Tenía 14 años. Ayudaba desde afuera de la jaula cuando en plena función los diez tigres comenzaron a pelear. El domador les ordenó calmarse, pero se acercó demasiado a uno de ellos: el animal, de unos 300 kilos, se levantó sobre sus patas traseras alcanzando una altura de dos metros y medio. Se lanzó ferozmente contra el cuerpo del domador y sus colmillos le rozaron la cabeza. El público gritaba, los tigres estaban muy nerviosos y el hombre salió corriendo para la clínica, bañado en sangre, con una herida de veinte centímetros. Pero el show debía seguir y alguien tenía que entrar. Nadie quería hacerlo y mi papá, el dueño del circo con quien había entrado hacía un año por primera vez al encierro de las fieras, confiado en mis capacidades, me pidió que lo hiciera. Abrieron la puerta, salió el tigre agresor. Luego abrieron la otra puerta, la del domador. Entré solo, sin ninguna protección, asustado por ser mi primera vez en ese rol y con la imagen viva del rostro de pánico de mi antecesor. Sabía que cuando un tigre atacaba los otros solían unirse, pero no podía usar el látigo, el símbolo de obediencia, pues los ponía más agresivos y debía mantener la calma en un espacio de solo trece metros del que eran dueños y señores nueve tigres enfurecidos. Y debía, además, confiar en la empatía que tuviera con ellos, en el respeto y cariño que me hubiera ganado al alimentarlos, jugar con ellos y darles sus vitaminas, el único método que hay para ganarse su confianza. No sé cómo logré calmarlos esa noche y terminar el acto ileso. Así me convertí en el nuevo domador.
Desde ese día, hace más de diez años, enfrento el miedo, "domándolo" para estar tranquilo frente a los tigres, pues ellos sienten la angustia y puedo estar en grave peligro. Eso hago, incluso cuando los beso en el hocico como parte de mi espectáculo, mantener la calma, pero cuando los alimento sale todo su instinto salvaje y no me acerco pues se ponen muy agresivos al proteger su alimento. Mi secreto cuando estoy solo y expuesto con los tigres es no pensar en lo indefenso que estoy y en el riesgo que corro, conocerlos muy bien, saber cuándo están de ánimo para salir al show y ser como un psicólogo de animales. Ellos son como las personas, cada uno tiene un carácter diferente y lo más importante es tratarlos con cariño. Con dos de los seis que crié desde sus seis meses tengo tal confianza que puedo dormir con ellos. Antes podía hacerlo con todos, pero cuando crecen adquieren más personalidad y hay que respetarlos y saber que cuando se lo propongan pueden terminar con la vida de uno.
Eso recordé un día que me rodeaban diez tigres de bengala. Diez personas del circo estaban afuera de la jaula pendientes por si algo pasaba y, como lo exigen las normas de seguridad, una ambulancia, paramédicos, Cruz Roja y personal de la Defensa Civil, todos listos a ayudar en cualquier emergencia. Le pregunté al público si quería que besara a uno de los tigres. Dieron el sí. Me le acerqué. Se movió. Supe que algo iba a pasar, pero ya había prometido besarlo y debía cumplir. Cuando lo hice, pasó lo que temía: me lanzó un mordisco violento. Solo tuve tiempo para cerrar los ojos y, por instinto, lancé mi cabeza hacia atrás. Sentí sus colmillos cerrándose en mi nariz con la misma fuerza con la que devoran esos tres pollos que les doy a cada uno por la mañana. Por milímetros no me trituró ni me desfiguró el rostro. El tigre se asustó, lo mandé para su jaula y estuve media hora en el camerino pensando en lo que hubiera podido pasar. Ahí sí me dio mucho miedo, me dolía el estómago y sentía cansado todo el cuerpo. Ese ha sido el mayor peligro que he corrido.
Algunas noches sueño que varios tigres me persiguen sin poder alcanzarme, pero mi peor angustia es que algún día se acabe esta profesión de más de cien años de tradición. La gente piensa que estoy loco. No lo sé. Solo estoy seguro de que hago esto porque amo el circo, los animales y por ganarme el cariño del público.

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