Desde muy niño acompañaba a mi padre a cazar perdices y, de vez en cuando, algún conejo, en las afueras de Ortega, en el Tolima. Un día, a mis 14 años, durante una visita a la finca de mi tía Eloísa salí con mi hermano menor a cazar cerca de un arroyo, donde según mi padre las perdices iban a beber agua al caer la tarde. Llevaba una escopeta de fisto, un arma hechiza de gatillo y culata de madera, que odiaba cargar con munición pues tocaba introducir por el cañón dos copitas de pólvora, luego un taco de fique, después unos catorce perdigones y, finalmente, otro taco de fique. Me acosté sobre el suelo, vi al ave asomarse en la mira, apreté el gatillo y oí un zumbido como el de la mecha de un taco de dinamita seguido de una explosión. Fue como si me hubiera estallado una mecha de tejo en la cara. Sentí un quemonazo y un fuerte ardor en los ojos. La perdiz salió corriendo monte arriba y yo salí despavorido monte abajo a buscar a mi mamá. Alarmada, me lavó la mitad de la cara que estaba negra como la de un minero y descubrió que había sufrido unas quemaduras de primer grado. Todo gracias a que el taco que le introduje a la escopeta estaba mojado, se trabó al salir y la pólvora se quemó dentro del cañón. Si hubiera usado un arma moderna y no una versión casera de la que utilizaban los conquistadores hoy no estaría contando que me salió el tiro por la culata.

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