Todo lo contrario, los nuevos lectores del opúsculo, "calculado expresamente para la república de Colombia", agradecerán que sus mayores no se interesaran seriamente en su sabiduría, pues de ser así estaríamos llenos de Pascasios, Efisios, Torfinos, Metodios, Leobinos, Quintilinos y Epigmenios seguidores del folleto anual. Si mis padres le hicieran caso al santoral me habría tocado en suerte el nombre de Savo, Malaquías o Fulgencio: estaría odiándolos.
En ciudades del interior, el zanahoria subido del querido Bristol, faro y guía de las cabañuelas creado en 1831 por un médico botánico de igual apellido, atrae a un público diferente al que han pretendido llegar sus editores, los empresarios de Lanman & Kemp-Barclay de Estados Unidos. Porque aquí no es fundamental pescar para sobrevivir ni hay que estar alerta sobre las mareas. Pocos eligen su profesión de acuerdo con el horóscopo o ensayan una infusión de coliflor para curar una úlcera varicosa exantemática que los ha tenido doblados por tres semanas.
Mis motivaciones son otras. Cada diciembre hago un primer recorrido en busca de su mayor atractivo, la Tragicomedia en ocho cuadros, chiste gráfico y vinagre narrado en escenas dispersas por todo el almanaque. Diversión simple que no le quita vocación informativa. Leyéndolo me he enterado de cuándo se hacen visibles los planetas, o que si se usa carnada de cangrejo se evitan los tiburones, o que quien sueñe con esqueletos debe prepararse para afrontar problemas domésticos. Todo eso a pesar de que la astronomía, la pesca y la interpretación onírica me importan un pepino.
Para un fanático del saber inútil es más esclarecedora otra parte de su acervo, por medio de la cual uno llega a saber que San Cosme es el patrono de los barberos, que la triakaidekafobia (triscaidecafobia, que le dicen) es el miedo irracional al número 13, o que, según mi signo, habría sido más conveniente ser cura que periodista. Supe en su elocuencia que se necesitan 110 capullos de gusano de seda para hacer una corbata.
Si es que a los fanáticos vergonzantes del Bristol les falta valentía para gritar hasta desgañitarse que cada día usan el Tricófero de Barry para tener "cabelleras con futuro, cabelleras cuidadas" -como reza uno de los famosos avisos de los productos de Lanman & Kemp-Barclay-; o para pregonar a los cuatro vientos que protegen sus pieles con la "frescura y fragancia para todos los gustos" que proporciona el Jabón de Reuter, entonces aquí hay una cita citable: "El Quijote no nació para mí en un lugar de la Mancha, sino en algún lugar del Bristol, entre la dama del Tricófero y un aviso con letras orientales de Agua Florida". Lo dijo el maestro Germán Arciniegas. O esta otra, de Enrique Santos, Calibán: "¡Almanaque Bristol, evangelio del cielo, ley de las estrellas y código de la meteorología universal!".
Una reflexión adicional, nacida de la redacción de estas líneas: ¿qué tienen de malo, pensándolo bien, rarezas onomásticas que nos ha enseñado el Bristol como Irineo, Gotardo, Ubaldo, Papías, Príamo o Serapión? Si algunos padres con dudas hubieran tenido a la mano el almanaque, se habrían evitado cientos de Brandon, Kennedy, Leidi, Nixon, Disney y otros deleznables anglicismos que abundan en los archivos de la Registraduría.

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