Disfruto mucho los libros precisamente porque nadie me obligó a leerlos. Leo solo los que me atraen, los que me intrigan, como me sucedió con El perfume, de Patrick Süskind, que cuenta la historia de Jean-Baptiste Grenouille, un hombre amargado y lleno de odio que no huele nada, y vive obsesionado por los olores. Grenouille termina fabricando una esencia perfecta con los aromas que extrae de los cuerpos de las mujeres que asesina.
A punta de que me lo recomendaran una y otra vez, y de horas libres en salas de espera de aeropuertos de todo el mundo, terminé enredada en esa trama tan original. Confieso que me costó trabajo comenzar a leerlo y, luego, "sintonizarme" para descifrarlo. Eso fue lo primero que me enseñó El perfume, a no despreciar la curiosidad, a hacerle caso cuando llega, y a perseverar.
El perfume me enseñó a tener siempre presente que, aún en esos momentos en que se siente que el mundo lo asfixia a uno, hay que insistir en encontrarle sentido a la vida. En el fondo, uno descubre que las metas deben actualizarse permanentemente, ir corriéndolas hacia delante, para escapar al conformismo y a la monotonía. A mí, que estoy inmersa en un mundo en el que las metas me las cuentan en números cada año, eso me ha servido mucho.
Aprendí, aunque parezca redundante, que hay que hacerles caso a todos los sentidos, especialmente a la capacidad olfativa. Siempre estar dispuestos a los nuevos aires.
Aprendí que uno se puede encontrar con maneras de pensar muy diferentes y que, por extravagante que sea la manera de pensar de alguien, hay que tratar de entenderlo, respetarlo antes que menospreciarlo o evitarlo. Eso me pasó con este libro, a fin de cuentas: siendo muy diferente a mí, terminé aceptándolo. El propio libro me enseñó a respetarlo.

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