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En el 2005 comenzó mi tortura. Tuve una clase a las 6 de la mañana, 3 días a la semana. Llegaba siempre tarde y perdí la materia. Miirando aburrido las vigas del techo, se me ocurrió crear la cama despertadora, una cama que cuelga de una estructura de madera con cuatro cuerdas: dos fijas y dos móviles. Las cuerdas se atan y se programa el reloj despertador para que cuando suene, esa señal eléctrica active un mecanismo hidráulico que hace que las dos cuerdas móviles se suelten y la persona caiga abruptamente de la cama. Desde cuando suena la alarma hasta que se aflojan las cuerdas, tengo un minuto para levantarme. El miedo a una caída hace que me despierte al instante. Un sábado a medianoche me despertó mi hermanita Francis, de 18 años. Quería pasar la noche con un amiguito en mi apartamento. Como buen hermano celoso me negué rotundamente. Empezaron las discusiones y los gritos primero con ella y luego con ese sujeto llamado Freddy que no quería entender razones. Finalmente logré que se fuera y yo seguí durmiendo. Lo que no advertí fue que mi hermana, a modo de venganza, había programado la alarma de la cama para las 5 de la mañana. Cuando sonó, yo estaba profundamente dormido y no la oí. Pasó el minuto y la sensación fue de un vació tremendo seguido de un gran dolor. Caí con todo el peso de mi cuerpo sobre el brazo derecho y me fracturé el codo. Fui víctima de la efectividad de mi propio invento.

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