Mi nombre es Leszli Kalli, conocida como la niña que duró secuestrada 373 días por el ELN en la toma del avión de Avianca. La que publicó los diarios sobre el cautiverio. La que tenía un báculo en el que marcaba todos los días de permanencia en la selva. Hoy vivo expatriada. Pongo punto después de expatriada y me quedo pensando en dos palabras mayores, dos palabras que encierran dolor: secuestro y expatriación. Son negativas, oscuras, y yo, con 24 años, ya las conozco, como se conoce a una madre, como se conoce a un hijo o a una hermana. Me tocó conocerlas.
Vivir lejos de Colombia, y no tener la posibilidad concreta de volver, genera una especie única de angustia. Una que nos pone en la situación de extrañar cosas que para los que viven en Colombia son cotidianas, quizás intrascendentes y hasta molestas, pero para nosotros terminan adquiriendo un carácter casi sagrado. Hablo, por ejemplo, de la angustia de no escuchar nunca el ruido de pitos en la calle. Hace dos años y medio vivo fuera de Colombia y no he oído un solo pito. Aquí nadie pita y este silencio mata. Me mortifica, incluso, no oír nunca el madrazo de algún conductor cuando otro para a media calle para comprar cigarrillos. Uno termina extrañando las cosas "sueltas": un cigarrillo pagado con monedas, un par de chicles, un solo paquete de frunas o un café o aromática de mil pesos en la séptima. Me angustia descubrir que no puedo ir a plazas donde venden ropa barata y en las que vale el regateo con el vendedor, y hay gangazos y ofertas. Aquí no hay dónde encontrar a un tipo que, en diez minutos, nos venda un perro de $300.000 en $30.000, haciéndonos creer que hicimos el negocio del siglo.
No hay tranquilidad, por pacífico que parezca el sitio en que vivimos lejos de Colombia, si uno no puede pararse a curiosear el trabajo de un pintor callejero que trabaja el carboncillo. No se alcanzan a imaginar el dolor que produce no recibir piropos o siquiera ser objeto de una mirada; la angustia de arreglarse horas para que nadie se atreva a decir algo. Todo hace falta: la vendedora imprudente que le dice a uno "usted se está engordando" o "se toma la sopita, ¿no?", el extraño que en una fila propone charla y termina opinando sobre lo que debemos o lo que no debemos hacer. Donde vivo, uno puede salir con un zapato en la cabeza y nadie, nadie, va a decir nada. Hice la prueba: el otro día me fui con el pantalón de la pijama (ositos durmiendo en nubes) para el college y no hubo quien lo notara. Aquí cada cual está en lo suyo y allá en Colombia todos estamos en lo de cada cual. Ese es mi orden en medio del caos, esa es la belleza que yo tanto extraño. Aquí todo es uniforme, todo es milimétricamente perfecto. En Colombia, todos resaltamos y somos parte activa de un paisaje que es perfecto, porque no es perfecto.
Me angustia no ver nunca la cara inconfundible de la gente colombiana, esa gente que vive feliz, que ríe, que está contenta a pesar de tantos problemas. Gente que mira directo a los ojos, con mezcla de malicia y dulzura, que quiere saber todo y sabe de todo así no sepa nada. Aquí la gente camina como colgada de hilos invisibles que no manipula Dios sino una rutina gris. He cambiado a la capital del ruido por la capital del frío y el silencio. Y duele. ¿Que tengo una nueva oportunidad de vivir?, ¿que estoy más segura aquí que en Colombia?, ¿que estar aquí es un regalo de Dios para seguir viviendo? No, esto no es un regalo: aquí los árboles son esqueletos, al suelo lo tapa la nieve y hay siempre un viento helado de veinte grados bajo cero que, como una aguja, llega hasta los huesos. Me toca hacer el ejercicio engañoso de echarle la culpa de todo a este clima espantoso, y termino sintiéndome como un gato que tenía en Colombia, un gato que se erizaba y arañaba cuando trataba de bañarlo. A veces quiero erizarme, arañar y librarme de esta ciudad.
Esa es mi angustia, saber que no pertenezco a este lugar, y que no puedo estar en el que pertenezco. Y sentir que el único pedacito que tengo de Colombia se resume en un lacito tricolor atado en la muñeca, porque el tiempo y la distancia están en el medio y sin querer sueltan otros vínculos (amistades y familia), rompen promesas (las del novio) y dejan solamente abierta la puerta del recuerdo, en donde me encierro cuando la angustia me toma por asalto; cuando siento con más fuerza ese hueco que se abrió paso en medio del pecho cuando tenía 21 años y supe que tenía que dejar el país. El que trato de llenar lo más pronto posible, que se "cura" con uno de esos abrazos que dan seguridad, un abrazo de "todo va a estar bien", como los que nos daban los papás cuando éramos chiquitos. Y, sin embargo, el tiempo pasa y ese abrazo no llega. Dos años y medio y este dolor sigue intacto. Hoy sé dónde lo curo: hoy sé que solo desa-parecerá cuando despierte abrazada bajo el cielo colombiano.

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