Nadie va a saber nunca a qué hora fue que se murió y de qué fue que se murió porque lo encontraron esta mañana a las ocho, solo, en su rancho de techo de hule gris y de paredes de madera. Oscuro todo porque ventanas no hay ni bombillos tampoco, así que entonces pudo haber sido en cualquier hora de la noche a la mañana, y aunque los vecinos
dicen que fue de asfixia porque a Gilberto Alonso Giraldo Mazo cada rato le faltaba el aire y se le oía la respiración alcanzada cuando subía por estas lomas del barrio La Honda, pudo haber sido también de un asma crónica o de un enfisema pulmonar, de pulmonía, de neumonía o de tuberculosis, eso no se sabrá, porque la única vez que le vio la cara a un doctor fue con su carné del Sisbén y le recetaron lo que siempre recetan, duélale lo que le duela y donde le duela, el mismo ibuprofeno y el mismo acetaminofén que valieron como tres mil más cuatro mil doscientos de buses, mucha plata, demasiada plata para no sentir ningún alivio y para seguir con esa tos y ese pecho reventado y para morir de todas maneras como murió, solo entre los cachivaches que le pertenecían, que no llegaban a ser enseres siquiera ni trastos mucho menos, dos catres de metal y un arrume de desperdicios recogidos por ahí, puestos sobre unos armatostes de tablas sobre el piso de barro porque el piso es de barro humedecido siempre y eso que no estaba lloviendo ni había llovido o si no el barro sería un charco de color amarillo como el barro, y pegajoso como es el barro mojado, pero es que no hay infelicidad completa. O sí. No hay ni un radiecito siquiera, ni una parrilla de esas de dos puestos que le hubiera dado más puntos en la estratificación del Sisbén, porque en el Sisbén, que es la salud de los pobres muy pobres, dan puntos los electrodomésticos que se tengan -yo no sabía- y él era de los de 18 puntos que es lo mismo que tener cero porque ni un radiecito tenía. Tenía al lado del rancho unas eras que había tasajeado de lo tan agricultor y tan campesino que seguía siendo después de casi diez años de haber salido de su caserío que se llama Taguales huyendo quién sabe de qué, de la habitual violencia o del hambre que es más habitual aún, y en las eras había sembrado unas matas de maíz que ahí van creciendo y unos yucales que sí están como quedados. Y tenía cédula. La 3.542.017, Giraldo Mazo Gilberto Alonso, nacido el 2 de mayo de 1938 en Peque, Antioquia, uno sesenta de estatura, ninguna señal particular, manifiesta no saber firmar, y esa foto amarillenta con rasgos de muchachón agricultor, un rostro más, el 3.542.017, que es la información central del acta de defunción, el papel de preguntas con espacios vacíos y membrete del Dane escrito por el fiscal que subió hasta aquí como a las once de la mañana llamado por los vecinos, que desde entonces enlazaron una cadena de solidaridad con la cual corrieron la voz de que había muerto nuevo y al momentico ya esa voz había bajado por los peñascos que dan a la quebrada La Loca, había pasado por todos los ranchos como pasa la aurora, y había llegado incluso hasta más abajo, hasta la terminal de las busetas, que es la última escala de graneros y de tiendas y de carnicerías famélicas que hay antes de emprender la última cuesta hasta este barrio que queda más al oriente de Manrique Oriental, que es lo más oriental que usted puede ver cuando mira la montaña desde el centro de Medellín, tan arriba que vos te debés acordar que allí fue donde se estrelló aquella avioneta aquella vez. Aquí. Quienes se pusieron al frente de la novedad fueron Carlos Arce y Luis Gonzaga Bermúdez, que son de la junta de acción comunal, y son quienes mueven la montaña: asisten al recién nacido, despiden al muerto, arreglan el acueducto que es una urdimbre de mangueras dispersas por todo el espinazo del cerro y hacen todo lo demás; tienen un corazón que eavemaría, saben pensar y hablar y además tienen personería jurídica, y hoy, que es viernes 26 de agosto, no bajaron a trabajar en lo que trabajan que es lo mismo en