Recuerdo que fui con mi papá a una oficina del centro -en ese entonces vivíamos en Pereira- y allí un vendedor flaco y silencioso me mostró los doce tomos de la Quillet: los ocho del diccionario y los cuatro de la enciclopedia autodidacta. Era, si mal no recuerdo, mayo o junio y yo estaba a punto de salir a vacaciones. Aprovechando la falta de clases, decidí que me iba a leer toda la enciclopedia, y que no pararía hasta saber el mayor número posible de palabras. Quince días después, agotado y confuso, desistí del proyecto pero me quedó para siempre el gusto por los repertorios. Desde entonces no solo he comprado infinidad de ellos sino que todos los días, sin falta, abro las páginas de cualquiera de los que tengo y leo al azar unas palabras. Así como los fieles interrogan diariamente este o aquel pasaje de la Biblia, del Talmud o del Corán, yo interrogo cada mañana el diccionario. En cierto modo, es mi Biblia laica, la Biblia de un ateo, el libro de fe al que puedo acudir cuando busco una respuesta.
Se cae por su peso que después de tanto tiempo de consultar diccionarios me sepa un montón de palabras y cargue un saco de información inútil; aun así, jamás sucumbí a las pasiones de otros aficionados al diccionario. Nunca me dio por los crucigramas y rara vez jugué al Scrabble. Prefiero considerar que el diccionario es una especie de novela, sin trama ni personajes, cuya finalidad es demostrar la magnitud de nuestra ignorancia.
¿Qué aprendí? ¿Qué continúo aprendiendo? Es difícil decirlo, pero aquí va -en desorden, en la caótica manera de la mente- una lista:
-Que ningún thesaurus, que ningún léxico, que ninguna enciclopedia puede abarcar todas las palabras de este mundo. De hecho, se ha calculado que el desfase entre las voces de la lengua y las voces en el diccionario puede ser del 30 por ciento.
-Que nadie, excepto Juan Gossaín, Mauricio Pombo y yo, parece haber leído las instrucciones para leer los diccionarios. (Lo cual da la impresión de ser una tontería pero no lo es. Trate el lector inexperto de encontrar la palabra matrona en la primera edición del María Moliner y verá).
-Que para montar en bicicleta, como lo recomienda con tanta seguridad la Espasa, se necesitan "camisa de seda, reloj y pistola".
-Que los falsos amigos no solo son una pesadilla de las relaciones humanas. También asechan los diccionarios bilingües y nos hacen pensar que a terrific place es un sitio horrible, cuando en verdad es todo lo contrario.
-Que hay más de cien formas de referirse al pipí en Colombia, y por lo menos 150 al pubis y la vagina. "El niño Bolsomito", le dicen en Barbacoas, Nariño; la "Fidel Castro", en el sur de la Guajira.
-Que el diccionario de la Real Academia de la Lengua es conservador, contradictorio, antiamericanista y pendejo, pero aun así no puedo dejar de utilizarlo.
-Que los diccionarios son el mejor vehículo para robar libros. El interesado debe conseguir uno bien grande y hacerle un hueco en su interior. Luego, aplicar aquello de que "el libro grande se come al libro chiquito".
-Que W. C. Minor, el polígrafo que recopiló buena parte del Oxford English Dictionary, era un asesino, estaba loco y pasó la casi totalidad de su vida en un manicomio.
-Que una de las observaciones más peculiares sobre el Pequeño Larousse es que, de 1933 hasta el día de hoy, ha disminuido drásticamente el número de celebridades con barba y en su lugar ha aumentado el de mujeres y lampiños.
-Que los diccionarios llamados "liliput" son tan hermosos como inmanejables. ¿Cómo rastrear un vocablo cuando la letra tiene seis puntos?
-Que a doña María Moliner las "malas palabras" le daban pena y por eso las excluía de su diccionario. Al final de su vida, sonrojada, quería volverlas a incluir.
-Que los amigos descubren voces maravillosas leyendo el DRAE. Adriana de la Espriella me enseñó "chupóptero" -persona que, sin prestar servicios efectivos, percibe uno o más sueldos- y mi mujer siempre ha sido fanática de "alipori" -vergüenza ajena-.
-Que algunas etimologías podrán ser falsas, pero no por eso dejan de ser lindas. A mí por lo menos me encanta la idea de que, al traducir la Biblia, san Jerónimo confundió la palabra griega kamelos -soga de gran espesor con que se amarran los barcos a los muelles- con "camello", y así dio origen al muy absurdo dicho de "es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al Reino de los Cielos".
-Y sobre todo aprendí, como enseña Millôr Fernandes, que sin la ignorancia ¿qué sería de los pobres diccionarios?

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