Y de verdad que las soluciones parecen justas y hasta aplicables por cualquier inspector de estos tiempos. Por ejemplo, está bien que el buey que acornea a un hombre o a una mujer sea lapidado y su carne abandonada al pico y al diente rapaz. Y hay castigos para quienes reñían a piedra o a puño y para quienes daban palo a sus siervos. Aprendí que un diente vale tanto como el oro de la libertad: "Si uno diere a su siervo o sierva un golpe y le hiciere caer un diente, le dará la libertad en compensación de su diente".
Aprendí también, con algo de risueño asombro, que las mujeres vírgenes parecían ser parte de un rebaño más al que era lícito esquilmar a cambio de monedas. Porque lo dice el Éxodo muy claro: "Si uno seduce a una virgen no desposada y tiene con ella comercio carnal, pagará su dote y la tomará por mujer". Pero la Biblia enseña pronto que no hay por qué alegrarse de las vanas adquisiciones y que un rebaño de féminas es equivalente a uno de demonios, sean vírgenes o no. Del Eclesiastés aprendí, como de algunos boleros viejos, "que es la mujer más amarga que la muerte y lazo para el corazón, y sus manos, ataduras". Pero el Eclesiástico da una clave sutil para el hombre precavido: "La maldad de la mujer demuda su rostro y hace su semblante como de oso". Temed, entonces, buen amigo, a las morosas como el perezoso, a las tiernas pandas, a las de anteojos, a las pardas gruñonas, a las blancas y frígidas polares y a las deslenguadas hormigueras. Lo último que leí acerca de las mujeres en las sagradas escrituras no puedo decir que lo aprendí, pues ya lo sabía: "Columnas de oro sobre bases de plata son las piernas sobre firmes talones en la mujer bella".
Aprendí con mis lecturas obligadas de la Biblia a reconocer la fuente sagrada de algunos refranes populares. Por ejemplo, aquel sabio y cruel según el cual la letra con sangre entra bebe directamente de un decir del Eclesiástico: "El que ama al hijo lo habitúa a los azotes para que al fin pueda complacerse en él". Y aprendí que no es máxima en desuso sino que se aplicará con éxito por los siglos de los siglos: "Música en el duelo es cuento fuera de tiempo, pero los azotes y la educación son sabios en todo tiempo".
Con gusto, y con plegarias para que nunca se me olvide, aprendí una sentencia contra los mercachifles rezanderos. Es más, la subrayé en la Biblia ajena que me prestó un agiotista de cuello y cara dura: "Difícilmente se libra de culpa el mercader, y el tendero no será sin pecado".
También la Biblia me enseñó que un Dios puede hablar contra el orgullo con la voz de un poeta desesperanzado y terrible: "¿De qué te ensoberbeces, polvo y ceniza? Ya en vida vomitas las entrañas".
Por último, aprendí que ese Dios antiguo del cristianismo, tan celoso, tan desconfiado, tan ávido, puede dictar extremos feroces y absurdos como los atendidos por los talibanes cuando dinamitaron a dos Budas dormidos en las piedras de Afganistán: "Destruiréis enteramente todos los lugares donde las gentes que vais a desposeer han dado culto a sus dioses, sobre los altos montes, sobre los collados y bajo todo árbol frondoso; abatiréis sus altares, romperéis sus cipos, destruiréis sus aseras, quemaréis sus imágenes talladas y sus dioses y haréis desaparecer de la memoria sus nombres".

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