Mi primer cagadón fue casarme jovencitico. Ella tenía 18 y yo 24. Fue el matrimonio estrella, con quinientos invitados, obispos, cardenales y hasta con presidente de la República. Me casaba con la nieta de Ospina Pérez, en ese entonces jefe del Partido Conservador y a quien debí pedirle la mano de Berta Olga y recibirle el consejo de aplazar el matrimonio hasta fortalecer mi economía. No le hice caso y me metí solito en ese berenjenal. Había burlado los cuidados del papá de Berta -el mayor coleccionista de armas del país y a quien llamábamos el Führer-, viéndome con ella en el paradero, y había decidido dejar mi vida díscola y parrandera para organizarme con la mujer de mi vida, a quien apenas le había podido robar un besito. Por eso se casaba uno en esos días. Compramos apartamento, viajamos, tuvimos tres hijos, pero luego de 16 años de casados arrancó el vía crucis, la competencia laboral, ella en el sector público y yo en las relaciones públicas, en ese mundo tan alocado de las compañías petroleras en el que me sentí como un James Bond con licencia para tomar, hasta que ella dijo no más. Ellas toman la decisión. Uno las lleva a tomarla; yo lo hice tomando. La separación fue traumática para todos, no hice el duelo y al poco tiempo conocí a mi segunda mujer, Ana María Vásquez, una paisa bellísima. Nadie me creía que la cosa no venía desde antes y no me bajaban de h.p. y maricón. Era la guerra social a ver quién perdía. Berta Olga era la que tenía todos los perendengues y yo era el que tomaba trago, el mujeriego, el parrandero, el pobre. El típico problema de la división de los bienes fue incómodo, pero cordial. Ocho meses en ese cuento en el que uno siempre es el malo y sale sin nada. Y eso que acá solo había pequeños bienes como esos cubiertos que compré en Londres y con los que ella tristemente se quedó. Los compré con la platica que ganaba cada mes y ella tuvo el capricho de quedarse con ellos y con todo lo demás: los muebles, la casa y, lo más doloroso, con los hijos. Con Ana María volvió la misma prosopopeya (pedida de mano, ceremonia en Panamá por lo civil), la ilusión del apartamento y de tener a nuestra hija, esta vez con la complicación de repartirme entre una mujer embarazada que buscaba toda la atención y los hijos que Berta me mandaba desde Boston a pasar vacaciones justo para el nacimiento. Volvió la misma vaca loca, pañales, leche y niñeras, y volvieron a jugar los problemas, pero esta vez más rápido. Tres años y lo mismo: abogados, psiquiatras, división de bienes, rumores de que uno es cacorrón y la niña, que se la llevan. Ya no a Boston, sino a Medellín, pero es igual. Una hora en avión, pasaje de $400.000, hotel de $150.000. Casi un millón de pesos para verla y decirle "¡aguuu, bebé!". Y $200.000 la llamadita a los otros para decirles "this is father, this is father", y otros $200.000 de los minutos en que coge el teléfono la mamá y empieza su retahíla de reclamos porque uno no los visita.

Uno debería aprender y no volver a casarse, pero yo repetí dos veces más, mostrando un grado de masoquismo intenso. Del cuarto no vale la pena hablar, pero del tercer matrimonio sí, pues fue una recagada. Tras pelear con mi novia, María Fernanda Morales, abrí un club de divorciados y ya había recibido más de ocho mil solicitudes de afiliación al club, pero volví con ella y decidí casarme. Me sacaron en Semana con un titular que decía: "Corredor funda el club de separados y a los tres meses los deja colgados de la brocha". A los tres meses me volví a separar y la cosa fue de salir con máscara y capa a la calle: "Corredor regresa a la presidencia del club". Me fuí a vivir a Argentina y allá conocí a mi cuarta mujer con la que viví cuatro años, no tuve hijos y terminé mi relación cuando me vine a Colombia. De tanto perder derechos y asumir obligaciones se me están tapando las arterias del estrés y hace poco casi me muero. Es que cada vez que hablo con mis ex de plata me quedo perplejo con su argumento: todo es para mí y usted sigue siendo un hijueputa. Hoy le digo a una novia regia que me tiene encarretado que ella, como es científica, es la responsable de descifrar, por fin, el genoma Corredor.

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