Mi tía Aurelita le comenta
a una amiga: "A mí no me gusta
el fútbol, pero yo insisto en acompañar a mi esposo al estadio porque, en una de esas, hay un gol y él me abraza". El fútbol, estimados amigos, también me enseñó cuál es el verdadero amor. No, por cierto, el del marido de tía Aurelita hacia a ella, sino hacia la divisa de sus desvelos.
"Un hombre -anunció, ya en las postrimerías del Renacimiento, el filósofo y diseñador de ropa para atletas, Príamo di Rapallo (cocreador del uniforme de la Guardia Suiza del Vaticano, a bastones verticales azul y oro)- será más fiel a los colores de su club de fútbol que a su propia esposa". Hay quienes desafían esta creencia y las consecuencias suelen ser penosas. Un conocido hincha argentino, a quien por su seguridad llamaremos N.N., tras ser durante muchos años hincha de Rosario Central, comenzó a experimentar, de pronto, una enfermiza atracción hacia Chacarita Juniors. Mintiendo a su familia, oculto de sus amigos, marchó un domingo hasta el reducto funebrero. Y tuvo su castigo. No solo Chacarita perdió cuatro a cero, sino que los propios partidarios locales le propinaron una paliza al considerarlo un pájaro de mal agüero.
Otra cosa que me enseñó el viril deporte del balompié es que el ser humano busca, casi demencialmente, las dificultades. "El hombre -ha dicho el pensador proustiano Arthur Mc Gulliver- es el único animal que para cada solución tiene un problema". Eso es lo que explica que, en el fútbol, se haya reglamentado que el balón deba ser conducido con los pies y no con las manos, que es como manejamos el resto de las cosas. Con las manos yo activo esta computadora, amigos lectores, y usted sostiene esta revista.
-Y esta idea antojadiza -clama Ezequiel Villagra, rubio defensor central de Deportivo Rafaela- surge cuando ya los seres humanos, debido a la evolución de las especies, hemos perdido los atributos del mono. Manteniéndonos como cuando éramos cuadrumanos tendríamos, hoy en día, una destreza prensil enorme en las extremidades inferiores.
Villagra es reconocido por su manifiesta torpeza en el manejo del balón.
Mi padre solía decir, contemplándolo al lucero: "Nunca dejes de alumbrar la vuelta del guitarrero". Pero, además de esos entusiastas arranques folclóricos, agregaba: "No hay nada que eduque más que los deportes de conjunto. En el juego de equipo uno puede reconocer al noble y al egoísta, al valiente y al temeroso, al esforzado y al holgazán, enseñanzas que no podrás obtener en las disciplinas individuales". Mi padre no solo destacaba la posibilidad de adquirir ese exhaustivo conocimiento ético y moral, enorme base de datos gratuita que el equipo brinda sobre cada uno de sus integrantes, sino que, asimismo, sumaba un concepto rígido, cuasi samurái. Él, recio fullback de básquet en épocas donde tras cada tanto se sacaba del medio, inscripto en la filosofía griguoliana (Carlos Timoteo Griguol) del "reciba y pegue callado", tendía a preservar, en un juego de fricción como el fútbol, la reconocida bravura del gaucho argentino. "Si te pegan una patada en un tobillo -pontificaba mi padre-, le pegás una patada en la rodilla. Si te pegan en la rodilla, le pegás en lo huevos. Si te pegan en los huevos, le pegás en la cabeza y si hay que irse de la cancha hay que irse de la cancha".
Nada, entonces, de "si te pegan en una mejilla pon la otra". No. Ojo por ojo y menisco por menisco.
-Si ves que vas a chocar con un rival -continuaba Berto- acelerá en los últimos metros. El rival debe chocar contra algo duro, huesudo y punzante. Si él encuentra algo blando, la próxima vez te entrará más fuerte y mucho más la tercera. En cambio, si se estrella contra un codo, una rodilla rocosa o una cadera de cemento, la próxima vez lo pensará dos veces. Y, no olvides nunca esto, hijo mío, a los grandotes les duele tanto como a los chiquitos, y una plancha a la altura de la ingle mortifica tanto al enano como al gigante.
