Sé que exagero en la dedicación que les concedo a los temas que tienen que ver con la asfixiante política nacional y que a veces mis columnas terminan pareciéndose a los destemplados discos de Ray Coniff o de Paul Mauriat, aquel arreglista famoso por sus versiones en torno a un mismo tema musical. Con tantos hechos que suceden en este país y en el mundo, es el colmo que a casi todos nos dé por escribir columnas que en el fondo no son más que diferentes versiones sobre un mismo tema.
El problema es que cuando uno se atreve a lanzarse en otros pantanos y escribe, por ejemplo, de temas más mundanos, más terrenales, qué sé yo, de la odisea de sacar el RUT, de lo tedioso que es recuperar el dinero del seguro de un carro que se lo han robado, de un buen libro, de una buena película, pues vienen entonces los mensajes de los "amigos del internet", siempre tan acuciosos, como generosos: "Vieja hiep. teniendo esta tribuna y escribiendo estupideces". "Viendo su foto, a usted lo que le falta es que se la tiren a ver si deja de escribir güevonadas". "Qué tal ésta, hablando de libros cuando el país está incendiado por culpa de izquierdistas como usted escribiendo en El Tiempo".
He tratado de cambiar mi foto, para ver si poniendo una menos provocadora -¿qué tal una luciendo una cruz redentora en mi cuello?- me dejan de llegar mensajes tan alusivos a mi estado sexual, y se ponen en el trabajo de criticar lo que digo en mis columnas.
Admito también que soy demasiado directa para opinar sobre ciertos hechos y que eso contribuye a que quienes no me conocen crean que soy una especie de orangután con pechos, lo suficientemente aparatosa como para sospechar que detrás de esta apariencia pequeño-burguesa anida una ojerosa, casposa y trasnochada izquierdista. Tanto es así que cuando alguno de mis detractores me ha conocido en persona, la sorpresa que se lleva es grande: "Usted no es tan casposa ni tan comunista como yo pensé", me dijo Pedro Juan Moreno cuando me conoció. Viniendo de él, entendí que eso era un cumplido.
Tengo la mala costumbre de decir las cosas por su nombre. Y eso, en un país acostumbrado a que las cosas hay que plantearlas diplomáticamente, recurriendo a los pleonasmos y a las redundancias, más que una virtud es una estupidez que solo la cometen muy pocos. "Usted es muy dura", me dicen a veces a manera de recriminación, como si mi oficio fuera el de escribir "blandito".
De todas formas, he tratado de inyectar algo de humor para alivianar las columnas, aunque siempre creo que la dosis es aún muy escasa. Es una herramienta útil, pero muy azarosa de domar. Por algo, desde que el humor político de Klim nos abandonó, no son muchos los experimentos exitosos que se han vuelto a dar en el terreno de las columnas de opinión.

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