Una buena ciudad es la que tiene algo que ofrecer. Creo que me gusta Miami, porque la gente que viaja hasta allí lo hace para buscar algo. Ahí están los inmigrantes latinos, que aterrizan con ganas de tener un mejor trabajo, un puñado de dólares por semana y un estilo de vida que ven en televisión pero no en las ciudades donde nacieron. Y está el resto, los que llegan de vacaciones, por temporadas cortas, y que distribuyen su estadía entre el shopping, la playa, la visita a mansiones de famosos y los clubes nocturnos de SoBe. Visto de manera fría, no es mucho lo que ofrece Miami: sol, playas, fiestas, tiendas de ropa, Estados Unidos en español y trabajo para mano de obra barata. Y con eso le basta.

Una buena ciudad es la que tiene enemigos. Creo que me gusta Miami porque sus adversarios más virulentos son personas que no terminan de simpatizarme. Hoy cualquiera detesta Miami. Las razones para tal desprecio llegan a ser chistosas. "La gente no camina por las calles", me dice alguien que no sale nunca de su condominio latinoamericano. "Si no tienes carro, no eres nadie", retruca otro del sur, que hasta se ducha con el llavero de su jeep. "No hay buenas librerías", comenta uno que hace tres años no pisa una tienda de libros. Y las críticas llueven: "Porque la gente solo va a comprar", "ahí no hay cultura", "porque está la casa de Shakira", "viven muchos cubanos exiliados", "es muy frívola", "porque sí, ¿y?".

Me gusta Miami porque es lo que es. Asume su papel con esa suerte de orgullo inconsciente que no le teme al ridículo. Todos sabemos de qué se trata la ciudad, antes siquiera de haber estado allí. Nada menos torpe que llegar a Miami buscando París. Aquellos que se desilusionan porque se encuentran con una ciudad que no tiene parques ni librerías, ni vida de peatón, ni austeridad de consumo, no solo están equivocados: han sido estafados por su agencia de turismo.

En Miami todos respiran el mismo aire, el acondicionado. Y nunca te sientes extranjero, porque todos lo son. No te pierdes del todo, porque reconoces los paisajes de Miami Vice. Y nunca estás solo, porque tarde o temprano, a favor o para tu desgracia, siempre hay algún conocido que vive ahí.

Las fiestas son largas como la línea del Ecuador y pueden llegar a ser más duras que el mármol. Aunque es el destino de veraneo de moda para el norte de Estados Unidos, las latinoamericanas siempre obtienen el mejor bronceado. A diferencia del resto del mundo, donde el avance de Estados Unidos no tiene freno, en Miami uno nota que se está gestando una invasión. Nuestra invasión. Hace pocos días el grito de alerta lo puso el diputado republicano Tom Tamcredo, de Colorado: "Miami es un país del Tercer Mundo". Y las siete palabras causaron preocupación en todo el país. La primera vez que llegué a Miami fue de casualidad. Fue hace más de diez años. La ciudad ni siquiera formaba parte en mi destino de viaje. Era un recorrido largo, por varias ciudades de Estados Unidos con mejor fama. No era un viaje iniciático, pero de seguro buscaba algo. Estaba en el vagón-cafetería del Amtrak, en el tramo entre Virginia y Carolina del Norte, cuando conocí a una viuda colombiana que vivía en Miami. Nos sentamos al lado, me pidió que le tradujera una noticia y a los pocos días estaba comiendo arepas en su casa cerca de South Beach. La mujer tenía unos 60 años, vivía sola y se bronceaba antes de salir a tomar sol en bikini. Decía que en Bogotá nunca pudo sentir su cuerpo de la manera que lo sentía en Miami.

Todas sus amigas del barrio eran colombianas o cubanas o argentinas, que se movían en buenos autos. Habían llegado en busca de una mejor vida y, en unos días más, llegarían sus sobrinas bogotanas a buscar unas buenas vacaciones, con buenas tiendas y mejores ofertas. A Miami todos llegan buscando algo. Y pese a que la conocí de casualidad, en ese viaje terminé encontrando algo que, quizás era el motivo de la travesía, y que muchos llaman 'identidad'. Por cierto, podía negar que esa metrópolis grande y fea y con banderas de Estados Unidos y en español, inculta e incómoda, fuera parte de mí. O podía hacer lo que terminé haciendo, escuchando historias de una viuda colombiana, mientras su vecina de Cuba y una amiga argentina me recordaban, más de una vez, que yo venía del mismo país que dos vecinos de la ciudad: Don Francisco y Cecilia Bolocco.

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