Pensaba de niño que quizás el mar no era sino una gran orinada de Dios cuando creó el universo, idea que cambió desde los diez años, cuando escuché los comentarios de mis amigos y familiares que en algún momento estuvieron allí. Hasta ese entonces, imaginaba el mar como una gran piscina animada por un motor constante, ¡ah! por supuesto: salada.
Total, no lo conocía sino por referencias, así que de ese tema no hablaba.
En SoHo me dijeron "vaya, conozca el mar, le pagamos todo" y acepté. Cuando llegué a Cartagena, la ciudad se hizo pequeña ante el horizonte donde se funden cielo y tierra. La muralla a un costado me decía: alto, y al otro, el mar me anunciaba: eres libre. El sonido de música vallenata, mujeres hermosas, trago y baile, hacían del mar un ritual de locura. Deseé hundirme de inmediato en aquellas aguas.
Caminando rumbo a la playa, un montón de cosas volaron a mis manos. Jaibas, camarones, collares, lentes oscuros, chancletas, dulces, piedras talladas, y otra cantidad de cachivaches se interponían entre el mar y yo. Costó mucho trabajo decirle a cada vendedor que no
necesitaba nada. ¡Más de cinco minutos!
Al despojarme de esa ola de mercenarios, entré al mar. Mis primeros pasos fueron inconscientes porque sólo quería comprobar su sabor salubre. Así que me agaché, recogí en la cuenca de mi mano un poco de agua, y con gran disimulo, para no parecer que esta 'era mi primera vez, bebí un poco. La escupí. Su sabor contiene todo el magma volcánico del corazón de la Tierra. Y eso por no
decir que su olor era como el pescado seco que prepara mi abuela en Semana Santa, o a lo mejor, el de un queso campesino que se olvidó en la guantera del automóvil.
Después de la primiparada, llegó el momento de hundir totalmente mi cuerpo. Estiré mis piernas, tomé impulso y di un salto. Allí quedé sepultado entre las corrientes marinas, la sal, el agua y los hermosos colores que se reflejan en este otro ambiente. Descansé del calor, de los vendedores y de tantos límites que hay en la tierra. En un instante de tiempo, no me sentí adherido a nada, tenía la sensación de volar, pues tranquilamente flotaba sobre la superficie del mar. La arena fina de la playa se introdujo en mi pelo, mis orejas, la nariz y el traje de baño. Creí ser un cuerpo de arenas movedizas.
Levanté mi cara. Estuve sumergido treinta y tres segundos. Al sacar la cabeza y llenar de nuevo mis pulmones de aire, admiré el vuelo de las marialuisas y las garzas sobre los espolones. Muy bonito su baile, pero existía recelo con la naturaleza, quería tener alas, branquias o algún otro órgano, que me permitiera estar más tiempo en lo alto o bajo el océano. En fin, seguí nadando hasta donde la bandera roja que indica peligro me lo permitía. Después de más de dos horas de entregarme al mar, me dejé arrastrar a la playa por las olas, donde continuó abrazándome el aire cálido de la costa, el sabor del pargo rojo y otras delicias que pululan allá.

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