Gratitud. Eso es lo primero que siento después de estos años de ser escoltado por los hombres y mujeres que nos cuidan todos los días. Son en su mayoría personas jóvenes, con familias, hijos, proyectos para el futuro. Y asumen con profesionalismo y seriedad una tarea que, para comenzar, les implica poner en riesgo constante y serio sus propias vidas para protegernos a mi familia y a mí. Esa es una enorme generosidad, que nosotros les agradecemos todos los días.
Muy poca gente sabe la calidad e intensidad del entrenamiento que reciben los equipos de seguridad. Ni la cantidad de trabajo que les representa cada desplazamiento y actividad, para garantizar que todo esté bien y que no queden cabos sueltos en los dispositivos. Hay quienes hacen de su escolta una forma de ostentación. Son casos tragicómicos y excepcionales, al menos en el Gobierno, pues el Programa de Protección destina la mayoría de sus recursos a gente realmente amenazada: sindicalistas, testigos de casos de violación a los Derechos Humanos, periodistas, alcaldes, concejales, diputados, personeros y miembros de la Misión Médica. En el año 2004 invertimos casi 40 mil millones de pesos en ese programa.
Gracias a Dios y a nuestra escolta, hasta ahora nunca hemos enfrentado situaciones de apremio. Solo una vez tuvieron que utilizar los escudos antibalas que llevan a todas partes, pero no para enfrentar un ataque armado, sino una lluvia de tomates y escupitajos que un grupo de revoltosos nos lanzó en un acto que paradójicamente se llamaba Asamblea de la Sociedad Civil por la paz.
Pero claro, cuando se vive tan escoltado, se añora la vida sencilla de antes. Hace unas semanas, en una visita oficial a Washington, después de un almuerzo de comida rápida, con larga fila incluida, tomé una siesta en la banca de un parque, algo que hacía a menudo en mis años de estudiante. Sentir de nuevo la libertad de movimientos y regresar a rutinas normales de vida, como pasear por la calle, entrar a un cine, ir a una iglesia, visitar un centro comercial, pasan a ser, en estas condiciones, algunas de esas que Herman Hesse llamaba "pequeñas alegrías" y resultan, sin duda, gratificantes.
"El peligro asecha en cada esquina", me repite cada que puede uno de mis escoltas. Nosotros, que ya padecimos un secuestro, el asesinato de mi cuñado en el avión de Avianca que hicieron explotar los narcotraficantes en 1989 y otras penalidades, sabemos que tiene razón. Pero si me faltara un argumento para terminar de convencerme lo tuve hace pocas semanas, cerca de Londres, cuando salía de dictar una conferencia en la muy británica Universidad de Bristol y fui atacado intempestivamente y en segundos por un enmascarado que me arrojó una bolsa plástica llena de tinta roja que arruinó sin remedio un vestido que acababa de estrenar. "Menos mal fue solo tinta", pensé ese día, que no se me olvidará porque se llevó mi espacio de libertad. Desde entonces también prefiero tener escolta cuando estoy en el exterior.

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