A Harold y Maud, los personajes de una película de Hal Ashby, les gustaba ir a los entierros: allí se conocieron y se enamoraron. Mi pasión no llegaba a tanto, pero siempre había tenido el interés de asistir a uno en el que no estuviera afectivamente involucrado, uno escogido al azar. Narrar todo el rito del entierro de manera impersonal: desde el comienzo hasta el final. No fue fácil. Para eso necesitaba un caso en el cual "el cuerpo" no fuera a ser cremado sino inhumado y no aparecía: ahora la gente prefiere cada vez más la cremación a la inhumación. Y, además, me tocó el peor de los escenarios posibles: una horrible tragedia.
Se trataba de un arquitecto de 34 años fallecido en un accidente de trabajo. Un hombre joven, de clase alta, casado y, al parecer, con una pequeña hija de 9 años. La familia estaba destrozada. Como había sido accidente de trabajo, lo habían tenido que llevar a medicina legal. A la desolación de la pérdida repentina se sumaban el oprobio de los trámites y la espera en un lugar sórdido al que llevan quienes han muerto violentamente. El cuerpo del arquitecto fue traído cuando nos encontrábamos conociendo los cenizarios de Cristo Rey, un espacio solemne y un tanto rígido -las cenizas viviendo en propiedad horizontal- en el que el mármol es rey. Por casualidad Camilo, quien hacía fotos del lugar, alcanzó a ver cuando los familiares recibían a su ser querido y lo veían por última vez. "Nunca se me olvidará aquella imagen", me confesó. En sus miradas había una advertencia tácita de que no se le fuera a ocurrir tomar ninguna foto.
En una tragedia no hay lugar para las formalidades y las apariencias sociales. Una vida ha sido cortada abruptamente, en el momento de su máximo esplendor: todo es sorpresa, confusión, rabia frente al destino, pesar. Todo es tan verdadero. A la sala de velación llegan amigos, familiares, conocidos, empleados. Acaban de enterarse, acaban de oír la noticia y vienen a saludar: no lo pueden creer. La muerte siempre será inaceptable pero en el caso de una persona joven lo es aún más. La sala de velación en el segundo piso de la funeraria Cristo Rey ese miércoles es un ir y venir de personas asombradas. Así ocurrirá hasta las 10:00 p.m., hora en que la cerrarán al público. En el segundo piso hay dos salas de velación y el contraste entre ellas es muy grande. En la del arquitecto, permanentemente llega gente. En la de enfrente, no hay más de diez personas: se trata del entierro de un viudo de 82 años que no tendrá avisos de invitación en el periódico. Seguramente, va a ser un entierro triste y muy poco concurrido. Que asista poca gente constituye la mayor angustia para los dolientes. Por eso, además de los avisos en el periódico, los familiares empiezan a llamar con insistencia a los parientes lejanos, incluso a aquellos que no aparecen en las fotos de familia ni en las tarjetas de participación a los matrimonios.
2. Desde el propio aviso de muerte empiezan las abismales diferencias entre los entierros. En unos, la noticia todavía se conoce mediante carteles en las esquinas del barrio; en otros, no pueden faltar los avisos en el periódico de mayor circulación: Los Socios, la Junta Directiva y sus Colaboradores, lamentan profundamente el fallecimiento del Doctor.. Un aviso cuesta mínimo $350.000 y la importancia del muerto empieza a medirse por la cantidad y el tamaño de los anuncios. Un personaje realmente importante deberá aparecer en la primera página. Y en la ciudad de Bogotá, la invitación a la velación tendrá que ser a la Funeraria Gaviria ("El servicio superior") o a la iglesia de Cristo Rey. Quien no sea velado en el circuito de la calle 98 y sus exequias o ceremonia de cremación no sea en los Jardines de Paz, los Jardines del Recuerdo o el Cementerio Central (en el caso de las familias aristocráticas que conservan sus viejos mausoleos), puede ir pregonando por los siglos de los siglos que su familia no le dio un entierro de primera.
