Una mañana, en noviembre de 1998, después de un sueño tranquilo, desperté transformado en un horrible primate. No me sentía bien, me costaba un poco de trabajo hablar y sentía la boca como dormida. Pensé que no era nada, pero a medida que pasaba la mañana sentía más y más dormida la cara, la mitad derecha para ser exactos, y al mediodía noté en el espejo que no se movía muy bien. Asustado llamé a mi papá. Cuando me vio, apenas pudo decir: "Vámonos ya al hospital". Los médicos me explicaron que las parálisis faciales se producen por un virus o un cambio brusco de tempe-ratura, y se desarrollan hasta su punto máximo en 24 horas. Me dieron un corticoesteroide, ordenaron cinco sesiones de terapia y me mandaron para la casa. Lo de las 24 horas resultó completamente cierto. A la mañana si-guiente tenía un aspecto monstruoso: no podía mover la boca al hablar, así que emitía unos gemidos en los que apenas se reconocía lo que trataba de decir, de la nariz me destilaban gotas de agua, no podía parpadear, y como el músculo que ocluye el conducto lacrimal no funcionaba, cuando trataba de sonarme me salía un soplo de aire por el ojo, que sonaba como una ventosidad.
La terapeuta era buena, pero el ritmo de mejoría era muy lento. A las cinco sesiones la boca ya cerraba, pero el ojo y sus ventosidades seguían iguales. Ángela, la te-rapeuta, me dijo que mínimo iba a necesitar veinte sesiones. Fue demoledor. Mi vida se organizó alrededor de su consultorio: iba todos los días a terapia, llegaba temprano, me sentaba en la sala de espera a leer Suave es la noche, atendía a mi sesión, me iba a la casa, leía otro rato (lo que era incómodo porque no parpadeaba bien y cada cinco minutos tenía que echarme gotas), repetía los ejercicios, almorzaba, hacía siesta, leía otro rato, veía televisión, repetía los ejercicios, tomaba onces, descansaba, repetía los ejercicios y me acostaba muy temprano.
Las primeras dos semanas no hubo mayores progresos, de manera que comencé a creer que me iba a quedar así. Fantaseaba todo el tiempo en como sería mi vida de ahí en adelante: sólo saldría de noche, muy abrigado y con la cara embozada, leería todo el tiempo poemas de Keats y Shelley, como Vincent el de La bella y la bestia y me enamoraría platónicamente de una Catherine local. Mi cara sería deforme, pero mi alma sería bella y solitaria.
Gracias a mi hermana y a mi primo, complementé mi tratamiento con sesiones de shiatsu. Era impresionante, después de cada una sentía la cara completamente relajada, no contraída en un rictus inexpresivo, que era como se sentía la parálisis facial. Todavía me acuerdo de que al presionar un punto en las costillas sentía una corriente de calor que me subía por el brazo hasta la cabeza. Si bien pasado el rato volvía a sentir la rigidez, era cada vez menor. Los efectos combinados de los dos tratamientos comenzaron a tener efecto. Muy lentamente fui recuperando la firmeza de la boca, y a partir de cierto punto la mejoría se aceleró.
Como sea, es evidente que la memoria es ingrata. Recuerdo todos los padecimientos y el comienzo de mi recuperación. Pero no soy capaz de acordarme de en qué momento volví a parpadear normalmente, ni cuándo dejé de hacer ruiditos raros. Tengo la vaga impresión de que fue después de Navidad. Una Navidad que tengo completamente borrada de mi memoria. Sólo recuerdo que mi última sesión fue el 30 de diciembre, y que en efecto habían sido más de veinte. Esa mañana sentí que iba a extrañar las manos de Ángela tocando mi cara, su voz diciéndome que estirara la boca como para dar un beso, la música de los cincuenta de Joselito que sonaba en un almacén frente al que pasaba todos los días para ir a su consultorio. Como era lógico me había enamorado de ella. Quise besarla antes de salir, pero obviamente, ni lo intenté. Me había dado de alta, pero no estaba feliz.
Después de tanto sufrimiento estaba bien. No tenía la cara exactamente igual a como la tuve antes, quedé con cierta sonrisa maligna que me daba un encanto misterioso. Al menos eso pensaba yo, porque mi familia y mis amigos me decían que estaba perfecto.

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