Desde que Paolo era un bambino, en la familia sabíamos que tenía condiciones para ser jugador profesional. Pero a pesar de contar con un padre primero futbolista y luego entrenador, nunca lo quise presionar para que continuara mi camino. Su desarrollo futbolístico fue natural, al igual que su infancia, con juegos infantiles, mucho cine y dedicación al estudio.
Siempre le admiré a mi hijo la intención de tratar de jugar, de ser un constructor de juego, las ganas de entrenarse todos los días y su temperamento. Paolo es un jugador exclusivo y exquisito, con una fortaleza física privilegiada, y contrario a lo que mucha gente piensa, no es fanático del fútbol. Ese es el aspecto personal que más nos diferencia. Mientras yo estoy pendiente minuto a minuto de lo que pasa en todo el mundo, Paolo no gusta de ver partidos por televisión. Se concentra para jugar los fines de semana, se entrena a conciencia, pero cuando llega a su casa se desconecta por completo de su trabajo y se convierte en el hombre entregado a su esposa, Adriana, y a sus dos hijos, Cristian y Daniel. Ese detalle es envidiable. No le interesan las ligas de España, Inglaterra o Alemania. Prefiere la vida de hogar y la tranquilidad. Cuando lo visito, tengo prohibido hablar de fútbol con él, ya tiene suficiente con lo que conversa diariamente con Ancelotti en el club.
Si tengo que recordar un partido de mi hijo en el Milán, elijo su debut profesional, enfrentando al Udinese, porque fue la cristalización del sueño de cualquier bambino: jugar en la escuadra de la ciudad. Ahora es capitán, líder de vestuario, tiene récord de presencias con el equipo (cerca de 600 juegos oficiales), ganó Scudettos, copas de Europa, Intercontinentales, pero ese día fue para mí muy especial porque sentí que la tradición familiar se extendía.
Yo fui defensa central del Milán durante diez años. Mi juego era más parecido al de Alessandro Nesta que al de mi hijo. Una mezcla de técnica con fuerza, con gran cuidado del balón y un juego aéreo respetable. El delantero más difícil que enfrenté fue Enrique Omar Sívori, dueño de una habilidad extraordinaria. En cambio, a Paolo lo complican mucho jugadores potentes como Ruud van Nistelrooy o David Trezeguet.
Como entrenador, siempre opiné que el puesto ideal para Paolo era de lateral por izquierda, porque puede aprovechar su categoría y personalidad para sumarse más seguido al ataque, pero a él no le molesta hacerlo en el centro de la defensa.
Ahora, con 37 años, él sabe que el retiro está cerca. Su contrato vence en junio del 2007, así que lo más seguro es que la próxima sea su última temporada como profesional.
En el futuro lo veo más ligado a un puesto de dirigente dentro del Milán, quizá presidente, que a la dirección técnica. No le gustan las presiones permanentes que sufren los entrenadores. De quien sí está orgulloso es de su hijo Cristian, que con ocho años ya firmó contrato con el club para asegurar que la historia de los Maldini con el Milán seguirá vigente por muchos años más.

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