En vez de aguardiente, mariachis o tríos, usted encontrará café, aromática y el acompañamiento de un coro, un solista o un conjunto de cámara. Tampoco observará expresiones desbordadas de dolor como gritos desgarradores o caídas al piso (que sea moderado no quiere decir que el dolor sea menos intenso; negarlo sería caer en la falsa mitología popular: "Los ricos no lloran a sus muertos"). Verá gente adusta y muy elegante, con trajes de colores discretos y a la moda y no pocas gafas oscuras de marca. Encontrará mucha discreción. Voces bajas y murmullos. Todo un evento social del cual, por supuesto, no estará ausente el cotilleo: "La que viene al lado es la novia porque la mujer verdadera es la otra, la que está de verde". "Julito cómo quedó de acabado, mírele esas manos". Para que este comentario no tenga lugar es que vale la pena pagar una funeraria de primera, que haga un buen trabajo de embalsamamiento -un verdadero arte- con tanatólogos estudiados en Europa o Estados Unidos y productos de calidad -no simple alcohol y formol-. El muerto debe quedar impecable y no puede dar lugar a murmuraciones en su última aparición en sociedad. Si no fuera por el dolor -dice Jairo Correa de la funeraria Cristo Rey- dicho evento podría compararse con un coctel (sí: hay personas que van a "lagartear" a los entierros) un matrimonio o una fiesta de 15 años: van los familiares que no se veían hacía mucho tiempo -los que estaban de pelea se reconcilian ese día-; llevan regalos, miran, conversan y luego terminan criticando cual si se tratara del whisky o la comida que se ofrece en aquellas reuniones: "Tan poquitas flores que llevaron"; "lástima que casi no fue gente".
3. Por los varios anuncios en el periódico es fácil prever que nuestro entierro resultará bastante concurrido. Y así es. El jueves a las 10:15 a.m. la iglesia de Cristo Rey se encuentra atiborrada. La tristeza es el signo dominante; por donde uno mire verá solo rostros compungidos. La tristeza se acrecienta con la música; las hermosas voces de una soprano y un barítono, acompañados de un piano, le imprimen un toque espiritual a la ceremonia. Hasta las inefables palabras del cura, suenan convincentes. "Como los ladrones que acuden a tu casa, el Hijo del Hombre podrá llamarte en cualquier momento". Es una cita de los Evangelios y el cura se explaya en una única interpretación: es un privilegio la muerte, hay que agradecer el llamado de Dios. En otras circunstancias, en otras muertes, estas palabras, de tanto haber sido usadas en innumerables servicios religiosos repetidos varias veces al día, podrían resultar impersonales y poco sorprendentes. Pero aquí, ante esta muerte prematura y absurda, parecen convincentes y necesarias. Acaba la misa. Me ubico en la puerta de la iglesia, cerca al carro funerario. Aparece una muchacha delgada y pálida, unas mujeres llorosas, un señor mayor bastante apesadumbrado. Escucho voces alrededor: "Era muy joven"; "pobre papá". Han de ser la esposa, las hermanas, el padre (no veo a la niña). Veo rostros concretos: ya este funeral está dejando de ser para mí una ceremonia abstracta. Muy elegantes todos pero se abrazan y se besan sin recelo, con los ojos rojos. Que los ricos no lloran: pura mitología popular.

