Se dice que Borges escribió Funes el memorioso para relatar y al mismo tiempo matar los fantasmas de la falta de sueño, puesto que para él el insomnio -o dicho en palabras suyas- "esa fiebre que ciertamente no es vigilia", significaba "el horror de ser y seguir siendo". Quien haya leído Funes el memorioso recordará la terrible peripecia de aquel personaje que, tras sufrir un golpe en la cabeza, adquirió el don de recordarlo todo, hasta lo no vivido, con aterradora lucidez e implacable detalle. Y quien haya padecido insomnio de forma continuada sabe exactamente lo que es "el horror de ser y seguir siendo", algo que yo, menos poéticamente, describiría como la maldición de estar conmigo misma más horas de las que el buen dios creyó conveniente para la salud mental de cualquiera.
Es una obviedad decir que el gran drama del ser humano es que está solo. Solos nacemos y solos morimos, y el tiempo que media entre un acontecimiento y otro no es más que una desesperada búsqueda de mil maneras de paliar ese sentimiento de vacío que se deriva de la noción de que, hagamos lo que hagamos y amemos cuanto amemos, a la postre estamos irremediablemente solos. Por fortuna, todos olvidamos este triste destino y bien que nos ocupamos en buscar afanes o pactos para aturdirnos. Porque ¿qué es el amor, por ejemplo, si no el mejor antídoto contra tan oscuro fantasma? ¿Y qué es la ambición? ¿Y qué el dinero o la borrachera o -para poner un ejemplo menor pero muy frecuente- qué es el deseo de que gane nuestro equipo de fútbol? Pactos, componendas, aturdimientos que funcionan durante la vigilia. La noche, en cambio, hace crecer los monstruos. No se trata de pesadillas, los insomnes no soñamos sino que vemos o, como también decía Borges, crece en nosotros la memoria monstruosa de lo que verdaderamente somos.
El insomnio es una, llamémosle, enfermedad con muy poco predicamento. No sé si ustedes se han dado cuenta, pero dentro de las afecciones crónicas algunas gozan de la comprensión del prójimo y otras no. Todo el mundo entiende, por ejemplo, que uno no tenga ganas de salir porque le duele la espalda (la lumbalgia es una enfermedad con predicamento como también lo es la úlcera de estómago, las cefaleas y hasta el dolor de muelas si me apuran). El insomnio, en cambio, es un incomprendido irredento. "Venga, no seas rollo, no me digas que tienes que acostarte a las doce como la Cenicienta, eres un bodrio, te estás perdiendo lo mejor de la vida". Así nos dicen a los infelices insomnes los amigos, como si nos divirtiera acostarnos a la hora de las gallinas. "Venga, tómate una copa y ya verás cómo te animas, la vida es muy corta para pasársela durmiendo, ven, vámonos de rumba". Y yo prefiero el harakiri a acostarme tarde porque sé muy bien lo que me espera: la noche en blanco con toda la cohorte de espectros seguida de un amanecer convertida yo en un ídem que vagará demacrada durante todo el día hasta caer en la cama por la noche tan ojiplática como nuevamente insomne. Como ustedes ven, a pesar de que, así en abstracto, el insomnio está considerado un trastorno con un cierto glamour literario (no en vano casi todos los escritores lo sufren) el asunto no tiene la menor gracia. No sólo le hace a uno ser pertinazmente consciente de nuestra soledad cósmica (ya, ya sé que eso también suena muy literario pero se lo regalo) sino que además le arruina a uno la vida social: para mí no hay novio ni posible novio lo suficientemente sensacional como para hacerme trasnochar: soy -y siento desilusionarles- un bodrio.
De todos modos, para no arruinar del todo mi reputación con todos ustedes, y a modo de triste consuelo, señalaré una ventaja de pertenecer al club de los tristes funesmemoriosos de este mundo. En la gran soledad de la noche, y flanqueados de todos los fantasmas antes descritos, suelen aparecer también muchas ideas para mis novelas. Un diálogo, la solución a una escena, la resolución de un capítulo de algo que estoy escribiendo y, a veces, casi un artículo como este, todo de un tirón. Entonces me incorporo en la cama, apunto en una libretita la idea luminosa y me siento un tanto más cerca de los otros insomnes célebres: Poe, Lovecraft, Borges... magro consuelo, pienso a veces, y otras lo doy todo por bien empleado. Si uno escucha esa vocecita insistente que nos dicta cosas a altas horas, descubrirá en ella una muy lúcida consejera. Sin embargo, nada es gratis en esta vida y menos aún en ese simulacro de vida que es el insomnio, de modo que los llamados consejeros de la vigilia resultan ser muy tramposos. Primero, porque la mayoría de las ideas sensacionales que se nos ocurren en estas circunstancias no lo son tanto por la mañana y luego que son tan fugaces y delicuescentes que resulta muy difícil atraparlas, parece que les produjera enorme placer tentarnos y luego desaparecer tragadas por el raquítico sueño que el insomnio nos limosnea hacia el final de la noche.
Dicen mis amigos más optimistas y positivos: "Lee, escribe, escucha música, es una bendición disponer de tiempo extra, qué más querríamos todos que el día tuviera cinco o seis horas más". A veces lo he intentado. Me he puesto a escribir o a leer pero solo para descubrir -como Funes el memorioso, maldita sea- que quedaba atrapada en ese mundo turbio del que está hecho el duermevela, en el que los monstruos semejan tan grandes y forzudos que al día siguiente, a la natural flojera y depresión que produce la falta de sueño, se une la extraña sensación de haber sido derrotada mil veces: no sólo por los monstruos sino por la sensación de sufrir un trastorno que nadie considera serio, pues quién no ha tenido una noche sin dormir y fuerza canejo, que diría otro insomne célebre, Carlos Gardel, se aguanta uno y mañana será otro día. Pero el problema es precisamente ese, que mañana será otro día, otro día en que llegará la hora de acostarse y allí seguiremos los incomprendidos insomnes de este mundo con la mente a mil por hora, dispuestos a someternos una noche más a esa maldición antes mencionada de "ser y seguir siendo", sin tregua, sin asueto.

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