cobré 350 mil, algo así como unos cuatro millones de hoy en día. De tener un sueldo considerable pasé a cero pesos, y tenía que resolver un problema urgente: médico para doce y colegio para diez. Eso es duro.
Pero la fama era algo más que plata. La fama era gozar del cariño de mucha gente, y, sobre todo, de la gente del medio de la televisión. Con la fama sobran invitaciones y sobra cariño. Uno cree que siempre va a ser famoso, que lo van a reconocer en todas partes y que se le van a cumplir todos los caprichos. Donde uno voltee hay alguien que lo quiere saludar o tocar. Una vez me invitaron a Medellín a una carrera ciclística y fui el último que llegó, pero al que mejor recibieron. Cuando pasó por la meta el primero nadie le paró bolas, pero apenas lo hice yo, detrás de los ciclistas, se me vino todo el mundo encima a saludarme y a felicitarme.
Me acuerdo que una vez fui de vacaciones a Santa Marta, al hotel de un tío. A las seis de la mañana ya estaba la playa a reventar de gente gritando "¡Cusumbo, Cusumbo, Cusumbo!", porque mi tío había dicho que yo venía para el hotel. Me tocó quedarme todas las vacaciones metido en el cuarto. Hoy voy a un centro comercial y solo los 'viejitos' me preguntan si yo era Cusumbo. Es una soledad terrible la que se experimenta, porque para ellos, los que me cruzo en la calle, es apenas un episodio, un momento, pero cada vez que me pasa una cosa de estas, que me reconocen, entro en un proceso de volver mentalmente a los buenos años. Es como pasar de un golpe del agua caliente a la fría.
Después de Cusumbo seguí actuando en televisión y en teatro, pero nunca pude superar al personaje con otro más fuerte. Ahora tengo 36 años y trabajo detrás de cámaras, viendo cómo a otros niños actores les sucede lo mismo que a mí en su momento, y no me canso de decirles que la fama no es para siempre y que la deben disfrutar. La fama es de los televidentes que, en casa, deciden con su control remoto quién se la merece y quién no. La fama dura lo que los demás quieren que dure; el único que no decide cuánto dura es el famoso. Con decirle que en mi casa no tengo ni un capítulo de la serie. Tengo entendido que RCN tiene una copia del único capítulo que existe. Los demás se perdieron, como mi fama.
Yo le debo mucho a la fama que me trajo Cusumbo, y no soy desagradecido. Tan es así que tengo un hijo al que le digo Cusumbo, sus tíos lo llaman Cusumbito y, en el colegio, los profesores que veían la serie ya le están comenzado a decir así, y a mí me encanta. Pero eso es de lo poco que deja la fama, el recuerdo de la gente que alguna vez lo admiró a uno. Me encantaría volver a ser famoso, me entregaría más a la gente, aceptaría más invitaciones, firmaría muchos más autógrafos, y, si pudiera volver a ser Cusumbo, haría todo eso aun a costa de perder de nuevo la niñez estudiando libretos. Cusumbo fue lo máximo. Sin importar las cosas malas, fue lo mejor que me pasó en la vida. A quién no le gustaría ser famoso. a quién no le gustaría ser famoso habiéndolo sido alguna vez. A mí, sí.

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