DE SENECTUTE

Pero ¿para qué diablos le pongo a esto un título latín? Nadie menor de ochenta años sabe hoy leer en latín (quiero decir: aquí en Colombia), y a los mayores de ochenta probablemente se les ha olvidado. Yo tuve un tío erudito al que primero se le borró el griego clásico, y luego el sánscrito, y así. De senectute: sobre la vejez. Es el título de un tratado que compuso Cicerón cuando tenía más o menos la edad que tengo yo ahora: sesenta años.
Otro tío abuelo mío, anciano también él (rondaba, según mis cálculos, los sesenta años) hablaba a diario por teléfono con un amigo y coetáneo suyo que se llamaba Eustacito. Decía mi tío, alarmado:
-¡Eustacio! ¡Me salió otra vaina!
Otra vaina desconocida. Otra más, implacable, irreversible, tal vez mortal. Un pelo largo y liso le había crecido de repente en el huesecillo del yunque del oído; o una peca (o peor: una pústula) le había aparecido en el dorso de la vieja mano, puro cuero ya. O había tenido de golpe la revelación dolorosa de la existencia de algún órgano interno nuevo (viejo, quiero decir, pero desconocido): digamos, por ejemplo, el píloro. Pero desde la otra punta del teléfono interrumpía Eustacito con brusca angustia:
-¡Perdona, Alvar! Pero ¿oíste eso?
-Sí, ya te digo: es una medio punzada aquí en el.
-No, no: lo mío. ¿No oíste? Ese crujido, ese como craqueo. Creo que es una vértebra lumbar.
-¡No me digas! -se preocupaba mi tío Alvar.
-¿Qué?
-¡Que no me digas!
-¿Que qué?
Y se ponían cita los dos para dos días más tarde, si aún vivían, en la consulta del médico.
-¿Dónde?
La senectud es eso. Y empieza, según me informa el pujante director de esta revista al encargarme un artículo para que cuente aquí en primera persona cómo me va a mí en la mía, entre los cincuenta y los sesenta años.
La senectud consiste en eso: en que uno deja de hablar con los amigos de mujeres o de fútbol (o, si es uno colombiano, de cábalas electorales) y confina la charla al ámbito (infinito) de la propia salud: la vista cansada, el adoloramiento de las articulaciones, la disfunción eréctil del pene. Un milenario aforismo hipocrático afirma que si pasados los cincuenta años uno se despierta y nota que no le duele nada es porque está muerto.
-Pero parece que para eso ahora hay unas píldoras buenísimas. Las venden sin receta. Se llaman... se llaman...
No me acuerdo. Da igual. No sirven. Son las mismas que el diablo le prometió al difunto doctor Fausto a cambio de su alma inmortal, cuando tenía sesenta años.
Se cuenta una anécdota del escritor Juan Benet (sí, difunto también él). Lo llamaron de un programa radiofónico el día de su sexagésimo cumpleaños (pero por Dios, qué cosas digo: "sexagésimo", "radiofónico", y hasta ese involuntario "por Dios") a preguntarle que si se sentía ya un viejo. Dijo que no, indignado. Le pidieron disculpas (llamándolo "don Juan", llamándolo "maestro") por la falta de respeto. Y entonces, ablandado (ah, ese ablandamiento, ese reblandecimiento de los sexagenarios; pues será cierto que se endurecen las neuronas y las arterias, pero lo demás no), ablandado, digo (y siento haberme perdido en una digresión: nos sucede con frecuencia, a esta edad. Recuerdo a un amigo de mi abuela cuyas digresiones se iban enlazando las unas en las otras en una espiral inacabable, y había que tomarlo suavemente por el codo para devolverlo a lo que iba).
¿A qué iba?
Ah, sí: a lo de la memoria, o a lo del olvido. Ah, no: a lo de Benet. Juan Benet, un escritor español a quien cuando llegó a los sesenta años llamaron de un programa de radio para preguntarle que si se sentía viejo. Dijo que no, por supuesto. Pero luego recapacitó, y concedió de mala gana:
-Bueno: si hace veinte años me hubiera sentido como hoy, no me habría levantado de la cama.
Pero de eso se trata. Decía un amigo mío (ya fallecido, sí) que es una tontería pretender llegar a la vejez o a la muerte (o por lo menos a la edad de sesenta años; y, a propósito, ustedes habrán notado que hay muchos paréntesis en este texto que escribo: son para que quepan las digresiones seniles de que hablé más atrás) con la salud intacta y los órganos vivos y en perfecto estado de funcionamiento, como sin estrenar. Esas cosas -salud, órganos, vida- son para usarlas y para que se gasten. Creo que es un personaje de novela de Gabriel García Márquez el que dice en alguna parte que cada cual nace con los polvos contados, y en consecuencia no debe despilfarrarlos. Y creo que es un personaje de Balzac el que, efectivamente, los ahorra y los va contando. No estoy de acuerdo. Los polvos, los latidos del corazón, las sinapsis entre las neuronas cerebrales, las lágrimas, están ahí para dejar que corran, como el agua de los ríos.
...que van a dar a la mar
que es el morir,
como dice, en versos memorables (no me atrevo a decir que sean inmortales), Jorge Manrique.
Pues resulta que en eso andaba yo, rumiando versos memorables sobre el inexorable paso de la vida, cuando me mandó llamar por teléfono el joven pujante director de esta revista (no me llamó, como llamaba mi tío Alvar a su amigo Eustacito: me mandó llamar) para dejarme instrucciones sobre este artículo. Que no quería que escribiera una bella reflexión filosófica sobre la vejez, sino algo rápido y vivaz: una cosa moderna. Que si meto Viagra o que si no. Que si se me para o que si no. Que de qué me han operado. Que si me pienso mandar hacer una liposucción. Y que qué puedo decir sobre mi próstata.
Fue entonces cuando comprendí lo de la vejez. No por lo de la próstata (que está, por ahora, como una rosa), sino por la manera de tratarlo: mi próstata. Antes, cuando yo no era todavía tan viejo, en castellano se decía la próstata, o la vida, o la, qué sé yo, la mejilla. Ahora se usa siempre el artículo posesivo: mi mejilla, mi próstata. Etcétera.
No le mandé la madre (su madre). Pero le mandé decir que escribiera él mismo el artículo (mi artículo). Me dijeron que no podía, porque no tenía la edad (mi edad) para eso. Y entendí que, en efecto, así era. Si fuera, como yo, un sexagenario, no se le habría ocurrido irrespetar a un anciano mandándole instrucciones sobre cómo escribir sobre la vejez. Su vejez. Quiero decir: la mía. Y a la vez se me ocurrió que tampoco a mí, si no fuera un sexagenario, se me habría ocurrido que un anciano podía sentirse irrespetado por ser tratado de anciano.
La senectud consiste precisamente en eso. Hace poco, con motivo de mi sexagésimo cumpleaños, me regalaron una antigua camisa (nuevecita) que había pertenecido a mi anciano tío Alvar, aquel de quien conté al principio de estas notas que empezó a sentirse viejo en torno a los sesenta años. Me la puse, y me queda perfecta (ver foto). La senectud consiste en eso: en que le empiezan a quedar a uno buenas la ropa y la ideas de los tíos abuelos.

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