Subía y bajaba. Subía a un cuarto viejo y bajaba a un patio con tres brevos, un cidrón, un durazno y una alberca. Era apenas el inicio de una inagotable serie de vacaciones en la casa de los abuelos. Era junio o julio, y el año era el 74. Subía y bajaba. Bajaba al patio desde la mañana a patear la pelota y subía a almorzar. Bajaba de nuevo a patear y, por la tarde, subía a ver cómo mi papá y mi tío maldecían porque Brasil no era el mismo de hace cuatro años. Subía y bajaba. Más abajo que arriba. A mis seis años, la televisión no le ganaba a la pelota y en una de esas subidas me encontré con una imagen confesa: la de un tipo que jugaba con el equipo de la camiseta de rayas, de pelo negro, largo, muy largo y un bigotón nunca pensado, nunca visto. Una manifestación divina.
Cuatro años después, en el Mundial del 78, supe que a ese tipo tan raro le decían 'el Ratón' y que se apellidaba Ayala y muchísimo después supe que en aquellos años jugaba en San Lorenzo y que, en sus días de gloria, fue una especie de dios en el Atlético de Madrid.
Fue en el 78 cuando mi papá me explicó que la vida se puede dividir en periodos de cuatro años y que esa es la cifra ideal (pero no más) de la justa espera. Fue cuando comprendí que ese mechudo hecho imagen se me había revelado en el 74, cuatro años atrás, y que la noción del tiempo es la camisa de fuerza del hincha. "¿Cuatro años?, ¿todo eso?".
Así, volviendo al 74, a mis seis años, encontré en el televisor a todo un equipo de descamisados, relajados, con patillas enormes, bien plantados, elegantes e igualitos a los de una tapa de un álbum pop, que un año después encontré en la casa de un tío y que se hacían llamar Bread. Recuerdo que sobre esos hombres sí pregunté. Mi taita entonces dijo: "Es un gran equipo y se llama Holanda". Probablemente fue mi primer partido en serio, sin aliento. Holanda, Holanda, no había otra palabra. Cayendo la tarde, ya en el asfalto de la calle 56 donde había otros niños mayores hablando de esos tipos, acomodando ladrillos para el juego, yo todavía repetía la palabra Holanda.
Y desde allí, desde la calle 56 entre 16 y 17, en otra Bogotá que nunca será y que dudo que haya existido, sin querer, comencé a conectar una imagen con la otra. Y de ellas, confeccioné otra imagen que cada vez, a lo largo de mi vida, se ha venido atando con otras más. La fantasía del juego de la pelota en mi propia cabeza.
Desde esa cuadra en el barrio Divino Salvador vi las torres de luz del estadio El Campín donde, por fortuna, yo ya había ido con mucha más frecuencia que los otros pelados. Millos, Millos, Millos... Sin tener ni idea, en ese tal 74 enlacé eso del fútbol con algo importantísimo que sucedía en mi vida y que identifiqué en una profunda sensación de placer, una emoción que nunca más volvió a ser así. Como el primer porro que, luego, jamás, volvería a ser igual. Tal vez por eso seguí buscando a los mechudos ganadores y a la emoción escondida que provocaban. Tal vez por eso me gustaba todo lo que salía en las tapas de El Gráfico, que los oportunos vendedores dominicales regaban por toda la calle 57, cuando jugaba el azul. Y tal vez por eso, el Cali del final de los setenta, con 'el Tigre' Benítez y 'el África' Umaña, me atrajo tanto. Y tal vez por eso, 'el Pocillo' López de Millos y Pandolfi y su palomitas santafereñas. Y claro, en el 78, por Luque, Kempes, Fillol y todos los usurpadores de mi cofre idealizado que era Holanda en el Mundial de Argentina. Supe que había algo de genial en los de esa calaña, algo de gitano, de pirata. Entonces me reinventé.
Así esperé al esperadísimo Maradona otros cuatro años más y, en minutos, lo vi salir expulsado. Así que en ese España 82 me fui con Italia, con Altobelli, Conti y Tardelli, porque ellos, sin pelos largos, traían alma de corsarios y yo, por dármelas de filibustero, le volví a llevar la contraria a mi taita, quien por entonces veneraba un odioso (muy para mí) ballet de bailarinas con nombres tipo Zico, Sócrates, Cerezo, Falcao y Éder. Por eso, en esas vacaciones, ya no en casa de los abuelos sino en Girardot, sucedió esa pelea con el viejo cuando le grité el tercero, fatal y definitivo de Paolo Rossi a Brasil. Ahí aprendí mucho de mí. Por eso, ese grito de Marco Tardelli en la final se volvió también la manera de gritar con los amigos del colegio las canciones de AC/DC. Por eso, me creo los gritos de Maradona y todas las cagadas de 'el Diego', al que mi papá le decía el antipático. Ese antipático que, solito, se echó el Mundial del 86. Y por eso, por el ícono aún sin contaminar que fue 'el Pibe' de ese tiempo, la Colombia del 90 me gustó más que la del 94.
Y por eso, mucho tiempo después, a mis 30, cuando casi nada me había gustado en el 94 ni en el 98, cuando me sentí robado y supe que esas imágenes del mechudo Ayala y los patilludos de Holanda hacían solo parte de mi pasado idealizado, de eso que Juan Villoro supo resumir en una lacerante frase de su libro Dios es redondo: "Ningún lance visto en la edad adulta enciende el fuego de las pasiones infantiles", entendí que los años mozos se habían ido.
Pero la párvula ilusión se encarniza con el hincha idiota y, una vez más, antes de terminar mis 30, revolví toda la información que había forjado en Ayala; que se crió en Cruyff y Willington Ortiz; que se engordó en Tardelli y mi puntualidad en El Campín; que me absorbió en Lineker, Larsen, Laudrup y una novia del colegio; que se alargó en Valderrama y los confusos años de la universidad, todo como en sancocho de lamentable nostalgia, esta vez, de nuevo, en la figura de un patojito de Fontibón que debutó con una gambeta corta y punzante por la raya izquierda de la tribuna Occidental de mi estadio, que se llama Andrés Chitiva, que creí iba a ser un Maradona, que adoro y que, lo juro, aún me lleva a tocar la pelota al patio de los tres brevos, el cidrón, el durazno y la alberca. Así es uno.

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