lo que trabajaba Gilberto, el muerto, que es hacer recorrido, así se llama, hacer recorrido, que es ir por la ciudad, por sitios que ya conocen por su abundancia o por su generosidad, y van llenando una bolsa con un hueso que servirá para un caldo, con un par de zapatos que a alguien le servirá, un repollo, una panela, un pan, lo que vaya cayendo en el recorrido para después emprender el regreso a La Honda en donde los esperan los que no bajan, los que no bajaron, los que todavía no tienen edad para hacer el recorrido o ya tienen mucha edad y muy poca salud para estar todo el día debajo del sol o debajo del agua gastando calles a ver qué cae, a ver si en Belén están dando aguapanela y a ver en qué la envaso y a ver cómo la subo para los otros, para aquellos. Cuando alguien muere o lo mueren en el barrio, Carlos Arce y Luis Gonzaga Bermúdez, bajan a buscar ayudas a alguna secretaría del gobierno, haga cola y explique y cuente y muestre el acta de defunción hasta levantarse el subsidio de entierro que son como 160 mil para el ataúd y la autorización para una fosa en el cementerio Universal que es un cementerio de fosas comunes o de crucecitas con número, que vale 56 mil pesos por los próximos cuatro años pero eso no es todo porque hay que seguir las vueltas: vayan a una funeraria que muchos pobres saben que es filantrópica, no porque sepan que así se le llama a la queriduría, sino porque saben que ayuda, y si sí pues hay que llamar a La Honda y echar a andar el plan de bajar a Gilberto en hombros por entre las cañadas, rígido como el yeso, perseguido por un bullicio de muchachitos como en recreo, a las cuatro de la tarde de su último viernes, para que en la funeraria le practiquen los métodos de la tanatopraxia, que es ese retrasar la descomposición normal a través de una carga de químicos inyectada entre los que manda el formol, pero antes de eso un hidroaspirador para extraerle los líquidos del cuerpo y después de todo eso el proceso estético para borrarle muecas, para embellecerle cejas, para después vestirlo con la camisa blanca con botones nácar que alguien de los vecinos donó y también los pantalones regalados, bien puesto todo para acostarlo ahora sí dentro del ataúd acolchonado y ajuarado de satín y los dedos entrelazados sobre el pecho que es como viajamos todos, o casi todos, el Papa incluido.

El ataúd es gris. Pero un gris que destella un color metalizado porque está construido de láminas muy delgadas que es un material más dúctil -y sobre todo menos caro- que la madera inalcanzable, qué más da, a quién le importa a esta hora que ya es noche y ahí va el féretro para arriba, para el barrio, sube el carro por esas pendientes del oriente de Medellín que son empinadas hasta lo imposible, tosen quejosos los carros, rodarían hasta los chicles; ahí va el féretro con Gilberto Alonso Giraldo Mazo, hierve Manrique tanguera y maleva, hierve Medellín abajo, trepa el coche fúnebre hasta donde puede y a partir de hasta donde puede surgen como de la tierra dos docenas de vecinos que se turnan el kilómetro y medio de cuesta hasta la casa de la hermana Libia, según han confirmado la hermana Fanny y la hermana Elvia, porque el velorio será en la casa de la hermana Libia, quien se ha ofrecido a recibir a Gilberto cadáver porque su casa es más amplia y tiene piso duro, de baldosa, y una ventanita por la que todos los hermanos que concurran podrán asomarse, ya que vendrán muchos y no porque Gilberto significara mucho, no, nada, tal vez significaba algo para Edilmira Díaz, ¿su esposa?, para Edilmira Díaz su esposa quien hace ya tiempo no vivía con él, quién sabe dónde estará viviendo es que ha perdido mucho la concentración y la ubicación; y también significaba para Francisco, ¿el hijo?, para Francisco el hijo reconocido que vive muy lejos, por Zamora, pero para todos los otros era un hermano hermanado en el adventismo que adventistas son la mayoría de los de por aquí y por eso cargan la Biblia y rezan padre padre padre para agradecerle