Un golpe seco en su lóbulo izquierdo contra un escalón y nos olvidó a todos: a sus dos hijos, a su esposa y a él mismo. Un solo golpe y dejé de conocer al exitoso administrador, al mejor padre y marido. Ese hombre que nos cuidaba y sostenía a los tres ahora lloraba, hablaba en una jerga incomprensible, me miraba extrañado y me apartaba. Había vuelto a nacer.
Por temporadas de cinco días, se encerraba en el cuarto, con la luz apagada, sin querer comer ni afeitarse. Se levantaba a mi lado y no me reconocía. Yo le explicaba que era su esposa, la mamá de sus dos hijos. Le recordaba quién era él y le decía que era muy inteligente y trabajador, pero que un accidente lo había dejado sin memoria. Al otro día le repetía lo mismo. Así, durante tres años.
En ese tiempo se desesperaba al punto de arrancarse el pelo y cogerla contra mí, la única que entendía sus señas. Salía corriendo y debíamos perseguirlo por la calle para que regresara a la casa. Tenía que cerrar la puerta con llave y estar muy pendiente. Le hice una tarjeta con sus datos y la metí en su billetera por si se nos iba cualquier día. Todos los días se la metemos en el pantalón.
La primera vez que lo sacamos en el carro tuvo pánico y rompió de un puño el panorámico. Todo era extraño para él y cualquier ruido lo asustaba. Olía a la gente y a los objetos como redescubriendo el mundo. Lo llevamos a terapias de lenguaje y ha ido creciendo a la par con nuestro hijo menor, quién se convirtió en su adoración y en el motivo por el que vive.
Carlos cambió sus gustos, su forma de peinarse y por un tiempo no determinó a Andrés, su hijo favorito. Durante esos tres primeros años no quiso absolutamente nada conmigo, pero así como aprendió a hablar (hoy lo hace como un niño) y a reconocernos (a su mamá, a su hermana y a mí nos llamaba Ete y a su hijo Daniel, Nicky) aprendió a estar conmigo en la intimidad.
Perdió todos sus recuerdos y salvo manejar, bailar, jugar baloncesto y montar en bicicleta, olvidó cosas como leer, escribir, el valor de la plata y del tiempo. No puede rehabilitarse del todo pues todavía olvida muchas cosas. Por todo esto lo declararon interdicto y le dieron una pensión de invalidez que apenas nos alcanza para vivir.
Seis años después de ese duro golpe ya no tomo antidepresivos, pero sigo con la angustia de no saber si en cualquier instante mi esposo recuperará la memoria o si todos esos buenos momentos que pasamos juntos nunca volverán a pasar por su mente.

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