Se me pide un texto sobre los malestares físicos que les surgen a los varones en la década que va de los treinta a los cuarenta años, un camino que me dispongo a concluir a fines del próximo diciembre, situación que, supongo, me convierte en el perfecto testigo. Pero veamos. En esto de los achaques y malestares no queda más remedio que referirse a los propios, razón por la cual dejaré de lado aquellos que no padezco, como la alopecia, que suele atacar la coronilla de algunos congéneres a partir de los treinta años. Claro, existen casos agudos en los que la zona exterior del cerebro se despeja a mediados de la veintena, quedando una correa pilosa en la parte baja del cráneo que algunos resabiados dejan crecer y peinan con gomina hacia adelante, al modo de las capotas de los convertibles, con el inconveniente de tener que protegerla ante las mil vicisitudes de la vida diaria, la lluvia o el viento, lo que genera un tic nervioso y es el de estar tocándose constantemente la cabeza, un tocamiento que, según el psicoanálisis, muy bien podría leerse como el deseo de frotar zonas genitales o, como dicen los discípulos de Freud en España: de rascarse los huevos. Por supuesto que después de los treinta, año tras año, los guayabos son cada vez más largos y ya no basta un buen desayuno y en ocasiones ni siquiera un almuerzo bien trancado para librarse de ellos. Mucho menos de los remordimientos de conciencia que suelen acompañarlos y que lo hacen a uno desear haber nacido muy lejos, por ejemplo en Botswana. Pero, en fin, supongo que no fue para hablar de los guayabos que me cedieron esta página, asunto poco memorable y que no causa revuelo entre las musas, sino de las dolencias treintañeras. Así que pasemos a otra cosa.
Pues bien, diré por experiencia que el mayor malestar de esta década es la paulatina rendición de ciertos músculos ubicados en la zona del vientre. No me refiero solo al hecho de que los alimentos y bebidas que a los veinte años deglutíamos con boca opípara ahora nos engorden, sino a que el estómago, cuando está lleno, tiene una desagradable tendencia a pronunciarse. Es extraño, me decía yo, al ver que en la mañana, recién levantado y a estómago vacío, mi vientre en el espejo se veía tan plano como el de algunos escritores de éxito, caso de Jorge Franco o Pérez Reverte. Qué bueno, murmuraba, y acto seguido me iba a celebrarlo con un buen desayuno, aunque nada del otro mundo, pues aquí en Italia uno se acostumbra al sencillo café con leche y al croissant. Pero al hacerlo la malhadada panza volvía a resurgir burlándose de mi optimismo, y me decía, hola, viejo, buenos días, ¿qué tal noche?, ¿qué vamos a almorzar hoy?
A las murallas abdominales, como a las de Jericó, les llega su toque de trompeta y consecuente derrumbe a partir de los treinta, con tendencia a agravarse con el arribo de los cuarenta, a no ser que uno decida, como Jorge Franco, comprarse una bicicleta de spinning y sudar una hora cada mañana, o jugar squash de forma virulenta, como hace Mario Mendoza, aunque debo decir que ellos no lo hacen por vanidad, sino porque el ejercicio solitario les ayuda a combatir sus fantasmas. Pero la suerte (la mala) quiso que yo tuviera poca paciencia para los deportes, y eso que los he intentado casi todos. Dios sabe que les he dedicado tiempo, esfuerzo y no poca plata.
Al inicio de mis treinta años la teoría de un buen estado físico y aquello de mens sana in corpore sano me llevó a las piscinas de varios clubes deportivos, pero al poco tiempo de ir y venir entre el agua, observando el chapoteo de cuerpos azulosos a mi alrededor (así los veía desde mis lentes), me entraba una sensación de absurdo insoportable, un vacío mental que era incapaz de llenar, así que salía, dejaba a un lado el gorro y los lentes y me iba a los turcos, que es el lugar que más me gusta de un club y donde sí puedo pasar horas en perfecta quietud, echando globos, analizando mi vida o planeando capítulos de novelas urbanas y neorrealistas. Al fin y al cabo sudando también se deshace uno de líquidos malignos.
Cada cual tiene el cuerpo que necesita tener, pero muchos varones, a partir de la treintena, creen que lo que necesitan es un cuerpo escultórico que sea el complemento natural de su éxito en los negocios, de su intrépida elegancia, de su "saber estar" y de su airosa cultura. Y para dotarse de él están dispuestos a dejar la piel en las colchonetas de un gimnasio, levantando barras de peso o corriendo en cintas eléctricas. Allá ellos. Tal vez con ese sacrificio logren hacer más lento el derrumbe abdominal que todos debemos sufrir y que el hombre sufre desde que es hombre, sin olvidar que al final nuestras carnes serán devoradas por los mismos gusanos que se tragaron al filósofo Epicteto y al manco de Lepanto.
No niego que es un poco incómodo y que sin duda resta nobleza a cualquier semblante, pero el mundo está tan lleno de tragedias reales que bien puede uno cerrar los ojos e ignorarlo, por una vez, y más bien prepararse para lo que nos depara la cuarentena, que, sospecho, es ese abultamiento carnoso que se forma debajo de la barba o entre ella y el cuello, como dice el diccionario, y que se llama papada, una de las cosas más extrañas que puede ocurrirle a un rostro. Pero no seamos pesimistas y esperemos. Prometo contarles los detalles dentro de diez años.

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