Hace 15 años, uno de los primos con quien me había criado en La Calera, saltando de monte en monte, pescando en el río Teusacá y comiendo uvas cimarronas, sufrió un infarto. Lo visité en la clínica Santa Fe. Estaba muy afectado: pálido, callado, pensativo. Se había asomado al abismo. Salí muy dolido, y tomé la decisión de hacerme un examen del corazón. Los resultados no fueron tranquilizadores: tenía una pepita en el pulmón. Yo fumaba dos -y hasta tres- paquetes de cigarrillos diarios. El médico resolvió que era mejor extraerla y enviarla a patología. Fue una cirugía que recuerdo con pavor. A mi caballo le había salido una pepa en un ojo y yo deduje, en medio de los miedos que se subían por las sábanas, que era un mensaje del más allá. En mi cabeza daba vueltas la canción de Óscar Agudelo, La cama vacía, aunque mi gente estuviera a mi lado. El día de la intervención en la clínica de Marly, llegó muy de mañana el cura y yo hice lo que mi papá en la misma condición había hecho: darle gracias y cerrar la puerta. Creía él que en los santos óleos se escondía la muerte. Me amargaba la idea de que si el resultado de la biopsia fuera positivo y me estuviera invadiendo el cáncer pulmonar, la única responsable de mi muerte era la debilidad de mi voluntad al no haber podido dejar el cigarrillo. Si yo hubiera muerto -pensaba- en uno de los tantos momentos peligrosos que viví conociendo las regiones de colonización o volando en aviones que eran verdaderas reliquias, se hubiera justificado. Pero morir en una cama era un tanto desobligante. La biopsia fue negativa: la bolita era de grasa. Dejé el cigarrillo para siempre. El capítulo parecía cerrarse.
Tres años después, un hijo mío fue víctima en la clínica Palermo de una infección quirúrgica: lo habían operado de un codo roto en un partido de fútbol, y el quirófano estaba plagado de estafilococo dorado. El sufrimiento de todos fue terrible, porque el niño se debatió entre la vida y la muerte. En medio de la crisis y del dolor, yo me fui volviendo amarillo. Amarillos mis orines, amarillos mis ojos, amarilla mi piel. Asumí que era una especie de ictericia sicosomática causada por el miedo a la muerte de mi hijo. Poco a poco, los síntomas desaparecieron y olvidé el asunto. El niño se salvó gracias a los médicos y al hospital Infantil, hoy clausurado. En aquellos días atravesé con el equipo del programa Travesías el Páramo de Pisba; navegué por el Orinoco; crucé Las Hermosas y subí a pie hasta la nieve en la Sierra Nevada de Santa Marta. No había evidencia de fatigas excepcionales, ni dolores, ni fiebre, ni malestar general. Cierta vez, sin embargo, quise donar sangre. La rechazaron porque estaba infectada. Creí que se trataba de sida, pero los exámenes revelaron una hepatitis C, ligera pero crónica. Me invadió la paranoia. Si yo no había usado la heroína, solo la transfusión recibida durante la operación en Marly podía ser la causa de mi enfermedad. Medio millón de colombianos sufren hepatitis C, y la mayoría no lo saben. Es una enfermedad traicionera y silenciosa. Las noches eran largas y llenas de fantasmas. Al principio embolaté el tratamiento apelando al boldo y las goticas mágicas, pero en realidad yo sabía que los efectos secundarios eran similares a los de la quimioterapia, y los temía. Mi mamá murió de cáncer. Por la misma época, el toro Baratero le destrozaba la femoral a César Rincón en Palmira. Le hicieron siete transfusiones de sangre en el hospital San Vicente de Paul. De la intervención salió vivo, pero infectado con una hepatitis C.
Diez años después decidí medírmele al tratamiento con interferona y ribavirina. Por supuesto, una cosa es la decisión, y otra, lograr que la medicina prepagada asumiera el costo. Cada inyección de interferona cuesta en Colombia 960.000 pesos gracias a las patentes. Un día me llamaron de la empresa de salud y me anunciaron que el tratamiento había sido aprobado. La verdad: me sentí desmoralizado. Quizás esperaba inconscientemente que lo hubieran rechazado. El médico me informó detalladamente el procedimiento para aplicarme la droga: una inyección semanal de interferona en la barriga y cinco pastillas diarias de ribavirina. Solo pensar en la aguja y el ombligo me producía vértigo. Pero a esa hora, después de los mil trámites burocráticos, ya no había reverso posible. La primera aplicación sentó, digamos, jurisprudencia. Tres o cuatro horas después comencé a sentir los primeros síntomas de fiebre: escalofrío, dolor en las piernas, náuseas, malestar de cabeza; seis horas después aparecían otros: debilidad extrema, sensibilidad a ruidos y luces brillantes y, sobre todo, una irritabilidad contra el mundo. Veinticuatro horas después me sentí abandonado para siempre y lloré como desde niño no lo hacía: con doble suspiro repetido. Durante las primeras semanas, yo trataba de levantarme de la cama, pero el desánimo y los escalofríos me derrotaban. Entre las cobijas, silencioso, hablaba solo. Eran largos y redundantes monólogos sobre el mismo tema: la muerte y los límites del cuerpo. No culpaba a nadie y tampoco me sentía una víctima, pero me cercaba la tristeza enorme. Nunca se me ocurrió renunciar al tratamiento, así pensara por momentos que era inútil y que la droga era una especie de preparación para el final. Mi gente me acompañaba, pero veía en sus ojos una preocupación que no podían evitar. Y lo peor: los ánimos que me daban contribuían a sentirme más enfermo. Traté varias veces de volver a montar a caballo, pero no me atrevía porque me sentía demasiado vulnerable. En tres meses bajé diez kilos; mi barriga de charro desapareció como si me hubieran hecho una liposucción; mi pelo amanecía en la almohada; la piel se secaba, la saliva era escasa y las mucosas nasales eran papel de lija. Para rematar, mis deseos se escabullían entre sueños y entresueños. La cama se transformó en un lecho. A pesar de todo, seguí escribiendo, no tanto por las obligaciones contraídas, como por compromiso conmigo. La escritura es, al fin y al cabo, una relación con fantasmas.
Los efectos secundarios fueron disminuyendo semana tras semana, y a partir de la novena o la décima se estabilizaron. Volví a reírme y a pelear con el día por la mañana. Los exámenes fueron esperanzadores después de los seis meses de tratamiento. Lo que no me dijeron los médicos me lo dijo la faena de César Rincón en la Plaza de Sevilla el Domingo de Gloria, cuando salió por la Puerta del Príncipe. Después de dos años de convalecencia y de no poder levantarse de la cama durante uno, volver a torear con la fuerza y la sabiduría con que lo hace, ha sido para mí un aliciente para aguantar hasta el final.

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