De alguna manera todos somos, además de poetas y meteorólogos, técnicos de fútbol, chismosos y críticos de televisión. Esas vainas son fáciles y, ¿por qué no?, muy divertidas.
Con gran sencillez convertimos al culto conferencista en fanfarrón hablador de paja, al deportista triunfador en producto del doping, a la brillante ejecutiva en fufurufa profesional, al gerente eficaz en fantoche explotador, al artista suceso en estúpido homosexual, al comerciante fructífero en reconocido estafador, a la reina coronada en culipronta de traqueto o al agradable y trabajado programa de televisión en un montón de basura. No sabría decir por qué, pero esta frágil condición humana detesta y condena al policía porque tiene poder, al cirujano porque gana bien, al científico por sus conquistas, al cantante por sus fanáticos y al dirigente honesto porque tiene ideas y adeptos.
No nos digamos mentiras: con goce infinito practicamos el canibalismo. Por eso, cuando me piden que haga una crítica a mis críticos, sé que no los puedo condenar, porque me estaría condenando yo mismo y, si los defiendo, estaría como sacando disculpas de lo que yo también hago. No puedo decir otra cosa cuando todo un país me ha visto burlándome de la "revista pornográfica Moco" (perdón) o de "los panfletos de algún desocupado en el periódico El Miento".
Después de más de un cuarto de siglo en los medios de comunicación he llegado a dos conclusiones que para mí son fundamentales: en primer lugar, si yo tengo el derecho de hacer y decir lo que quiera, los demás también. Si relleno mis programas de televisión con lo que se me antoja, los demás también pueden rellenar sus páginas con lo que les venga en gana, incluso conmigo. Si algo no me gusta, me siento con la prerrogativa de quejarme y si a los otros les pica lo mío, ahí les dejo el cuero para que lo hagan pedazos. Al final, no es importante ni trascendental. Nadie le para bolas ni a lo uno ni a lo otro. Y es que mientras vivamos rodeados de problemas sociales reales, de hambre, miseria, políticos corruptos, secuestros, mala administración, crímenes sin resolver. a nadie le va a importar que un payaso de la televisión, como yo, se divierta y le paguen por hacer lo que le gusta. Y, en segundo lugar, cuando uno se dedica a crear o recrear ideas y sentimientos a través de diferentes formas y medios de expresión, con destino a tantos millones de personas, habrá alguien a quien le moleste cualquier bobería.
Si a alguien, por ejemplo, en la "revista pornográfica Moco" -como sucedió-, le da por decir que yo soy ignorante, insípido, bruto, inculto, tonto y demás. eso no me quita mi título profesional, ni los cuatro densos libros que he publicado, ni mis años como profesor universitario, ni todos los cursos y seminarios a los que he asistido o he dictado, ni las muchas creaciones exitosas en más de 25 años de televisión, ni los más de 50 galardones y reconocimientos recibidos en Colombia y fuera del país, ni la experiencia ganada, ni lo mucho que he trabajado, ni mi talla moral, ni la fe en Dios, ni el cariño de la mayoría. Continúo siendo el que soy. Lo mismo sucede cuando las críticas procuran ponerme en el cielo, como si fuera un santo o un extraterreste. Eso tampoco me hace mejor de lo que pueda ser. Mejor dicho: nadie me quita lo bailado.
Finalmente, criticados y críticos nos necesitamos. Los segundos hacen posible que siga el éxito de los primeros, mientras que los primeros les dan a los segundos las herramientas para ejercer su canibalismo y, ¿por qué no decirlo?, alguito para comer. ¿Qué sería de los unos sin los otros?

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