Cuando supe que tenía lepra me sentí culpable, impotente, deprimida y sola. Creí que era un castigo, temí por el futuro y por el rechazo social. Llevo más de diez años en esta lucha y aún mi familia lo ignora. No lo entenderían, sufrirían y nada podrían hacer. Les digo que sufro de una inflamación de los nervios y así justifico los dolores.
Cuando tenía veinte años noté que la piel de las manos se me dormía y que me habían salido unas manchas blancas sin sensibilidad. Los médicos dijeron que eran hongos o vitiligo. Un año después una dermatóloga me diagnosticó lepra. Tuvo tacto y dijo que esto no era un castigo divino, que solo se contagia si se tiene predisposición genética y se da una convivencia prolongada con un enfermo no tratado, y que las mutilaciones ocurrían en casos muy avanzados y de pacientes descuidados.
Fui juiciosa. Tomé hasta diecisiete pastillas diarias para atacar el bacilo que produce esta infección y, en este momento, está muerto. Pero un llamado "efecto de reversa", que no logro entender, libera unas toxinas que pueden paralizar mis brazos. Por eso debo seguir en tratamiento. Además, una vez dijeron las pruebas que el bacilo era negativo. Dejé el tratamiento y tuve de nuevo una crisis. Permanecí varios días con los brazos quietos para que no se inflamaran más. Me volvieron a salir manchas blancas insensibles y unas rojas que hacían que la piel me ardiera como si me estuviera quemando hasta los huesos. Por un tiempo no pude caminar del dolor, me hinché por la cortisona y sentí un olor en la piel a carne muerta. Me recuperé y solo perdí la sensibilidad de la piel en la mano izquierda.
Por eso sigo tomándome las drogas aunque me produzcan dolores de cabeza, malestar estomacal, hinchazón y taquicardia y voy, cada mes, a un control preventivo en el Federico Lleras, un instituto dermatológico del Estado que atiende gratis a la gente con lepra y al que le debo estar mejor.
Aprendí a vivir en silencio con la enfermedad. Debo evitar el estrés propio de mi profesión de abogada, pues puedo empeorar y, cuando siento dolor, resisto callada para que nadie se entere. Si voy a otros médicos oculto mi problema pues algunos me han rechazado al saberlo. Puedo decir que a la lepra le debo haberme convertido en una persona sensible al dolor ajeno.

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