De entrada, Aura Cristina Geithner tiene una ventaja muy grande sobre Ángela Botero, la otra diva de la poesía colombiana y su rival indiscutible: no utiliza letra manuscrita. No, ella no cae en el error, como Ángela ?influida por el cándido estilo Timoteo-, de editar sus libros con letra de niña de colegio del Norte, la cual, a pesar de ser muy bonita, resulta desesperante a la hora de leer. Y habría más cosas por decir a favor de Aura Cristina: es más desgarrada, más erótica, más pesimista (e incluye muchas fotos suyas en su libro: hasta ahora Ángela no se ha atrevido a mostrar la cara... ni el cuerpo). Sin embargo, este no es lugar para hacer literatura comparada y nuestro asunto, la renombrada autora de Confesiones, es tema suficiente para estas breves líneas.

Mi encuentro con Confesiones, el primer y único libro de Aura Cristina ?pero suficiente para darle un sitio de honor dentro de la poesía femenina colombiana? fue, como todos los encuentros definitivos en la vida, producto del azar. Buscando rarezas bibliográficas en el pabellón de descuentos de Panamericana, en la Feria del Libro de Bogotá, lo encontré: ahí estaba aquel libro inconseguible, del que tanto me habían hablado. A precio de remate, ¡por solo tres mil pesos! Y ubicado, por algún estúpido librero, no en la sección de poesía, como le correspondía, sino en la de biografías. Increíble. Qué país tan injusto y tan ciego, qué lectores tan despistados, guiados únicamente por las sospechosas listas de los más vendidos o por el esnobismo que dictan algunos criticastros o revistillas de moda. Si supieran que José Noé Herrera, encargado en nuestro país de buscar libros de autores colombianos para prestigiosas universidades norteamericanas, compró varios ejemplares de Confesiones con destino a la biblioteca de Harvard. Definitivamente, nadie es profeta en su tierra y no les extrañe ver muy pronto la aparición de ensayos y tesis de grado de especialistas en literatura sobre la obra de Aura Cristina.

Quiero referirme brevemente a su inconfundible estilo poético. El valor más destacado de sus versos, es la repetición de palabras en busca de la musicalidad: "He roto,/ he vivido... vivido/ y tú,/ perdido". Algunos pérfidos críticos han dicho ?de mala leche? que los anteriores versos son la prueba de que Aura Cristina tiene un ritmo de tartamuda. Y, además, citan en su contra, este otro, acaso ?justo es reconocerlo? el menos logrado de su escritura: "No hay reversa, reversa". Desde luego, como en toda gran obra, hay baches y puntos bajos que la mayoría de las veces ?ella no es la excepción? son culpa de un descuidado editor.

Otro acierto de sus poemas lo constituyen sus rotundos comienzos: "¡Qué vaina!/ ¿O no?". O: "Siempre con el mismo sonsonete/ armado de grillos/ hablando, hablando /hablando".

También, su claridad meridiana: "Morirse es no estar".

Pero las anteriores justificaciones, hasta cierto punto, son secundarias. El inmenso e indiscutido valor de la obra de Aura Cristina es que leyéndola, usted siempre, siempre, siempre (su estilo me ha marcado, debo reconocerlo) estará a salvo de la verdadera poesía, territorio demasiado desolado y peligroso para las almas sensibles.

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