Cómo olvidar el 8 de agosto del año 94. Después de haber dormido relativamente mal -casa nueva, nueva cama, nuevos horario y vecindario-, desayuné con Jacquie y mis hijos, me puse el vestido azul de estrenar, la consabida corbata roja y los zapatos incómodos de ocasión y les dije en tono entre solemne y de mamadera de gallo:
-Bueno, familia, los dejo porque me voy a gobernar.
Por supuesto, entonces no sabía que ése sería el peor día de mi Administración.
Al llegar al despacho, después de hacer un chiste flojo sobre un jarrón mal puesto en la salita de espera, le pedí a mi secretaria, Consuelo, que citara para el mediodía el Consejo de Política Económica y Social para dar un primer debate al proyecto de Plan del Salto Social que habíamos trabajado durante toda la campaña y para el que, en realidad, me había preparado durante mi vida de estudiante y profesional de la economía. Allí estaban, esperando cristiano parto, el Sisben, la Red de Solidaridad, el programa Revivir para los ancianos y el Plante para sustituir los cultivos ilícitos.
En esas estábamos cuando a las nueve de la mañana recibí una llamada urgente del ministro de Justicia:
-¡Se voló "Bizcocho"! -me dijo aterrado.
-¿Y quién carajos es "Bizcocho"? -le pregunté con sorpresa.
-Un narco -me aclaró-, un narco de los grandes.
-Pues entonces cójanlo -le contesté, molesto por la interrupción de mi trabajo programático. Nos despedimos y colgamos.
No había pasado media hora cuando recibí otra llamada, esta vez del director del DAS, para contarme con pelos y señales los detalles de la ESCAPADA a través de un cambio de identidades, en las propias narices de los guardias, por la puerta grande de la cárcel y a plena luz del día:
-Ya sé que se voló "Bizcocho" -le interrumpí sin poder ocultar mi irritación-. ¿Y es que ustedes piensan que llamó aquí a avisar dónde iba a esconderse? Cumplan con su deber, búsquenlo y captúrenlo -agregué antes de colgarle.
Ya eran las diez y a las doce debía tener mis ideas muy claras para orientar las tareas de mis ministros en la confección de proyecto de Plan de Desarrollo que sería presentado esa misma semana al Congreso de la República.
Vino entonces la llamada del embajador de Estados Unidos para recalcarme la importancia del "personaje" en el mundo criminal, acompañada de la consabida manifestación de "la preocupación de mi gobierno por que este hecho no altere las magníficas relaciones que tenemos". A estas alturas del problema, ya comenzaba a inquietarme por saber dónde podría estar el tal bizcocho.
Dos llamadas más, una del director de la Policía, y tuve que cancelar el Conpes y casi toda la agenda de la tarde; a la una, sin probar bocado, ya estaba en el llamado Salón de Crisis -mi habitáculo natural en los siguientes cuatro años- reunido con los ministros de Interior, Justicia y Defensa, los altos mandos, los asesores presidenciales y las cabezas visibles de las 'asustadurías': Fiscalía, Procuraduría y Defensoría.
El temario no podía ser más apasionante:
-¿Dónde estará "Bizcocho" ahora?
-¿Cuántos parientes tiene en Bogotá?
-¿Qué sitios frecuenta "Bizcocho"?
-¿Cómo se llama la novia de "Bizcocho"?
-¿Qué bizcochos comería "Bizcocho"?
Y muchos otros interrogantes que, resueltos, podrían conducirnos a dar con su paradero. Esa tarde, la prensa no tenía ojos ni oídos si no para la fuga de Don Bizcocho.
Regresé por la noche a la oficina para atender un par de compromisos ineludibles. Me llamó la atención que ya no estaba el jarrón de la mañana: un edecán lo había mandado trasladar y seguramente fusilar en el patio de armas. Cuando llegué de nuevo a la casa privada de Palacio, los niños -y Jacquie- estaban ansiosos por escuchar el primer reporte, histórico, del gobierno de su padre.
Me derrumbé en un sillón, los miré fijamente y en tono desconsolado les dije:
-¡No apareció "Bizcocho"!
Y así, entre bizcochos y chupetes, mugres y aretes y alguno que otro canalla sin alias, llegué al 8 de agosto de 1998, cuando dejé la Presidencia y el sector público, y regresé al sector privado: privado de carro, privado de secretaria y privado de mensajero. Esa fecha fatídica cuando el recién desempacado ex presidente hace una regresión a la época en que tenía cinco años de edad y debe aprender otra vez a marcar el teléfono con el dedo, a atravesar las puertas de vidrio sólo cuando están abiertas y bajar las escaleras de escalón en escalón sin necesidad de que se lo adviertan los solícitos acompañantes de seguridad.
Ese último día, después de inaugurar unas cuantas obras en el Puente del Común, en Chía, y de despedirme de los trabajadores de Hatogrande, entré a Palacio con los acordes del Himno del Ejército y salí con una fanfarria bailable de la campaña libertadora. Llegué a mi casa, por supuesto no tenía llave para abrir la puerta, duré timbrando varios minutos y casi me toca identificarme con la persona que me abrió para poder entrar. Me fumé un tabaco en mi biblioteca, asistí a una fiesta de despedida y luego por la mañana me levantó Jacquie diciéndome que se le había olvidado comprar lo del desayuno, que a qué horas llegaban los escoltas, que no teníamos carro para ir al mercado, que Miguel se había quedado por fuera de la casa y no contestaba el celular, que Piropo estaba muy nervioso porque desconocía la casa y se la había pasado ladrando toda la noche en la terraza, que los vecinos se habían quejado, que no había periódicos, que si tenía plata en efectivo para mandar a la tienda a comprar la leche, que una de las líneas del teléfono tenía un ruido rarísimo, que en el baño de emergencia se estaba saliendo el agua, que el portero del edificio no contestaba. Entonces, sólo entonces, pensé: qué bizcocho ni que ocho cuartos, el peor día de un presidente es el primero como ex presidente.

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