Me acuerdo de la carrera de Michigan en el 2000, donde Juan Pablo y Michael Andretti pelearon por la punta durante diez vueltas, lado a lado. Al final, Juan Pablo se llevó la victoria, pero solo por una nariz: eso es un momento angustiante. En esa época yo era una fan más, y lo único que pasaba por mi cabeza era que pobrecitas la mamá y la novia tener que vivir eso, qué angustia. Cinco años después, hemos vivido momentos aún más preocupantes. Aunque, para ser sincera, la angustia en cada una de las carreras se mezcla con muchas otras emociones. Describir lo que uno siente cada fin se semana de un Gran Premio es complicado.
Ser la esposa de un piloto de Fórmula Uno significa tener un estómago de acero para que no le den úlceras, no solo de la angustia, sino también de lo que uno tiene que ingerir para poder soportar una vuelta de clasificación y 60 de carrera. Me acuerdo cuando las clasificaciones de Fórmula Uno eran de cuatro vueltas rápidas. Ver durante una hora cómo Michael Schumacher y Juan Pablo se quitaban la pole en cada salida era bastante angustiante. Con la nueva clasificación, saber que tienen que hacer una vuelta lo suficientemente rápida para estar adelante, pero no tienen margen de error, requiere que uno se tome varias copitas de vino con anterioridad. Para la carrera, la dosis de vino es un poco mayor, porque ya no se trata de una vuelta, sino de 60 en promedio, una largada, varias entradas a pits y 19 pilotos más en la pista, todos tratando de llegar primero. Si en la Fórmula Uno se tomara aguardiente, ese sería el mejor relajante para todos aquellos que no podemos hacer nada más que ver la carrera por televisión desde el motorhome.
Poniéndonos serios, lo que yo siento ahora como la esposa es muy distinto a lo que sentía como fan. Como fan uno sufre muchísimo más, porque vive el momento con más pasión; en cambio como esposa, lo vive más racional, aunque yo soy muy pasional y a veces vuelvo a sentir como fan.
Para mí, hay tres momentos cruciales del fin de semana: la clasificación, la largada y las entradas a pits. Es en estos tres momentos cuando siento angustia, estrés, intriga y, obviamente, mucha emoción. Pero no por las rezones que la gente piensa, nunca pienso que Juan Pablo se va accidentar; obviamente, la idea está por allá, en el fondo de mi mente, pero no es la razón principal de mis emociones. La angustia es producto de que quiero que le vaya bien, que clasifique bien y que las paradas en pits sean cortas y efectivas y, obviamente, que gane la carrera.
En conclusión, la angustia de ver correr a mi esposo es bastante grande, pero ¡gracias a Dios existe el vinito para controlarla! Y, afortunadamente, mientras estuve embarazada solo me tocaron dos carreras. Vamos a ver qué angustias siente Sebastián cuando vea a su papá correr.

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