Una de las dolencias principales a mis 85 años consiste en suponer que no tengo dolencias, que el tiempo no ha pasado. Grave error que azota a los viejos y nos hace creer, por ejemplo, que todavía tenemos autoridad para opinar sobre cuál de las chicas Águila es la mejor de todas, que nos quedan arrestos para ofrecer la manzana de la victoria a la que más nos guste, dentro de esas "jóvenes de ternísima cintura", como dijo Carranza con voz ya quebrada por la nostalgia: "Dejad que al irme de la primavera vuelva a miraros por la vez postrera y os dé esta rosa de melancolía." Siempre me ha sorprendido en este poema de Carranza el indebido pesimismo del poeta cuando nos habla de "la vez postrera". Ojalá la supiéramos, poeta inmortal. Lo grave de la edad senil es que nunca sabemos cuándo llega "la vez postrera", esto seguramente hasta que nos dure "el corazón sin uso de razón", gracias al cual hoy en día me pienso aventurar a un reto tan contemporáneo como sostener en internet la emisora HJCK.
Algunos piensan que entre morir a los sesenta años y morir a los cien es preferible la primera opción. Pero no saben de cuántas cosas se perderían si murieran a los sesenta. Lo dice un veterano de ochenta y cinco años que a los sesenta transitaba por el camino de Santiago de Compostela, que estuvo a punto de hundirse para siempre en el helado mar de Creta y que suspiró durante algunos minutos bajo la roja acacia que presenció el primer beso de Baudelaire a Juana Duval. Todo esto y muchas cosas más me sucedieron después de los sesenta y me seguirán sucediendo si me libro de estos calambres que me aquejan y recupero el equilibrio que he perdido al andar y que me obliga a usar este bastón que fue del padre de Maripaz Jaramillo, el cual se ha convertido en uno de mis máximos pilares de seguridad. Lo dice quien está comenzando a leer el más reciente libro de José Saramago, Las intermitencias de la muerte, que desemboca en una tesis final: "Nuestra única defensa contra la muerte es el amor". Ese es otro de los achaques más notorios de los ochenta, cuando todavía se cuenta con la dicha -en mi caso, la Gloria- de tener al lado a una mujer: el nivel de dependencia que uno genera a esta edad supera cualquier límite. No imagino las actividades más nimias de la vida sin Gloria a mi lado. Con esto les digo todo: nunca aprendí a manejar porque ella me conduce a donde quiera.
Este octavo piso vale la pena. No importa que ya no pueda uno tomarse un vaso de leche helada con un bocadillo, ni tampoco que el médico de familia lo remita a uno a cuanto especialista existe en el mundo. Ni siquiera importa tener en el léxico diario la palabra divertículos, de la cual solo se entiende su verdadero significado el día en que esa especie de bolsas de nombre simpático se toman el intestino grueso y se ponen celosas cada vez que uno se toma unas chichas, aunque vale decir que últimamente le perdí el gusto a la cerveza y al tercer whisky, invariablemente, salgo de los cocteles. Me parezco mucho a la Cenicienta, porque además ahora me compadezco de Macario Pastrana, mi chofer, supongo que eso también lo traen los años. Si no hay coctel, a las ocho de la noche estoy profundo y no antes de las ocho del otro día vuelvo a funcionar. El sueño a esta edad es casi tan plácido como el de un bebé.
Tampoco importa tener que afrontar con valentía la muerte de los amigos. En los últimos años he enterrado a más de diez, no solo con el dolor de perderlos, sino con la certeza de que probablemente es uno el que sigue en la lista. Entrado en años las conversaciones se me alargan. Uno no se da cuenta de que está hablando, siempre recuerda y recuerda. No ya la llamada que tiene que hacer en la tarde, sino cuál era el nombre del bar que frecuentaba hace cuarenta años y cómo eran las caras de cada uno de los ahí presentes. Es el achaque más marcado de mi edad. Se llama nostalgia y no da tregua. De repente me voy al pasado y lo recuerdo todo perfectamente, aunque con frecuencia se me olviden los anteojos. No sé ni qué fórmula tengo, pero acabo de acordarme de que es hora de rectificarla porque ya no veo bien. En cambio, veo claramente atrás en el tiempo y hasta un mínimo detalle de la vida me parece sobrecogedor. Solo me trae de vuelta al presente un frío bruto que me ataca de repente, como si el termostato se me hubiera fundido. Pero no sé cuál de lo dos escalofríos es más fuerte: si el del cuerpo o el del alma.

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