Tenerle miedo al miedo, pánico al pánico. Esa es mi angustia. Cruzar un puente y sentir que el mundo se resquebraja y que mi mente es el epicentro de esa implosión. Empezar a respirar cada vez más rápido mientras la cabeza me da vueltas. Sentir que el pecho se repliega oprimiéndome los pulmones y el corazón. Que se agita y bombea sangre de manera desarticulada. Sentir que un viento helado me atraviesa y sale por mis poros un sudor frío. Pensar que voy a desmayarme y a caer al vacío. Hiperventilo, me mareo, tiemblo, pienso que voy a perder el control y a morirme e hiperventilo más. Es un ciclo vicioso de angustia que asocio a los puentes, pues fue en uno de ellos donde tuve mi primer ataque de pánico.
Esa noche de invierno acababa de aterrizar en Miami e iba sola manejando por la autopista a Sarasota. Sabía que venían dos puentes. Cuando llegué al primero, se me trabaron las piernas y las manos. Quedé casi sin respiración. Fue terrible. Casi no podía y sabía que tenía que pasar después otro puente. Entré en pánico. Me bloqueé, no podía frenar ni acelerar, temía quedar inconsciente, caerme al agua y que nunca me encontraran. Pensé en parar y esperar a que llegara un policía o alguien. Pero no pude detenerme y, así, sin saber cómo lo hice, logré llegar.
Durante una semana tuve mucho dolor y la espalda y los brazos entumidos. Sentía que la cabeza se me iba a ir y, lo peor, sabía que al regresar debía volver a cruzar los puentes. Me dio pena contar, ser tan vieja y tan boba, pero tuve que hacerlo y supe que no era la única: una conocida de la familia debía dar una vuelta enorme cuando iba a Fort Lauderdale para no coger un puente y en un periódico leí que solo en Estados Unidos el 40 por ciento de la población tiene ataques de pánico. Mi sobrina de 15 años me ofreció cruzar los puentes, pero se quedó dormida y preferí no despertarla pues me daba más angustia que ella lo hiciera. Me puse macha, pasé y ahora cada vez que voy a ir a Sarasota todos están pendientes de mí.
Acá en Bogotá, intento conducir junto al andén para orillarme si algo pasa, llevo el celular y los números telefónicos de mi psicóloga y de una empresa de paramédicos, así como una botella de agua, por si me mareo. Antes de un puente, intento controlarme, respiro profundo, me agarro del timón con todas mis fuerzas y paso, pero siempre quedo rendida y estresada. Tomo diariamente, una droga antidepresiva llamada zolof que me recetaron y no he vuelto a tener estos ataques. Me gustaría dejar las pastillas, pero me da miedo echar para atrás y volver a sentir pánico de cruzar un puente.

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