Sostengo una relación cómoda con la derrota, porque solo me afecta cuando involucra al Athletic de Bilbao. Pero lejos de angustiarme, la sensación de derrota despierta en mí un espíritu crítico que me lleva a analizar los errores que se cometieron para llegar a ella.
España es un país tribal, un país de clubes que no se identifica con los colores de su selección (como sí ocurre en Brasil o Argentina, donde la gran tradición futbolera permite que los aficionados sepan a qué juega y cómo juega su formación nacional). Nosotros nunca tuvimos una cultura del fútbol. Fuimos siempre apasionados, pero ignorantes de este deporte por culpa del régimen franquista que instauró la cultura del toro. ¿Y qué aporte hizo la famosa furia española, la furia del toro? Ninguno positivo, porque se trata de la sustitución del pensamiento por una acción irracional, irreflexiva, o sea, un pistolerismo fascista. En los años cincuenta y sesenta no se sabía lo que significaba un delantero centro o un armador, no había literatura sobre el tema, los intelectuales estaban alejados del fútbol, porque consideraban que era manipulado por Franco para beneficio propio. No existía el debate ni la reflexión, la gente concurría a los estadios, pero no entendía lo que estaba viendo.
La aparición de Jorge Valdano como articulista del diario El País, presentando al fútbol como un objeto de debate, y el fantástico Barcelona de Johan Cruyff, fundando un modelo triunfador con el equipo más romántico que vi en mi vida, lograron modificar el panorama de tres décadas nefastas.
Lo que se mantuvo inalterable fue el rendimiento de España en las Copas del Mundo. En Francia 98 y Japón 2002, cuando muchos periodistas la ubicaban como favorita al título, yo me cuestionaba: ¿cuándo España tuvo a un jugador entre los primeros veinte mejores del mundo? Nunca. Esos son detalles que me inhiben, desde siempre, a ser optimista con la selección. Hay que aprender a perder para saber ganar; lo que no se puede es perder siempre. Los sinsabores internacionales de España son tan recurrentes que ya no duelen ni sorprenden.
Prefiero recordar equipos mundialistas que, a pesar de haber sido derrotados, merecen ocupar un lugar en mi memoria: el del 94, que contaba con recursos físicos y técnicos estupendos en Hierro, Guardiola, Baquero, Caminero, y aquel del Mundial de México 86, que fue eliminado en cuartos de final por Bélgica en tanda de penaltis. Ninguno de los dos me entusiasmó, pero ambos ofrecieron cualidades distintivas.
Un buen ejemplo para relativizar la derrota como tal son los holandeses. Siento una admiración especial por ellos, por su fútbol y su idiosincrasia. A pesar de ser uno de los países más pequeños del mundo, con solo 16 millones de habitantes y casi sin tradición futbolística, exportan jugadores y entrenadores por toda Europa, diseminando un estilo inconfundible.
Fueron dos veces subcampeones del mundo y para muchos son el símbolo de la derrota. Pero tienen el coraje de ser fieles a sí mismos, el coraje de decirle a Italia en la Eurocopa del 2000: "Nos ganaste, pero sabes bien que nosotros somos mejores".
La mejor manera de detectar derrotados y triunfadores es recurrir a la memoria. Hoy por hoy, en mi mente no reposan más de cinco jugadores alemanes campeones en 1974. En cambio, Jongbloed; Haan, Krol, Suurbier, Rijsbergen; Jansen, Neeskens, Van Hanegem, Cruyff; Rep y Rensenbrink serán por siempre inolvidables.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.