Espero que este ensayo de hacer una autobiografía sobre mis "cualidades literarias" no resulte un fiasco, pues si al hecho de ser pretencioso, vergajo y pendenciero, le sumamos el desastre de una mala columna, ahí sí que quedaría condenado a seguir escribiendo boberías por otros 20 años.
Cuando empecé a garrapatear en el diario de los Pastrana, quién lo creyera, me sentía realmente importante. Aun cuando de este periódico lo único que se leía eran los talentosos titulares de Juan Carlos Pastrana, para mí resultaba fundamental el ejercicio de criticar sin ningún reato. No en vano aprendí al lado de este maestro del oprobio.
Posteriormente, los Santos -llamados así por sus apellidos más que por sus actuaciones- decidieron crear la figura del ombusdman en El Tiempo, en donde aprendí a manipular la información de una manera elegante e inteligente. No en vano me gané el premio Simón Bolívar en categoría especial dizque por mis aportes al periodismo. Eso es pura paja, pues el único aporte fue el que el periódico me hizo a mí para poder brincar desde allí a otros medios de comunicación. Entre otras cosas, porque yo no tenía ni siquiera las condiciones para ejercer ese cargo, cargo que además a nadie le importaba un carajo, excepto a Enriquito Santos, que se mortificaba con cada una de las cosas que yo escribía. Confieso que a mí me pasaba lo mismo, pero con lo que él escribía.
Para ser columnista de los que llaman polémico como yo, lo único que se necesita es ser parte de lo que llaman clase dirigente, que de dirigente no tiene nada. Carlos Pérez Norzagaray, amigo de mi abuelo Alberto Lleras, cuenta que el día de mi primera comunión yo andaba por todas partes en un triciclo atropellando a los invitados. Ante la queja de Pérez frente a Lleras sobre mi delincuencial conducta, el abuelo dijo: "Carajo, este niño no parece nieto mío ni de Eduardo Zuleta sino de Jorge Eliécer Gaitán". Hoy estoy seguro de que desde ese día mi destino quedó cifrado.
Estoy convencido de que no soy buen escritor y jamás me he preciado de serlo. Por el contenido directo e hijueputez de mis columnas los lectores sienten que están bien escritos. La verdad no, porque para joder y criticar no se necesita ser un experto en el uso del lenguaje y la escritura: lo único que se necesita es entender que las eventuales víctimas prefieren decir que uno escribe divinamente, antes que criticarlo. Es decir que ellos son tan hipócritas como yo, con la diferencia que no tienen acceso a un medio.
La prueba de que para ser uno columnista lo único que necesita es una dosis de impudicia y de inmodestia, no es sino conocer a Antonio Caballero, a D'Artagnan o a María Jimena Duzán. Como yo llegué tarde al mundo del periodismo, porque me dio por ser ejecutivo joven y funcionario público, siempre pensé que Caballero y Duzán eran un par de hartazos horrorosos. No así de Posada porque con él me unen vínculos de amistad. Hoy, después de haber ejercido la profesión de periodista por más de doce años estoy convencido de que me he convertido en un ser más harto que los anteriores juntos.
Solo empecé a leer hasta hace relativamente muy poco. Eso por supuesto se nota a leguas en cada una de las columnas, porque desconozco las normas elementales del estilo, de la gramática y de la métrica (si es que eso se usa para cosas distintas de la poesía). Gracias a que los computadores corrigen la gramática y manejan los sinónimos la gente cree que domino el idioma. ¡Qué carajo!, eso lo logro por ventura de Windows y del tal Bill Gates.
Cómo seré de mal columnista que he tratado que Felipe López me ofrezca una columna en Semana, en reemplazo del hartazo de Hernando Gómez Buendía. Sin embargo, no lo he logrado sino por la puerta de atrás, en SoHo, que pertenece al mismo grupo. Y eso gracias a la generosidad de su director, porque para mí es claro que tanto López como los demás periodistas prestigiosos están convencidos, como yo, de que lo único rescatable que tengo como columnista es ser un excelente cocinero.

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