Nací en un pequeño pueblo en el que saber jugar al fútbol significaba mucho. Todos los días los pibes del barrio, sin importar la edad, improvisábamos un partido en el "campito de la iglesia". El rito diario comenzaba con "la pisada" entre los dos "jugadores" mayores, y seguía con la formación de los equipos: 'el Cabezón', 'el Negrito', 'el Laucha'... Yo no tenía más de once años pero, generalmente, me elegían de los primeros, antes que a algunos compañeros que tenían los inalcanzables catorce. Ahora que lo evoco, aquello era sensación de poder, porque tener prestigio en el potrero era tener prestigio en todos lados. Ni cuando fui citado por Menotti y Bilardo para jugar los Mundiales del 82 y el 86, me he vuelto a sentir tan importante. En aquellos partidos, el fútbol me enseñó nociones de solidaridad, de repartición de roles, de dignidad. También, la conciencia del poder.
Muchos años después, jugué al lado de Diego Maradona y entendí que lo que a mí me pasaba en el "campito de la iglesia", a él le ocurría a escala mundial. Sobre fútbol y poder, Maradona podría escribir una enciclopedia. El día de su despedida en la cancha de Boca Juniors, me quedaron grabadas dos imágenes extraordinarias. La primera tenía que ver con el agradecimiento de una multitud que lloraba por el adiós de su ídolo. Abuelos, hijos y nietos se abrazaban como si estuvieran despidiendo para siempre a un familiar. La segunda imagen tiene que ver con el mismo Maradona, gordo, con el pecho inflado y sin tener ninguna duda de que merecía ese tratamiento de rey. Desde su merecida fama como genio del fútbol, Diego se ha transformado en una autoridad emotiva ante millones de argentinos. Lo curioso es que su prestigio como futbolista le confiere autoridad para sentar cátedra sobre cualquier tema. Haga lo que haga, diga lo que diga, tiene el beneficio de la impunidad. Un malentendido que la sociedad del espectáculo ya ha consagrado como normal, y que consiste en hacernos creer que la fama convierte a determinados personajes en una unidad de medida. Ahí está el principal vínculo entre fútbol y poder: su calidad de juego célebre proyecta sugestiones, simbolismos, una especie de energía moral que otorga derechos.
Eso puede proyectarse también en un equipo. Un campo de fútbol puede ser el lugar donde la sociedad exprese sus frustraciones, sus sentimientos reprimidos. En tiempos del franquismo, el Camp Nou se convirtió en un refugio para la identidad de muchos catalanes, de modo que todos conocíamos el alcance político de la célebre frase "el Barça es más que un club". Nadie lo explicó mejor que Manuel Vázquez Montalbán en la revista Triunfo, de la década de los setenta. Fue tal el impacto que me produjeron aquellos artículos que, desde entonces, jugar al fútbol tuvo para mí otra profundidad. Murió Franco, murió Vázquez Montalbán, pero no murió la significación que el Barcelona tiene para millones de catalanes. Esa capacidad representativa que tiene el fútbol, le confiere el poder de construir identidades.
Pero la palabra poder nos remite a posesión, a dominio. Siempre que miro un gran partido por televisión, cuando el ojo inquieto de la cámara me lleva de los jugadores a los árbitros, de los entrenadores a los directivos, de los hinchas a los periodistas, me pregunto: ¿a quién le pertenece el fútbol? La respuesta tiene el mismo grado de complejidad si digo "a todos" que si digo "a nadie". Cuando ese maravilloso poder difuso se concentró en poca gente, fue debido a un interés extra futbolístico que derivó en una manipulación y terminó en escándalo. Porque este poder simbólico, que desprende una colosal energía sentimental y mediática, cuando es transferido al ámbito político o económico, se convierte en un poder real.
