La escena es un clásico del género: son las altas horas de la noche y Wild Buck Cody, por decir un nombre, está en Red Dakota City. Su jornada ha incluido la obligada balacera mañanera y dos grescas de tardecita a puñetazo limpio. La noche lo encuentra, obviamente, tomando bourbon como si fuera agua. Conversa con miss Jenny, la copera más hermosa del saloon. Impresionado también por su belleza interna, le lanza la pregunta relevante, no sin su dejito de una devoción inédita -hasta ahora- en los filmes de Wild Buck. En la traducción argentina que nos habría llegado a Chapinero, el asunto rezaba: "Decime: ¿qué hace una chica como vos en un lugar como este?".
Traduciendo un poco las circunstancias, y entrando en materia, esa perplejidad clásica y sincera de Wild Buck hacia el oficio de miss Jenny es asunto que entiendo y comparto. Por una sencilla razón: nada más distante, pareciera, entre "ella misma" y el oficio de miss Jenny, y nada más distante, pareciera, entre el mío y eso que uno llama "yo mismo". A veces me da por actuar el Wild Buck y me exasperan las respuestas desabridas de la bella copera. Otras me da por actuar la miss Jenny y me irritan en extremo la brutalidad del vaquero y la estupidez de sus preguntas.
Lo más angustiante de este oficio, para mí, es eso: estar todo el tiempo al amparo de una intuición según la cual las cosas no cuadran, como le sucede a miss Jenny en la mente de Wild Buck. Y también, en simultánea, al amparo de una certeza frágil en sentido contrario. Intuición clarísima y en negativo rotundo; certeza ambigua y en positivo condicionado.
La intuición en negativo ataca a las siete de la mañana de un lunes lluvioso cuando uno ha malgastado ya montañas de ese tiempo precioso con el hijo recién nacido y lo ha hecho en el absurdo de tres llamadas urgentes y sus respectivas novedades de importancia. La certeza en afirmativo llega cuando uno piensa en la vida de ese hijo si no seguimos luchando, cada cual, y mucho, contra las infinitas adversidades que soportan la creatividad, la iniciativa y la tolerancia en esta Colombia que le correspondió en herencia.
La intuición perpleja de Wild Buck lo asalta a uno en cada hora muerta y cada sopor espeso que permea el largo y ancho ámbito del poder público nacional. Asalta en cada exigencia, tan enérgicamente esgrimida como absurdamente impracticable. En cada despliegue de ese tipo peculiar de imbecilidad que solo en Colombia se toma en serio, se publica a tres columnas y se "discute" ad nauseaum en las madrugadas radiales. Asalta en cada jurisprudencia que aporta su cuota al deporte nacional de meterle carreta de cinco centavos al propósito último de atajar soluciones y acentuar vericuetos.
Y al otro lado de la paradoja habita una ilusión que, a su modo, es el único estímulo tangible para aguantar. ¿Cómo describirla? Una imagen bien simple, como de western. Hay un ciudadano y una funcionaria del Gobierno solucionando problemas. Se respetan. Ni el ciudadano está chillando por favores especiales ni la funcionaria está atravesando el engendro jurídico de rigor. Ambos saben que el futuro mismo de este país está en encontrar la salida a todo ese gran problema que validaría ampliamente la intuición en negativo y todos los presagios fatalistas. Problema enorme y del cual este asunto peculiar que los ocupa es apenas una pequeña parte. Ambos tienen la convicción de que lo deben arreglar. Y así lo hacen. En la imagen, que se reproduce a diario, las partes terminan liberando otro eslabón de esa cadena que nos atasca, a todos, en un lugar como este. Y, entonces, esa certeza condicionada se vuelve un poco más definitiva, un poco más rotunda. Y así, de eslabón en eslabón, y gracias a funcionarias y a ciudadanos que admiro casi febrilmente, logro sortear eso que es lo más angustiante del oficio.

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