Por inverosímil que pudiera parecer, en el siglo II, Orígenes, el primer filósofo del cristianismo, aborda el problema y declara, en otras palabras, claro, que el culo es territorio del demonio, mientras que las tetas, sostiene (quizá debería decir soutien), estarían contenidas en la santidad de la Virgen, en la medida en que fueron la fuente del sagrado alimento, tal como grafica el óleo de Leonardo da Vinci, Madonna Litta, que hoy adorna el Museo del Hermitage en San Petersburgo (tal vez debería decir Leningrado). Pero así como esta y tantas otras pinturas que representan a María amantando son de público conocimiento, en oposición (quizá debiera decir contraste), la pinacoteca secreta del Vaticano oculta bajo siete llaves un óleo herético titulado La Virgen del Divino Trasero, denuncia hecha por mi compatriota y colega Dalmiro Saenz. Volviendo a Orígenes, debemos decir que el filósofo era más inflexible que consecuente: se había castrado con sus propias manos cuando, para ser coherente, en lugar de los genitales debería haberse arrancado el culo. Debo reconocer, a riesgo de arder en el fuego por toda la eternidad, que me siento más compenetrado con la herejía que con la virtud: lo admito, puesto a elegir, soy un firme partidario del culo. En la huella de Orígenes, varios fueron los que se pronunciaron por la condena del culo y la exaltación de las tetas, argumentando con sensatez que el culo era rey en Sodoma y que no casualmente el diablo se delata por aquel apéndice posterior que le nace, justamente, en el culo.

Semejante discusión trascendió las fronteras de la teología y se instaló en los ámbitos (tal vez debería antros) políticos. En tiempos de la conquista, a poco de pisar suelo americano, la tropa de los adelantados quedó estupefacta por el soberano culo que exhibían las aborígenes. Eran aquellos unos culos inéditos, inenarrables; así, los cronistas anotaron frases tales como: "ojos nunca vieron ancas de mujer tan firmes y pródigas" o "Mamaza, Dios te guarde ese ojete" y cosas por el estilo. En comparación, los culos del Viejo Mundo se veían tristes y mal nutridos o bien informes y mamotréticos; este último era el caso de la reina Isabel que, en la cúspide (tal vez debería decir pináculo) de su reinado, llegó a tener un trono de dimensiones más que considerables. Se dice que el fuerte de Su Majestad eran las tetas. Temiendo que el ideal de la belleza ibérica, sustentado en los escotes generosos, se viera reemplazado por la hermosura de los ejemplares descubiertos allende la mar, caracterizada por aquello que dejaban ver los mínimos taparrabos, se inició una verdadera caza de culos. La autoridad colonial impuso entonces multas y condenas a los súbditos que hicieran apología del culo o se pronunciaran a viva voz a favor del reverso de las nativas.

En el intrincado mapa geopolítico actual, cabe conjeturar que la antinomia imperialismo-antiimperialismo es equivalente (quizá debería decir análoga) al par antitético culo-tetas. Se sabe que las mujeres de los Estados Unidos carecen, por regla general, de culo. Y si algo sobra por estas latitudes son los culos. Joseph Stiglitz sostiene que el PIB, el superávit fiscal y el volumen de reservas federales son inversamente proporcionales al culo. Parece un hecho empírico que cuánto más generosos y turgentes son los culos femeninos de una nación, tanto menores son sus índices de riqueza. En resumen, el culo es salvaje, indómito, libertario o, para resumirlo en una palabra, bolivariano.

Al margen de toda consideración histórica, teológica o política, digo a título personal: a mí déjenme con un buen culo.

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