El Mundial 78, en el que la FIFA de Joao Havelange bendijo a la Junta Militar más sangrienta de la historia golpista de Argentina, es el ejemplo supremo. Una extraordinaria máquina propagandística que utilizó el fútbol para buscar legitimidad dentro y fuera del país. El título fortaleció a la dictadura, es cierto, pero treinta años después la dictadura le quitó dignidad al título. Desde entonces, política y fútbol no paran de coquetear. Personajes como Jesús Gil, en España, a través del Atlético de Madrid; Silvio Berlusconi, en Italia, desde el Milan, o Mauricio Macri, en Argentina, aprovechando la fuerza popular de Boca Juniors, se han valido del fútbol para conseguir una visibilidad y un prestigio que luego transfirieron a la política en tiempo récord. La derecha, en estas cuestiones, es decididamente práctica y no muestra escrúpulos a la hora de aprovechar el palco privilegiado que le brinda este juego. Mientras tanto, la izquierda suele perderse en debates psicosociales para concluir que el fútbol es "el opio del pueblo". Estupidez sostenida aún por muchos intelectuales que viven a años luz de las pasiones populares.
En cuanto a la codicia económica, basta con observar en estos días el "Caso Juventus", en Italia. Otra vez, la aspiración de concentrar el poder terminó por romper el universo moral que hace creíble una competición. Luciano Moggi, director general de la Juve, estaba detrás de una verdadera mafia que, al descubrirse, dejó a la vista una corrupción que alcanzaba a más de cuarenta directivos, jugadores, árbitros y periodistas. Una pancarta desplegada por los aficionados de la Juve en el último partido de la temporada con la leyenda "el fin justifica los medios", les convierte en cómplices de esa podredumbre. De la Italia berlusconiana no se podía esperar mucho más. Otra prueba de que el fútbol es un espejo de aumento de la sociedad que representa.
En el comienzo de todo, incluso del negocio, está la calidad de bien espiritual. Pero en vísperas de Alemania 2006, es inevitable referirnos al fútbol como bien de consumo que dobla su productividad de Mundial a Mundial. Habría que inventar un sismógrafo para medir las expectativas y, llegado el momento, no importará si estamos en Alemania como espectadores de excepción o en algún lugar remoto mirándolo por televisión. Millones de seres nos sentiremos implicados en ese hecho dramático, eufóricos de alegría o desesperados de tristeza. Alemania 2006 es una buena referencia para marcar el interés creciente que el fútbol ha desatado en los últimos cincuenta años. Si establecemos un análisis comparativo con respecto a Suecia 58, encontraremos contrastes muy llamativos. En aquel Mundial apareció un Pelé adolescente que fue una figura clave para que Brasil conquistara su primer campeonato. Aquel jugador fascinante ganaba 180 dólares al año, cifra que se revela ridícula comparada con los nueve millones de euros que gana Ronaldinho por jugar, sin contar la cifra equiparable que ingresa por publicitar productos de todo tipo. Claro que el Mundial del 58 fue visto en directo por 868.000 espectadores, y para Alemania 2006 se han puesto a la venta 3.200.000 entradas. Pero hay más datos para poner en contexto el crecimiento del fútbol: en aquel Mundial se jugaron 35 partidos, en este, 64; en aquel estaban representados dos continentes, en este, los cinco; aquel fue retransmitido en 63 países, el sorteo de este fue televisado en 160. El Mundial tiene una celebridad romántica por la fuerza de la historia, por su condición de campeonato excepcional que solo se puede ganar o perder una vez cada cuatro años, y por su energía representativa, al tratarse de un torneo que confunde el fútbol con la patria. Mito, rito y, por supuesto, negocio puro y duro.
El fútbol ha aumentado su tamaño, su influencia, su poder y, proporcionalmente, su codicia. A la pregunta "¿de quién es el fútbol?" puede contestar Moggi, o Berlusconi, o el mismo Maradona: "Mío". Pero también la FIFA, la UEFA o el G14, organismo que reúne a los clubes más poderosos de Europa. Los grandes organismos internacionales, los grandes clubes y, dentro de poco, las grandes cadenas de televisión, disimularán más o menos, pero también tendrán la tentación de decir que el fútbol es suyo. Solo queda confiar en que este juego "salvaje y sentimental" siga siendo inmune a todos los intereses en juego, y mantenga viva su capacidad de fabricarles sueños a cientos de millones de aficionados del mundo entero. Pero el fútbol profesional solo es parte del hechizo de este maravilloso juego. Siempre nos quedará el campito de la iglesia, donde la sensación de poder seguirá siendo una ingenuidad que tendrá que ver nada menos que con el mérito: el que mejor juega es el que más poder tiene.

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