Me han dicho de todo. Recuerdo por ejemplo un hombre quien, con el alias de 'Asprilla', me invitaba a lavar su baño y renglón seguido practicarle sexo oral. Otro me recomendaba buscar un macho bien dotado, vacuna garantizada contra el feminismo. Me han tildado de lesbiana (algo que nunca he considerado como un insulto, más bien como garantía para no tener más que ver con estos insoportables sementales); me han dicho sucia francesa, feminista patética y amargada, mujer insatisfecha y frígida, me han recomendado centenares de veces devolverme de donde venía, me han llamado hija de esa existencialista "puta" llamada Simone de Beauvoir y los etcéteras de todos estos cumplidos. Me han mandado a las llamas del infierno centenares de veces por internet.
Es normal, las aguas del feminismo son aguas turbulentas, irreverentes y conflictivas, que cuestionan, que confrontan y que desordenan viejos imaginarios y viejas creencias. Cada vez que hablo de sexismo como una peste moderna, cada vez que nombro al aborto y a su indispensable liberalización, cada vez que recuerdo las escalofriantes estadísticas de violencias domésticas, cada vez que hablo de la violación como uno de los más odiosos crímenes, me cae encima una lluvia de críticas normales en un país todavía tan godo. Y bien, en mis 30 años como feminista y defensora de los derechos de las mujeres colombianas, he aprendido a vivir en medio de la crítica.
Pero críticos con nombre propio, más bien pocos. Que los hay, los hay, por supuesto. Unos más furibundos que otros. Unos más sutiles que otros. Dentro de los primeros, está uno de los padres de la patria: el señor Enrique Gómez Hurtado. Educado en el más rancio conservadurismo de mediados del siglo (pasado), encontró en mi defensa de las uniones homosexuales un ítem para acusarme de todo en una carta pública en el diario donde escribo, incluso de ser probablemente lesbiana. Insulto que por supuesto me pareció cómico. Cómo ya dije, ¿cuál insulto? No soy lesbiana, pero si lo fuera le demostraría lo bien que lo están pasando estas hijas de la isla de Lesbos, por fin separadas de la costilla de Adán. Pero ni el señor Gómez Hurtado, ni otros legisladores de la misma estirpe, me preocupan. Es una generación fundamentalista que no ha viajado, que no habla con sus sobrinos, y que vuelven, todos los domingos, con una mirada nostálgica, a su colección del periódico El Siglo en sus "mejores" épocas. También tengo críticos solapados que pocas veces se dirigen a mí con nombre propio. En esa familia encontramos al excelentísimo rector de la Universidad Gran Colombia, que inunda nuestra prensa de unos avisos de muy mal gusto que rayan con la indecencia y la ignorancia, y que están al límite de la inconstitucionalidad. Hacen bien algunos de sus estudiantes en reclamarle al señor Galat algo más de preocupación por el nivel de su claustro universitario y menos militancia por una causa que está perdiendo poco a poco. Todos los países desarrollados y democráticos están legalizando las uniones homosexuales y la interrupción voluntaria de los embarazos. En un futuro muy cercano, el señor Galat deberá tomar sus vacaciones en un par de países islámicos, en la Ciudad del Vaticano o en El Salvador. Paraísos, no financieros, pero sí de la moralidad pacata, retardataria y decimonónica.
Otros críticos han sido más sutiles. D'Artagnan me ha criticado un par de veces, elegantemente, por cierto. Este editorialista afirmó alguna vez que amaba a las lesbianas y odiaba a las feministas. Y sigo esperando su invitación a tomar tinto para que le presente un par de lesbianas feministas que lo actualicen en la teoría política del feminismo y que lo sensibilicen, incluso íntimamente.
A Isabela Santo Domingo le dediqué hace un par de meses una columna de El Tiempo. No me respondió, por cierto. Me parece entonces muy tenaz volver a criticarla. Además pueden acusarme de estar celosa de su éxito editorial con un libro que no quiero comprar. Isabela es una mujer inteligente a la cual, de vez en cuando, se le van las luces. Y sé que este aparente odio a las feministas es más ignorancia que otra cosa. Estoy segura de que con un buen café en mi casa podríamos solucionar estos contenciosos.
Y finalmente están todos mis críticos anónimos de los sectores más retardatarios de la sociedad, de los que no se deciden en aceptar la formidable revolución silenciosa de las mujeres, que no soportan mujeres autónomas, libres y sujetas de derechos, que no aguantan la menor confrontación de poder con ellas, todos estos que, si bien ganan de vez en cuando pequeñas batallas, no ganarán nunca la guerra. Todos estos machos trasnochados que tratan de defender una causa perdida y que prefieren seguir solos en el mundo en lugar de aprender a gozar de la compañía de mujeres inteligentes. Afortunadamente, si algunos hombres las prefieren brutas, nosotras las mujeres los queremos inteligentes. Y que los hay, los hay.

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