En una ocasión fui con un amigo astrólogo a unos multicinemas. Pasaban dos películas de moda al mismo tiempo. La chica delante de nosotros no sabía a cuál entrar: sacó un ejemplar del I-Ching y tiró las monedas para que el libro de las mutaciones decidiera por ella. "Es libra", susurró mi amigo. Picado de curiosidad, le pregunté a ella por su signo. Libra, desde luego. Acto seguido, le pedí su I-Ching.
Indecisos a un grado cósmico, los libra somos esclavos de la conciliación y, sin embargo, a veces escogemos sin matices. Entre las guerras santas de la economía (Nike-Adidas, Pepsi-Coca, Christina-Britney) hay una en la que incluso los inseguros podemos ser cruzados. En 1986 desempaqué un aparato gris perla, con pantalla apenas más grande que una tarjeta postal. Para los criterios de aquel tiempo se trataba de un emblema de la ultramodernidad. Durante horas, contemplé mi primera Mac como un altar, sin atreverme a perturbar su insondable vida interior. Yo venía de lidiar con una computadora del tamaño de una sala de juntas. Estudié Sociología en los años setenta, cuando la estadística era una actividad tan artesanal como la talla en madera (perforábamos tarjetas a mano, con agujas para zurcir calcetines).
Después de encender la Mac, consulté a un experto para saber por qué esa máquina de escribir reaccionaba de modo tan hermético. Sus explicaciones técnicas fueron tan confusas que me concentré en sus arrebatos de religiosidad. Me dijo que pertenecíamos a una cofradía y los infieles estaban por todas partes. Luego me convenció de asistir a un club Mac, donde la mención de las siglas "PC" e "IBM" provocaba el abucheo que merecen los impíos.
En aquel tiempo de catacumbas, la PC no tenía ratón. Mac era una opción más práctica, mejor diseñada y mucho más cara. Las razones para escogerla iban del exclusivismo fashion a la superioridad de un códice sobre un trabalenguas. Mientras Apple permitía activar un icono, PC obligaba a teclear telegramas cifrados del tipo: "Pero también estaban en juego dos sistemas de creencias. Umberto Eco observó que el discurso operativo de Mac se parecía al catolicismo (un evangelio con imágenes) y el de PC al protestantismo (el código puritano de la letra). En esta nueva versión de la historia, la reforma protestante consistió en copiar las imágenes de la iglesia rival. El programa Windows, de Microsoft, llegó con la ambigua seducción de las propuestas ecuménicas. Para quienes ya estábamos convertidos a la fe de Mac, aquello fue como si los calvinistas nos invitaran a una misa con diapositivas de la Virgen.
Las noticias de Bill Gates, dueño de Microsoft y creador del programa Windows, reforzaban la confianza en Mac. El motor vital del cibernauta de Seattle es convertir la información en dinero. Cuando IBM creía que el negocio estaría en los aparatos (el hardware), él patentó el contenido (el software), y a diferencia de Steve Jobs, fundador de Apple, no se limitó a aplicar su sistema operativo en una marca sino que lo vendió al mejor postor. Mientras IBM se convertía en una fábrica de cacharros tan elementales como tostadores de pan y Apple en una empresa demasiado chic para el gran público, Microsoft acaparó carriles en la autopista de la información. Desde 1994, Gates fue acusado de usar tácticas monopólicas y en 2003 tuvo que presentarse ante el Tribunal Internacional de La Haya. La aldea global encontró un tirano a su medida. En la red, el creador de las goteras y el impermeabilizador son la misma persona.
El meganerd que gobierna Microsoft invierte billones de dólares en la construcción de una casa inteligente, pero viaja en clase turista, vestido como un vendedor de seguros al que una esposa daltónica le elige las corbatas. Un detalle revela su idea de superación. De niño le molestaba que el dedo pequeño del pie se montara sobre el de al lado y dedicó un esfuerzo extenuante a corregir ese defecto que nadie advertiría (en cambio, no le importa conseguir un corte decente para el pelo que todo mundo advierte).
De acuerdo con las evanescentes esencias del mundo digital, la situación Mac versus PC depende más de logotipos, conceptos o formas de vida que de líderes concretos. El odio a Gates no ha transformado a Jobs en ídolo. Narcisista y creativo en dosis equivalentes, el profeta de Apple es preferible a su rival sin llegar a ser un caso carismático. En perpetuo estado de buen gusto, solo compite si eso pone a prueba su inventiva; la informática representa para él un safari donde puede perder una presa, pero no el estilo.
Uno de los aspectos más fascinantes de la contienda Mac-PC, es que está despersonalizada. La lucha se libra entre aparatos, como si reaccionaran por impulso propio, gracias al fantasma en la máquina, la electricidad accidental que le otorga autonomía. No preguntamos quién hizo las Mac de titanio o de burbujas de colores: las admiramos como si se clonaran a sí mismas con elegante concupiscencia. Cada tanto, esta metafísica pasión recibe un baño de realidad con los precios. El capricho de Mac es monetariamente absurdo, como todos los vicios. Por desgracia, no hay terapia de desintoxicación para ese hábito. En el planeta digital resulta imposible renunciar a la computación, y una vez probado el fruto de Apple no hay modo de tragar la mermelada de PC.
Tres años en Barcelona reforzaron mi creencia en la supremacía de Mac. Lo que en México es minoritario, en España alcanza el atractivo de lo clandestino. Hablé a Telefónica para conectarme a internet y el operador preguntó por mi sistema operativo. Dije "Apple" y se hizo el silencio que en la ciencia ficción precede al contacto con un alien: "No tengo autorización para hablar con usted", contestó una voz robótica. Ese temor sagrado ante lo nunca visto me hizo sentir que disponía de algo excepcional, como si tuviera de mascota un unicornio.
Quizá el momento que mejor define al usuario de Mac es el de desempacar un nuevo modelo. Quienes creen que el erotismo informático está en los sitios de internet ignoran el fetichismo de alta escuela de abrir con rudeza cajas magníficas para retirar fundas mullidas, respirar el aroma a laboratorio que se disipará entre los dedos, sentir el mecanismo que puede vibrar pero aún no lo hace, tocar la manzana de la irremediable trasgresión.
Aunque no fumo, desde niño compro los cerillos Talismán para leer mi horóscopo. Ahora llevan un diseño del siglo XXI: una pantalla de computadora, donde el cursor señala una ventana con la fortuna zodiacal: "Su capacidad de indecisión tiene límites. Venus ha escogido por usted una pasión costosa, sofisticada y duradera". Para alguien con más supersticiones que certezas, la computación puede colindar con la astrología. En ese híbrido jardín, Venus propone los contradictorios deleites del fruto prohibido.

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