Lo que el fútbol me enseñó me lo enseñó,
en realidad, mi papá.
Era un hombre silencioso y trabajador, que apenas tenía una instrucción elemental y cuyas pasiones en la vida eran la decencia, el trabajo duro, la familia y el Club Atlético Vélez Sársfield. Entonces un modesto club de fútbol de Buenos Aires al que él seguía, domingo a domingo, junto a una vieja y enorme radio que mal se oía en el Chaco, más de mil kilómetros al nordeste de la capital argentina.
Mi padre padeció a Vélez, podría decirse, porque durante casi toda su vida fue el único hincha que hubo en el Chaco, donde todos eran, y son, de Boca o de River o de Racing, los clubes más populares de mi país. Es esa soledad la que inspiró mi cuento más conocido -titulado El hincha, en el que describo a papá, que murió sin ver campeón a Vélez- y soledad que heredé yo.
Fue una herencia magnífica, eso sí, porque ni él ni yo tuvimos jamás amigos, en el Chaco, que fueran hinchas de Vélez. Ese desamparo fue, ahora lo veo, lo que inspiró el final de mi cuento, en el que el personaje -el día que Vélez obtuvo su primer campeonato nacional- se da cuenta de que no tiene con quién festejar, carece de fraternidad deportiva y su única cofradía son sus amigos, todos hinchas de Boca o de River o de Racing:
Caminó resueltamente hacia la plaza, mientras el crepúsculo se insinuaba sobre los lapachos y las cigarras entonaban sus últimas canciones vespertinas, y frente a la iglesia se acercó a la parada de taxis, eligió el mejor coche, un Rambler nuevito, y subió a él, con la suficiencia de un ejecutivo que acaba de firmar un importante contrato.
-Hola, Amaro -saludó el taxista, dejando el diario.
-A recorrer la ciudad, Juan, y tocando bocina -ordenó Amaro-. Vélez salió campeón.
Bajó los cristales de las ventanillas, extrajo el banderín del bolsillo del saco y empezó a agitarlo al viento, en silencio, con una sonrisa emocionada y el corazón galopándole en el pecho, sin importarle que la solitaria bocina desentonara, casi afónica, con el atardecer, y sin reparar siquiera en el reloj que marcaba la sucesión de fichas que le costaría el aguinaldo, pero carajo, se justificó, el campeonato me ha costado una espera de toda la vida y los muchachos de Vélez, en todo caso, se merecen este homenaje a mil kilómetros de distancia.
Cuando llegaron a la cuadra del Bar La Estrella, Amaro vio que la barra de amigos estaba en la vereda, ya organizada la larga mesa de habitués que los domingos al anochecer se reunían para comentar la jornada. Y vio también que cuando descubrieron al Rambler en la esquina, con la solitaria banderita asomándose por la ventanilla, se pusieron todos de pie y empezaron a aplaudir.
-Más despacio, Juan, pero sin detenernos -dijo Amaro-, mientras se esforzaba por contener esas lágrimas que resbalaban por sus mejillas, libremente, como gotas de lluvia, y los aplausos de los amigos de La Estrella se tornaban más vigorosos y sonoros, como si supieran que debían llenar la tarde de diciembre solo para Amaro, el amigo que había dedicado toda su vida a esperar un campeonato, y hasta alguno gritó ¡Viva Vélez, carajo! y Amaro ya no pudo contenerse y le pidió al chofer que lo llevara hasta su casa.
La verdad es que todavía me emociona evocar ese momento sublime que mi papá nunca vivió.
En cambio, lo que sí vivió -y yo con él- fue el amor inexplicable por el equipo local, de camiseta blanquinegra y nombre atrabiliario: Chaco For Ever. Hoy, un equipito de tercera división, pero que supo brindar satisfacciones a los chaqueños, y entre ellos a mi papá, un hombre cuya popularidad era enorme en las tribunas, no sé si porque era panadero o buena persona, o por su siempre discreta, pero inclaudicable y romántica militancia socialista.
Su prematura muerte impidió que profundizásemos nuestra amistad, y acaso mi nostalgia dicta ahora esta idealización de su figura que, lo descuento, los lectores de este texto excusarán. Pero aquellos pocos años me sirvieron, hoy lo advierto, para valorar las infinitas expresiones de amistad que puede generar el fútbol. O por lo menos el de antes, el de los que íbamos todos los fines de semana a las canchas, bandera en mano y gorro en testa, y nos encontrábamos en las gradas, casi siempre los mismos, para saludarnos con el discreto afecto de los que comparten una pasión inocultable. Yo me crié viendo en la pequeña tribuna de Chaco For Ever cómo mi papá se abrazaba a su amigo Américo Fracchia -otro hincha solitario, de Rosario Central- y cómo esa amistad se blindaba por encima de los pocos éxitos y las numerosas desdichas.
Cuando aún no era conocido como escritor, en Buenos Aires y en la cancha de un Vélez que obtuvo todos los campeonatos posibles en la década pasada, tuve un amigo al que en el abrazo de un gol bauticé Juan, al mismo tiempo que él me llamaba Juan a mí. Durante años, y todavía hoy, cada vez que viajo a la capital y tengo ocasión de ir al estadio velezano, lo busco en las tribunas. A veces nos reconocemos, nos abrazamos y alguno de los dos paga una gaseosa o una cerveza. No sabemos nada el uno del otro, pero a la hora del gol de nuestro equipo, seguro, nos llamamos mutuamente Juan en el sublime instante en que todo el mundo se llama Vélez Sársfield.
Hace algunos años viví casi una década de exilio en México. Como Vélez me quedaba tan distante como la dictadura y tan cercano como el dolor por las atrocidades que padecían mis compatriotas, me hice hincha de los Pumas, el equipo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Con varios compañeros del exilio solíamos ir al estadio de Ciudad Universitaria y allí, en las soleadas tribunas aztecas, hice algunos de mis mejores amigos mexicanos, que luego lo fueron para siempre.
En tiempos como estos, de violencia y disvalores, el fútbol todavía ofrece estas maravillas. Cierto que se ha comercializado, que la televisión echó a perder los campeonatos y el romanticismo y que hoy hay equipos que parecen de liceo de señoritas y jugadores que se maquillan para la tele. Pero compartir un abrazo con el que está al lado y gritar un gol, proferir insultos a coro contra el referí o reír y gozar una goleada seguirán siendo, siempre, la ocasión de sellar amistades puras, despojadas de especulaciones y claras como algunas noches del Sur.
Para mí fue así la inolvidable jornada del 5-1 que Vélez le propinó al Boca de Maradona y Caniggia, hace unos años: terminé saltando como un mono, abrazado con un ingeniero electrónico que hoy es uno de mis amigos más íntimos. Y también lo fue la noche en que llevé a mi hija a la Bombonera y Chilavert, el extraordinario paraguayo que defendió durante años el arco de Vélez, atajó un penal sobre la hora y le ganamos a Boca 3-2 en su casa. La furia de las barras bravas boquenses nos condenó al pánico: a las once de la noche no sabíamos cómo huir de ese barrio temible cuya comunidad estaba desencajada.
Esa noche pensé que nos iban a matar, hasta que cuatro grandotes de la hinchada velezana nos protegieron solo porque -dijo uno- "aquí el escritor es amigo y la próxima nos paga una vuelta de cervezas".
No sé si queda claro, y habrá que ver qué entiende cada uno por amistad, pero a mí el fútbol lo mejor que me ha dado es lo que toda buena amistad da: alegría, confianza, compañerismo. Todo eso que me enseñó mi viejo.

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