 
4. No verá un ataúd en MDF (un aglomerado de madera sintético que se puede conseguir por $95.000) sino ataúdes de pino labrados a mano que cuestan $1.800.000. Pero si quiere uno de marca, un York -los más famosos del mundo- le puede llegar a costar hasta $10.000.000. El ataúd terminará en la tierra y tal vez nadie vaya a cerciorarse de su calidad: no importa. En caso de cremación, unas cenizas "de primera" no pueden reposar en una urna de apenas $70.500. Y aunque no lo crea, en este campo hay lugar para la sofisticación extrema: existen urnas de huevos de codorniz por solo $1.500.000. El proceso para cremar un cuerpo es igual en Chapinero, en Jardines del Recuerdo o en Jardines de Paz: se necesita una sola persona y un horno a 800 grados de temperatura. Sin embargo, no es igual: en Chapinero cuesta $214.500; en Jardines del Recuerdo, $950.000, y en Jardines de Paz, $1.000.000. Si la familia del muerto poco cree en la idea romántica y naturista de esparcir las cenizas en el mar o en un bosque y por sus convicciones religiosas prefiere depositarlas en una iglesia para tener alguna ventaja a la hora de la resurrección (algo así como la pole position en la carrera de la resurrección), tendrá que pagar más: tener un cenizario a perpetuidad en la iglesia de Cristo Rey vale entre $1.300.000 y $1.800.000. La iglesia católica se opuso a la cremación hasta que entendió que por el hecho de guardar las cenizas podía obtener ventajas económicas. Y si usted es muy rico y muy sofisticado puede hacer que sus cenizas sean llevadas al espacio. Aunque parezca increíble, el servicio existe y lo ofrece la empresa Euro Space en Holanda y Estados Unidos por tan solo 20.000 dólares. Un lujo tal vez inaccesible para un rico colombiano pues, como dijo Pablo Escobar, "los ricos colombianos son muy pobres".
Acompañando a la procesión no habrá taxis ni buses sino carros particulares; tampoco gente regalando sufragios negros o vinotintos con una cruz encima de terciopelo sino Hojas Verdes y Plan Canitas. Verá coronas de rosas y anturios, nunca de claveles, nunca una corona que valga menos de $80.000.
5. Llegamos primero a los Jardines de Paz. Poco a poco van llegando los dolientes que se han reducido a la cuarta parte de los que había en la iglesia. Son los más cercanos, los que deben estar. La madre aprieta en sus manos una foto del hijo en compañía de la nieta (se ve que fue un hombre muy apuesto). La tierra se encuentra preparada, el hueco está listo: empieza la última ceremonia. Un cura dice unas palabras y cuando las poleas empiezan a bajar el ataúd, una mujer pide que se detenga: un amigo del padre quiere leer un pasaje del Cantar de los Cantares que solía leer con el fallecido. Lo lee con la voz quebrada: es una exaltación de la naturaleza y de las cosas que existen. Continúa el descenso. Para no seguir en mi incómodo papel de testigo me alejo unos cien metros. La mañana lluviosa se ha convertido en soleado mediodía. A la distancia y entre los eucaliptos y los sauces la escena parece una danza silenciosa del dolor: se mueven alrededor del muerto, se abrazan, caminan. Unos comienzan a apartarse lentamente como hojas llevadas por el viento, otros pocos -muy pocos- se acercan aún más y se van quedando solos. Transcurren unos minutos eternos. Nada más. Se acabó: hay que partir. Antes de irse, una mujer se agacha, recoge unas flores.
Pretendía contar en forma objetiva un entierro pero es imposible. Nadie narra impunemente un ritual de muerte. Mientras miraba -en la iglesia, en el cementerio- iba recordando y volvían a mi mente las imágenes de mis entierros y de mis muertos más cercanos: las de esos dos o tres que uno tuvo y que lo marcaron para siempre. Si el objetivo último de las honras fúnebres es darle sentido a una vida, aquí nos faltaba toda la información: ¿quién era en realidad el muerto? ¿Qué sueños se le quedaron truncos? ¿Cuál era su hermana preferida? Había llegado al final de la función, cuando el telón ya caía. Y sentí la necesidad urgente de armar una trama, de atribuirle una mínima biografía. En el camino de regreso me fui especulando sobre las causas del accidente, la ausencia de personas de su edad: ¿por qué casi no las vimos? ¿Acaso no tenía amigos? Algo me quedó faltando y de ahí aquella extraña sensación al volver a casa horas después: de vacío, de abrazo atragantado en el cuerpo. No tuve "la muerte que importa" aunque había cumplido -a medias- el saludable y necesario ejercicio que recomienda Thomas Lynch: "Vayan hasta el hueco de la tierra. Párense al lado. Miren adentro. Pregúntense. Y sientan frío. Pero quédense hasta que haya acabado".
Fue un entierro conmovedor y bastante digno, como el que cada uno de nosotros aspira a tener. ¿Por qué no? Es posible: solo necesitamos disponer de al menos ocho millones de pesos.

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