La primera sensación extraña fue bajo la ducha: el pecho parecía dos bloques de sensibilidad diferente. Más tarde, los pies se convirtieron en sólido que afectaban la estabilidad. Finalmente toda la zona de las ingles, desde los testículos hasta la base de la columna, murió. Era una inerte silla de montar. De ahí el ingreso en la clínica y la intensa semana de corticoides para revivir poco a poco motricidad y capacidad de reacción ante el frío o el calor. La piel como instrumento musical adormecido ante la apagada excitación de la varilla de metal.

Si bien alcancé a intuir un guiño poético cuando me enviaron a hacer un examen de "potenciales evocados", el drama se volvió mayor ante el ataúd egipcio de la resonancia magnética: no cabía. Los codos, al ingresar, quedaban raspados en carne viva y la claustrofobia, con ruido de mar al fondo, se acrecentaba con esa conciencia de ballena atrapada en rígido tubo de metal. Manchas blancas en el cerebro: tal el resultado.

Pero entre la excitación acelerada de la droga y el insomnio voraz, la noche agudizaba la percepción y el silencio se volvió elocuente, al percibir voces nunca antes escuchadas:

El llanto de los niños.
El ronquido de los viejos.
Entre esas dos músicas
se va la vida
Timbra el suero:
¿se cortará el aliento?
La sal en la vena
¿nos concederá de nuevo el sueño?
Las aseadoras han barrido el mundo.
Con mis nervios sin miel
titubeo con paso tímido.
Las madres salen a comprar pan fresco
para sus hijas.
Los muertos sueltan a los vivos.
Los vivos les desean "buenos días".

La esclerosis múltiple, me explicaba el doctor Leonardo Palacios, mi neurólogo, radica en la pérdida de mielina en los nervios. Despojados de esa película que los protege, ellos quedaban expuestos -pensaba yo- como cables pelados que se entrecruzaban y echaban chispas. Sensación interna de aparato descompuesto y en danza febril. Todos los circuitos encendidos, pero sin ninguna orientación. Me picaba la mejilla y la pierna izquierda no respondía bien. Dos cinturones de acero cruzaban, como armadura medieval, estómago y plexo solar, y todavía, dos años y medio después, aún están allí. Solo que nadie sabía muy bien la causa -¿angustia?, ¿estrés?- ni los imprevisibles caminos que podría recorrer.
En el desconcierto nocturno, con apenas hora y media de sueño, ir a la biblioteca y enhebrar, con cautela, temerosos pasos de danza. En el talón, en la punta de los dedos, avanzo con temor un pie, el otro pegado con crujiente dificultad al anterior, sobre la cuerda floja del desequilibrio incontrolable. Estaba oxidado. Lloré. Y supe que ya nada sería igual.
Solo la cortisona, con sus efectos secundarios, podría defendernos de un segundo episodio, pero no fue así. Año y medio después el ojo derecho picaba y se enturbió. Había perdido cuarenta por ciento de su visión. Pretencioso pensaba en Borges mientras la página leída solo con el ojo afectado se desdibujaba por completo: ondulantes manchas negras sobre acuático fondo blanco. Insuperable batalla con las notas a pie de página y la ironía de haberme proclamado siempre como lector.
Y de repente un cansancio infinito, no sé si por la enfermedad o por las drogas. La mente dicta: levántate, haz esto, y el cuerpo se torna lento y remolón. Hay un bache, una pausa, entre la orden y su cumplimiento. También brota una lucidez desencantada sobre tantos y tan vacuos afanes. ¿Por qué correr con avidez acezante tras títulos, medallas y jubilaciones si nadie era el único imprescindible y esta somnolencia nos envuelve comprensiva y el libro se nos cae de las manos? Como los viejos que dormitan y roncan en un sillón me despierto sobresaltado: ¿es de noche, es de día? Es momento apenas de tomarse otra pastilla -Glucovance, Omeprasol, Enalapril, Prenidsolona- y llamar al doctor Guillermo Liévano, mi médico general, para esa retención de líquido en los pies. O asumir, en Colombia, que solo quienes han estudiado Derecho pueden enfermarse: sustituir cortisona por interferona implica tutela, juzgado, orden a la EPS, firma autenticada, fotocopia cada mes, rutina y tedio burocrático.
La vida no es más que esa esclerosis múltiple que nos cerca con más o menos lenta rapidez.

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