La comida entra por los ojos; la mujer entra por la puerta. Simplezas. La cuestión es más profunda, porque tanto en la cocina como en el amor, hay elementos algo más determinantes que una mirada. Los puntos básicos de la seducción y la comida son el aroma, el tacto y el gusto.

Cualquiera que esté dispuesto a cocinar para conquistar debe partir de un punto básico: solo la alquimia gastronómica convierte los elementos en alimentos. Ella convierte a un insípido y fálico zucchine en un sugestivo fussili dell’orto, un vaso de frío chardonnay derramado en una espalda sudorosa se transforma en perfecto aperitivo.

Procure que su pareja tenga contacto manual o visual (los ojos también acarician) con la comida. Que la consienta, la arrulle, la amase, la mastique con detalle. Y no tema usar aceites (oliva, maíz, ajonjolí… hasta rosa mosqueta) ni en el plato, ni en la piel. El aceite es su mejor aliado para redescubrir codos, palmas, plantas, cuellos, comisuras y satisfacer yemas propias.

Póngala a saborear un bagre en salsa criolla (leyó bien), o una docena de ostras, o una puttanesca, o una cola de langosta, todo vale, hasta llegar al pie (léase “pai”), errático soporte de esta jornada gastronómica. Pero no se engañe: el amor en la cocina no se limita a la comida. Jamás descuide una penumbra interrumpida por la llama del fogón, un par de martinis muy secos, el susurro de Gal Costa para la entrada y luego, con el plato fuerte, una dosis generosa de Diana Krall. Brinde con Cabernet, envuelva en palabras dulces el postre, tenga a la mano una taza de fuerte espresso y un reconfortante Cohiba… ah, y buena comida en el plato: nunca falla. El que falla puede ser usted.

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