Soy una mujer que llegó hasta los 67 años de edad frecuentando consultorios médicos estrictamente para lo necesario, pero hace cuatro años tuve que verle, muy seguido, la cara a una doctora. Lo pedí así. No podía hablar con un hombre de la vergüenza.
De un día para otro amanecí con una diarrea intensa. Repasé lo que había comido, pero no encontré una causa. Los últimos días había tomado el desayuno, el almuerzo y la comida en mi apartamento y no había comprado nada de comer por la calle. Mejor dicho, no había razón aparente para mi malestar, aunque ese fin de semana estuve muy nerviosa porque una nieta iba a tener hijo y quería que todo saliera bien en el parto. Al día siguiente, la cosa siguió. Fui al baño a la hora que siempre acostumbro, pero el daño continuaba ahí. La cosa fue más rara aún, porque siempre he sufrido de estreñimiento. Después supe que no evacuar con normalidad fue la causa de mi angustia venidera: de un momento a otro dejé de tener control sobre mis esfínteres. Toda una ironía.
La diarrea de esa semana paró, pero en la siguiente me pasó lo que podría llamar el peor chasco de mi vida. Fui al odontólogo y mientras me llamaban me quedé dormida. Cuando desperté tenía una sensación horrible que solo recordaba del colegio. Por fortuna, el baño estaba a mi lado y allí lidié con mi vergüenza. Salí del consultorio sin mirar atrás, sin despedirme. En mi carro lloré. Qué humillación, qué rabia, pensé. La siguiente vez que me pasó fue en mi casa. Había pasado un mes y sucedió mientras le daba instrucciones a la muchacha para el almuerzo. Nunca supe si se dio cuenta. Tuve que lavar el pantalón yo misma. Me sentí muy asustada, hasta con algo de pánico. No salí de mi casa en varios días, no me asomé a la puerta del susto.
Cuando pareció que todo volvió a la normalidad pedí una cita y me explicaron lo que tenía: era una de las quince mujeres entre mil con problemas para controlar los esfínteres. Le conté a la doctora de mi estreñimiento y ahí encontramos la razón de este mal. Mis músculos intestinales y del recto se habían estirado y debilitado. Por eso, se filtraban las heces. Si no me medicaban, podría llegar a no sentir la urgencia de ir al baño. Recordé la escena del odontólogo, semejante tragedia, y me sentí miserable. Acepté los medicamentos, entre ellos atropina y codeína, un derivado del opio que, según la médica, me ayudarían a fortalecer el tono muscular. También mi dieta cambió. No volví a tomar café y me dijeron que comiera en buena medida queso, yogur y arroz.
Pero no fue suficiente. Mi problema continuó y con él la angustia. Por ejemplo, no sabía cómo iba a amanecer, me deprimía, no comía ya casi y parecía una inválida, no me movía de mi apartamento. Finalmente recurrí a una cirugía, una reparación del esfínter que uniría de nuevo los músculos del recto. Todo salió bien y no he vuelto a tener problemas, pero esos meses bastaron para que me volviera un poco paranoica.

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