"Te respondo: /Tengo mi vida consagrada a ti. /Tengo mi vida consagrada/ al sagrado corazón de: Turbay". Qué sencillez de poesía, qué espontaneidad. Nunca se me había ocurrido que el oficio de escribir podía llegar a ser algo tan elemental. Fue como una epifanía. De pronto, todo se aclaró: estaba equivocado. Había perdido el tiempo -sí, los mejores años de mi vida- leyendo autores muy complicados que me mostraban un camino difícil, casi inaccesible y que, en vez de darme aliento, solo conseguían inhibirme y frustrarme. No podía creer que no lo hubiese descubierto antes: para escribir no se necesita leer tanto ni saber tanto. Únicamente hay que tener ternura y sentimientos. Debía conseguir ese libro. Como fuera.
Sin embargo, nada es gratis en la vida. A pesar de mi interés, no fue fácil la consecución del anhelado poemario. La primera edición había sido hecha en Roma y era inhallable. En Roma -nada menos- donde la pareja Canal-Turbay pasó una temporada al frente de la delegación colombiana ante la Santa Sede.
No desfallecí, me di a la tarea de encontrar aquella edición, que imaginaba bellísima. Tarea ardua. Y, finalmente, imposible. Y eso que conté con la tenaz colaboración de Guillermo Martínez y Álvaro Castillo, los mejores cazadores de joyas literarias que pueda haber en nuestro país. Quedé bastante desilusionado. Aunque pronto renació una consoladora esperanza: supe de una segunda edición hecha en Colombia por Tercer Mundo Editores. No obstante, tampoco fue fácil conseguirla. Al igual que la primera, esta también parecía haberse agotado en poco tiempo. Ningún rastro del libro: ni en Lerner, ni en la Librería Nacional, ni en el centro Temel. Cuando estaba a punto de resignarme a no tenerlo, ocurrió un milagro: descubrí el último ejemplar en la Panamericana de Bulevar Niza.
¡Al fin tuve el libro en mis manos! Por eso, recuerdo exactamente la fecha y la hora: 29 de marzo de 2005 a las 4:00 p.m.
A la intensa experiencia estética de visitar el Bulevar y su insuperable cúpula -premio Atila de arquitectura-, se le sumó la de los poemas. Doble premio; doble felicidad.
Valió la espera: el libro me dio más de lo que sospechaba. Al descubrimiento de la sencillez y la espontaneidad, se le sumaron otros hallazgos estéticos. Por razones de espacio, menciono unos pocos: para darle expresividad a una palabra no son necesarios los adjetivos -qué ingenuo Borges- sino las mayúsculas: "¿Qué es la MELANCOLÍA? / Es la tristeza. ¿Qué es la NOSTALGIA? /Es el recuerdo adolorido". Las posibilidades de los verbos en infinitivo -descartadas erróneamente por la mayoría de los escritores- son inmensas: "Siento el retoñar. /De mis años y tus años. /Siento la alegría, /Siento el revivir". Y, como si fuera poco lo anterior, Amparo Canal de Turbay consiguió realizar el sueño imposible de Mallarmé y de Apollinaire, la espacialidad en un arte temporal y limitado como la literatura:

Te veo. Te deseo. Te miro.
Te pienso. Te siento. Te hablo.
Te creo. Te oigo. Te abrazo.
¡Te quiero! ¡Te amo! ¡Te adoro!

Otro aporte de esta obra fundamental ha sido la de ampliarme las posibilidades temáticas. Si uno les escribe "a los seres queridos", la inspiración nunca se agotará: al esposo, a los hijos, al papá, a la mamá, a los amigos, a los tíos, a los sobrinos, etc. De hecho, los poemas de Amparo Canal a Julio César Turbay, su esposo, ocupan una tercera parte del libro.
Desde entonces, Sentimientos y ternura es el único libro que conservo en mi casa, junto a mi mesa de noche (sobra aclarar que ya regalé mi inútil biblioteca) y es ahora mi fuente de inspiración. Decir que es inmensa mi deuda con él no sería exagerado, sino una mentira: le debo todo.

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