Adviertan, estimados futboleros, la enseñanza fundacional. La humanidad se iguala en el dolor y el rico puede sufrir tanto como el menesteroso.
Del fútbol, también aprendí que, aquella fantasía popular de que la sabiduría viene con los años, es tan solo una mentira más. Esos ancianos inmóviles y meditabundos, suspendidos en la gracia y la reflexión pura -cuando no en la levitación- que, con la misma facilidad con que atrapan una mosca en el aire derraman, las pocas veces que hablan, verdades absolutas, solo existen en las series de televisión sobre artes marciales.
Cuando debí abandonar la Liga de Fútbol "25 de Mayo", ya que no podía competir con los más jóvenes, pasé, primero, a una liga de veteranos que estaban entre los 40 y 50 años y luego a otra de superveteranos que estaban entre los 50 y la muerte. Pensé, entonces, que allí sería todo más tranquilo, más calmo y más relajado. Gran error, compañeros. Nunca presencié tantas peleas ni escuché tantos insultos ni vi tantos golpes malintencionados como en esa etapa. Con lo que pude comprobar algo desalentador: los años no traen la sabiduría sino, más bien, el agudizarse de las manías, los vicios y las fobias. A lo que hay que sumar, también, la inevitable torpeza física que llega con la tercera edad trayendo la bronca y la frustración por la impotencia.
Ese tumulto de hombres ya mayores, en el cual yo me encontraba, procuraba, ingenuamente, amaestrar a una pelota. Y hay pocas cosas más caprichosas, casquivanas e imprevisibles que una pelota de fútbol. El científico inglés Edward J. Tydfil, titular adjunto del laboratorio terreno de Morai Firth, al norte de Escocia, especializado en el estudio y la investigación espacial, lo reveló el mes pasado.
-Se ha descubierto -dijo, inquietante- que, al igual que dentro de los peligrosos cúmulos limbus, dentro de una pelota de fútbol bien inflada circulan vientos a velocidades escalofriantes. Hemos detectado ciclones, tifones y huracanes de increíble magnitud en pelotas de fútbol aparentemente mansas e inofensivas. Por fuera, la apariencia es normal pero, gracias a nuestro instrumental de última generación, supimos que en su interior se registran tales meteoros. Es por eso que los balones suelen adoptar rumbos y comportamientos caprichosos y no debido a impulsos externos, como pueden ser puntapiés y cabezazos, sino por urgencias internas incontenibles.
Tal grado de imprevisibilidad ya fue advertido por el crítico deportivo Dante Panzeri, quien definió al fútbol como "la dinámica de lo impensado". Este juego suele someter a los espectadores a presiones y sorpresas insoportables al punto de que, muchos de ellos, pueden llegar a perder la vida durante el espectáculo. Como el partidario de Rosario Central que, ubicado en la platea a mis espaldas, allí nomás se quedó muerto, como el marino americano que -según contaba Nicolás Guillén- en un restaurante del puerto, le quiso dar con la mano. Y ahí nomás se quedó muerto. El marino americano, repito, que en un restaurante de puerto le quiso dar con la mano. El hincha de Rosario Central, por su parte, creyó que el árbitro había sancionado una mano dentro de nuestra propia área y allí nomás se quedó muerto.
El fútbol, en su pragmática crueldad, nos somete a un entrenamiento riguroso propio de Boinas Verdes u otras fuerzas especiales. Los partidarios, por ejemplo, que hemos asistido en vivo y en directo, a través de la pantalla de la televisión, a la definición por penales que permitirá a nuestro equipo favorito seguir en la Copa Libertadores o quedar fuera de ella, creyendo morir en cada disparo desde los doce pasos, debemos tomar conciencia de que, si hemos sobrevivido a ello, tenemos asegurado un futuro de fortaleza física y mental inapelable. Como las cucarachas, que sobrevivieron incluso a explosiones atómicas, nosotros estamos creando una raza mejor y más fuerte.
