El shopping es la bestia negra de los nuevos tiempos. Cada vez que un moralista levanta su dedo y empieza una severa admonición contra el género humano, la inocultable crisis de occidente y por supuesto los efluvios corruptores del capitalismo, nada le va tan bien como el triste espectáculo de las multitudes entregadas al consumo. Así, cualquier padre de familia ignoto que vitrinea con la mujer y los niños se convierte en un emblema de los decadentes tiempos que nos tocó vivir. Esa gente, nos dicen, debería estar en las bibliotecas, en las salas de concierto, leyendo un buen libro y no dando frívolos paseos por un edificio en que solo quieren arrebatarle el alma y despojarla de la bolsa. Hay tanto consenso con la idea de que el shopping es frívolo que hasta los músicos populares se han contagiado. A comienzos de los noventa los Pet Shop Boys metieron en las listas de Billboard una canción llamada justamente Shopping, en la que nos advertían que "nuestra ganancia es tu pérdida", y hace tres años los Van Van de Cuba, ¡una orquesta de salsa!, se quejaban en La shopimaniaca de que las mujeres de la isla estaban adquiriendo a pasos agigantados ese vicio capitalista. Incluso la gente que defiende la actividad y se ocupa profesionalmente del ramo, parece sentir cierta vergüenza con lo que hace. Sara Sáez, una periodista española que escribe un blog en El Mundo de Madrid, lo titula "Shopping inteligente", como si hubiera una manera estúpida y otra sagaz de enfrentarse a los mil y un objetos del comercio.

Tal vez ha llegado la hora de salir del clóset y decir que no estamos de acuerdo. Permítanme entonces abrir la puerta del probador y sostener que a mí me gusta el shopping. No quiero insinuar con eso que yo sea un tipo que se pasa el día entero en los centros comerciales comprando cosas que ya tiene o que francamente no necesita. Ese comportamiento es una enfermedad; lo que quiero decir es que visito con frecuencia algunos almacenes y veo ropa, zapatos, libros, discos; que leo revistas como GQ o Esquire dedicadas a la moda masculina, que me encantan los catálogos de muebles y que no siento la menor culpa por ocuparme en esas actividades.

Yo soy lo que técnicamente se llama un "intelectual". Se supone, por consiguiente, que debería estar en contra del shopping. Ya se sabe: el intelectual es un crítico y el shopping nos amodorra, nos pone a flotar en las tibias aguas del consumismo. Pero no lo estoy. Tal como yo lo entiendo, el shopping es un placer de la vista. Es una actividad que consiste en posar los ojos en el ameno espectáculo del mundo y, eventualmente, en comprar algunas de las cosas que lo conforman. Subrayo la palabra porque para mí el meollo del asunto está en ver, no en comprar. Naturalmente, es una actividad que puede producir frustración, aunque eso siempre dependerá de las personas. Mi mujer y yo tenemos un catálogo de Roche Bubois, una marca francesa de muebles cuyo sillón más barato ronda los diez mil dólares. Nos encantaría tener uno; sin embargo, sabemos que tal vez no lo compremos nunca, bien sea porque no nos alcanza la plata, bien sea porque nos parezca insensato comprar un mueble tan caro. La gente, contra lo que piensan los moralistas, sabe moderar sus expectativas. No solo eso: también sabemos cómo convertir esa imposibilidad en un encogimiento de hombros.

Dicho sea de paso, cada vez que hablan de shopping sus críticos parecen referirse a un tipo de mal estrictamente contemporáneo. Y no. La palabra "shop" existe en inglés desde la Edad Media. En esa época un "shop" era un "atelier", es decir, un establecimiento de productos hechos a mano. Más tarde fue una tienda donde se guardaban y vendían mercancías. En 1714 "shop" dejó de ser un sustantivo y se convirtió en el verbo que ahora conocemos. Así, "shopping bag" existe desde 1886, "shopping center" data de 1898, "shopping list" de 1913 y "shopping mall" de 1959. En español, si hemos de confiar en Arturo del Hoyo, la palabra se utiliza desde 1969. De modo, pues, que estamos hablando de un fenómeno que ya lleva mucho tiempo entre nosotros y que no parece haber ocasionado el derrumbe de la civilización.

Criticar al shopping es en el fondo la reactualización de un viejo argumento escolástico. Según esa doctrina, el acto de ver nos condena y precipita en las tinieblas del infierno. Sin embargo, los ojos, y en general los sentidos, también son una fuente de satisfacciones celestes. Por eso la gente va a los centros comerciales, consulta páginas porno o pide con insistencia que le manden catálogos como los de Ikea: porque le están dando de comer al ojito. Las lenguas, que siempre son sabias, han acuñado nombres para estos placeres oculares. En Estados Unidos hablan de "window shopping" cuando uno se pone a mirar vitrinas y de "screen shopping" cuando (es un ejemplo) explora en la web el sitio de una marca de ropa; nosotros, con un verbo risueño, hablamos de "ojicomprar". ¿Podemos inferir de allí que estamos alienados por las mercancías? ¿Qué nos ha frivolizado el consumo? Yo diría que no.

Criticar al shopping también es una forma de fijar la vista en problemas infinitamente menos graves. Con seguridad es menos perverso sentir debilidad por la ropa o los cosméticos que sentirla por las armas. Con seguridad hace más daño prohibir el consumo de estupefacientes que colmar un vacío interior comprando pendejadas.

Cuando los Pet Shop Boys y los Van Van se burlan de los shopimaníacos lo hacen con una picardía de sal y pimienta, con gracejo, sin moralina. Tal vez sea una actitud bastante más sana eso de oponerse a las cosas en ritmo de dance (o de songo) que afirmar, como si uno estuviera diciendo cosas inteligentísimas, que el "shopping es la constatación de que el capitalismo nos aliena y frivoliza a través de las mercancías".

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