Tuve un accidente de tránsito con mi novia en el que salí volando del carro y me pegué con una piedra en la espalda, a la altura del ombligo. Resultado: una ruptura en la médula espinal. A mis 21 años dejé de caminar. Después de tres meses en la clínica viajé a Estados Unidos, donde me dijeron que definitivamente no iba a caminar. Durante el día siempre me mostré sereno, pero por las noches lloraba desconsoladamente. Sobra decir que mi vida cambió, pero nunca quise ir a un psicólogo. Los primeros días de mi accidente fueron una pesadilla. Solo piensen y traten de mover algún miembro de sus extremidades, es un acto muy fácil de realizar, incluso lo hacemos inconscientemente. Ahora piensen en mover esos miembros y no lo puedan hacer. Yo, ex campeón de tenis y de vela, estaba postrado en una silla en plena juventud, mientras mis amigos rumbeaban. La novia que tenía me terminó apenas salí de la clínica.
Desde mi cama tuve para tomar decisiones. Talvez la más trascendental fue la de no dejarme vencer. Una cosa es decirlo y otra es tomar posiciones. Me mandé a hacer unas botas que movían mis piernas mientras yo me cogía de un caminador para ejercitarlas. La decisión de comprar una silla de ruedas propia implicó aceptar que iba a ser cosa de todos los días y que ese iba a ser el único medio para reemplazar lo perdido. La primera vez que me senté me mareé muchísimo, pues llevaba mucho acostado. Al principio, por más de las diez pastillas que tomaba, no podía controlar mis esfínteres. Me orinaba en la universidad, así que siempre cargaba con un par de pantalones de repuesto. Después dejé todas las medicinas y me dediqué a superar esto con deporte y actitud.
Esta es la hora en que sigo practicando con las mismas botas. El día comienza desde muy temprano con mucho ejercicio para mantenerme en forma: bicicleta estática, abdominales y terapia pasiva. Mi trabajo como senador no me permite quedarme quieto. Digamos que me acostumbré a estar en silla de ruedas, pero jamás me he resignado. Siempre que duermo, estoy caminando en los sueños. Por eso en junio me va a operar un médico portugués que saca células madre del bulbo olfatorio y las inyecta en la parte de la médula que está afectada. Hay sueños que con voluntad se vuelven realidad. Solo es cuestión de inyectarle a la vida esa esencia fundamental que es la esperanza.

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