No son experiencias inocuas, por supuesto. Dejan secuelas imposibles de borrar. Yo, por ejemplo, en cada partido clásico de Rosario Central contra Newell´s envejezco cinco años. De allí que, aún joven, luzco como un anciano centenario. Pero ya no hay definición por penales ni goles en contra sobre la hora que puedan doblegarme.
El fútbol me explicó, asimismo, el formidable proceso de la adaptación de las especies, puesto a consideración general por el maestro Charles Darwin. Mientras en el básquet la exigente altura del tablero obliga a reclutar atletas cada vez más altos, el fútbol, afortunadamente, se convirtió en un reservorio natural de individuos amenazados. Los pequeños, los enanos, los diminutos encontraron en el fútbol, mediante la habilidad y el talento, la posibilidad de crecer y reproducirse. Con el centro de gravedad muy bajo, favorable entonces a la estabilidad, y la pelota casi al nivel de sus ojos, los bajitos continúan siendo joyas valiosas a nivel mundial. Y basta mencionar a Maradona, Messi y Ronaldo cuando se agacha. Veloces, escurridizos, zigzagueantes como ratones, siempre encuentran el mínimo espacio necesario dentro de las pobladas áreas para perfilarse y rematar al marco. Livianos, acrobáticos, espectaculares, se escabullen por debajo de las axilas de sus rivales, localizando los espacios abiertos donde pueden sortear a sus pesados contrarios sin ser golpeados o encerrados por ellos.
El fútbol me dejó claro, asimismo, que el estadio suele ser una suerte de zona liberada.
-El hincha tiene derecho a protestar e insultar, porque para eso paga su entrada -suelen declarar a la prensa apesadumbrados futbolistas tras un partido perdido. Pero si ustedes leen lo que dice en su entrada, amigos lectores, no encontrará ningún párrafo que especifique el derecho al insulto. A nadie, por ejemplo, se le ocurrirá levantarse en medio de una obra de teatro e insultar a la primera actriz porque no le satisface su interpretación. Y mucho menos le arrojará una botella, la batería de una radio portátil, la radio portátil o un zapato. A lo sumo
-lo han inmortalizado los chistes gráficos sobre ese tema- caerá sobre las tablas, un tomate en extremo maduro. Pero el fútbol permite al espectador estos desbordes, como insultar a la madre de un policía que permanece allí, impávido, tan solo a tres metros, separado apenas por el alambrado olímpico.
El niño que va por primera vez al estadio portando la bandera con sus colores favoritos se sorprenderá alegremente al escuchar cómo el vecino de platea de su padre descarga con total libertad una infinidad apabullante de malas palabras, novedosas, imaginativas, sonoras, que abren al pequeño un nuevo mundo de expresión y posibilidades. Y el precio que se debe pagar para disfrutar tanto desmadre es, apenas, la obligatoriedad de concurrir a un baño público pestilente que a cualquier espectador motivaría a escribir una carta abierta en el periódico de su ciudad si tuviera que usarlo en una sala de cine porno de una estación de ómnibus de pueblo chico.
El fútbol, por último, abnegado hincha, me enseñó a no estar seguro de nada, a dudar de todo. A dudar, por ejemplo, de si la sabiduría que le habían conferido los años a mi padre cuando me dio sus consejos, no sería tan endeble y falsa como la sabiduría de aquellos orientales a los que el tiempo solo había pertrechado de manías y caprichos. Cada vez que regreso del estadio tras haber visto perder a Rosario Central contra un equipo al que, a priori, deberíamos superar por una goleada vergonzante; cada vez que veo a los poderosos River o Boca caer en su propia cancha contra un rival entusiasta, pero primitivo; luego de presenciar cómo Camerún vence a la Argentina en el comienzo de un Mundial, me convenzo más de que el fútbol, como las mujeres, es, en principio, inexplicable. Por fortuna, Dios, en su infinita sabiduría, mantiene a las mujeres algo alejadas del más popular de los deportes. Sería extenuante, indudablemente, procurar entender ambos fenómenos al mismo tiempo. Porque, el fútbol, apasionados amantes del balompié, ya lo dijo el Dante, es la dinámica de lo impensado.

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