Por Abdalá Bucaram

Cuando comento que fue mucho más difícil y peligroso para mí ser presidente del club Barcelona de Guayaquil que presidente de Ecuador, nadie me cree. El que gobierna un país siempre será un pillo, un ladrón y un criminal que atiende sólo a los servicios de la oligarquía, pero el que dirige al Barcelona tiene doce millones de fanáticos dispuestos a matarlo si el equipo no gana el domingo.
Para mí, Barcelona es Ecuador, es un sentimiento nacional. Yo creo que Barcelona desata más emociones que Ecuador. Es un norte de pasiones maravillosas y un sur de odios. A fines de 1996, mientras yo era Presidente de Ecuador, Isidro Romero, el titular de Barcelona me pidió que me hiciera cargo del equipo porque había que financiarlo económicamente. Asumí el reto, pagué deudas por dos millones de dólares y comencé a edificar una ilusión: armar un equipo con Caniggia, Batistuta y Stoichkov.
Quería llevar a Maradona a jugar un partido conmigo para dar espectáculo. Soñaba con un Barcelona de Guayaquil campeón mundial y me decía a mí mismo que podía ser más grande que el Barcelona de España. Lamentablemente, a los 40 días de asumir en el club, me tumbaron por loco de la presidencia de la nación y tuve que buscar asilo en Panamá. Imagínese, 44 diputados nacionales se hicieron psiquiatras, me declararon insano y me echaron.
Debo confesar que en la política hay mucha más corrupción que en el fútbol. Los políticos usan su condición de privilegio para arrasar con lo que tengan al alcance de la mano. En América Latina no existe una cultura de respeto a los bienes del Estado. Lo digo con conocimiento de causa, porque fui presidente de uno de los países más corruptos del mundo. La respuesta del pueblo ecuatoriano es contundente: tres millones de personas, o sea el 25 por ciento de la población, prefiere vivir en el exterior, porque está hastiada de lo que pasa.
El fútbol, visto como deporte, es una bendición de Dios, pero todo el ambiente nefasto que lo rodea (empresarios, dirigentes e incluso periodistas) lo transforman en algo casi tan repugnante como la política estatal. Quienes llegan a los altos mandos de un club de fútbol son personas que por lo general no lo han jugado y tienen el deseo de protagonismo, de figuración, de usar el deporte como un trampolín para llegar a la política.
La dirigencia internacional se ha prostituido tanto que cada transferencia es casi una violación para el jugador, porque le ofrecen solo el quince por ciento del valor de la transacción y el resto del dinero se lo reparten otros. Es algo tan injusto que no puedo creer que la FIFA no haga algo para cambiarlo. Claro, para qué va a hacerlo si el negocio es redondo para ellos.
En mi extensa trayectoria como dirigente aprendí a tolerar las injurias. Cuando uno es famoso o destacado en lo que hace está expuesto a la envidia y a la mala intención de los que quieren ocupar tu puesto. Eso me ocurrió en el 2001 cuando yo, estando en el exilio en Panamá, fui acusado de ordenar un atentado contra Hernán Darío Gómez porque se negó a convocar a mi hijo Dalo a la selección sub 20. ¡Una barbaridad! Por suerte, 'Bolillo' dio una respuesta clara a todo Ecuador resaltando la gran amistad que aún hoy nos une. Él mismo se encargó de desmentir esa patraña.
Toda institución, toda empresa se maneja con su gabinete correspondiente a la hora de tomar decisiones. Se analizan todos los proyectos para salir adelante, aunque en los países latinoamericanos, el personalismo existe y el Presidente es el que marca la pauta del gobierno. Además, a la gente le gusta esa figura paternal del hombre que manda.
Claro que, cuando uno tiene el poder total sobre una nación las tentaciones aparecen a cada minuto, a cada segundo. Por eso siempre digo que los sillones presidenciales deforman más la cabeza que el trasero de las personas.

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