toda la noche que se hubiera llevado al hermano Gilberto. Toda la noche fue el velorio en la casa de la hermana Libia y para él, para el velorio, los vecinos habían hecho donaciones de café y azúcar para tenerles tinto a los trasnochadores, un tinto delgadito pero caliente, que les mantuvo la temperatura en la noche sin lluvia pero con el frío de siempre que llega con el viento puntual y limpio de la cordillera. La mañana también llegó puntual. Llegaron los relevos para el velorio (otros hermanitos vestidos de domingo, otros hermanos con pantalón de paño oscuro y camisa blanca, otras hermanas con el medio luto o el luto entero que encontraron, y otros dos predicadores adventistas con camisas blancas y sacos oscuros y corbatas angosticas), llegaron los relevos para el velorio que serían todos los acudientes al entierro de las once más otros que se sumaron al cortejo, todos los cuales y otros que no pudieron quedarse, habían pasado por delante del ataúd de Gilberto, y lo miraron a través de esa vidriera que tienen los ataúdes y casi todos, los niños también, casi todos dijeron que había quedado muy bien, que había quedado más joven el viejito. Cuando llegó la hora de irse uno de los pastores de corbata propuso una oración y todos aceptaron y cerraron los ojos e inclinaron las cabezas con esa actitud de recogimiento que asumen todos los que oran sea la religión que sea o por la muerte o por la vida, y después del amén que sonó a coro, recogida de los cuatro cirios y del carrocoche que es el atril en donde va el ataúd mientras lo velan, mientras ahora cuando entre seis lo cargan en los hombros, cuidado ahí, la cabeza por delante la cabeza por delante, y emprenden con él el último viaje que sortea los riscos y los cansancios de los hombros de los hombres; pasan los charcos que dejan los arroyos y pasan la corriente de quebrada La Loca; salen al paso otros muchos vecinos qué cantidad de niños qué cantidad de embarazos, cambio de cargadores, la cabeza por delante la cabeza por delante, hasta la lomita en donde esté el carro blanco muy sobresaliente de la funeraria filantrópica y en donde también está la buseta de Manrique Anillo que ya casi está llena de dolientes que no lo son, que son nada más que noveleros subidos en el transporte que cuesta cuarentaycincomil ida y vuelta al cementerio, cuarentaycincomil que recogieron Carlos Arce y Luis Gonzaga Bermúdez en una colecta de a cien pesos, de a doscientos pesos, ¿de a mil pesos?, qué va de mil, de dónde mil. Del alto barrio de La Honda hasta el cementerio Universal hay como quince minutos en carro y en bajada si es sábado antes de medio día y si no está lloviendo como ahora que no está lloviendo y es un sábado luminoso, caliente, que justifica la presencia de paleteros que venden paletas de mora y de limón a quienes llegan a enterrar a los muertos, a ponerlos, como a Gilberto Alonso Giraldo Mazo ahora, aquí enfrente del hueco ya abierto, un hueco sin revestimientos sin impermeabilizaciones ni nada, un hueco nada más que un hueco y al lado de la tierra apilada el ataúd al que le abren la vidriera para la última vez y ante quien un pastor espontáneo, un hermano postulante a predicador, pide cantar el himno 314 y cantan, sin temple pero cantan, que no habrá tribulación ni ningún pesar ni ningún dolor porque en la mansión perfecta calor allí tendré; y entonces dos obreros que tienen camisas que dicen Municipio de Medellín y cargan dos palas muy trajinadas, bajan el ataúd ayudados por un lazo hasta que toca el fondo. Y después. Veinte paladas de una tierra reseca que cae y que cae hasta que desaparece todo vestigio del cajón, todo vestigio de Gilberto, toda su historia anónima y después, ante el arrume de tierra, dos lágrimas secas, difíciles de fluir, de Edilmira, su esposa, y de Francisco, su hijo, y dos manojos de flores con dos claveles amarillos, unas ramitas de pino y una de solidago florecido. Las únicas lágrimas. Las únicas flores.

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